The Objective
La otra cara del dinero

Lo que dicen el Papa, Dickens y Wall Street de la economÍA

La encíclica «Magnifica humanitas» ha llegado justo antes de las salidas a bolsa de Space X, OpenAI y Anthropic

Lo que dicen el Papa, Dickens y Wall Street de la economÍA

El papa León XIV firma 'Magnifica humanitas'.

Con un promotor inmobiliario de formas tan jesusgilísticas como Donald Trump dirigiendo el corazón del capitalismo y la crisis de la vivienda desfondando Occidente, el Papa se casca en su primera encíclica una metáfora muy del sector de la construcción para hablar de la IA. Muy fino, León XIV. Acaba de estar por aquí, lidiando con asuntos tan variopintos que a algunos se les ha olvidado que nos traía, calentita, la Magnifica humanitas.  

Ya explicamos los detalles tanto del texto como de la presentación por aquí. En esta sección vamos a matizar el asunto subrayando algún detalle y, sobre todo, poniendo el contexto de unos movimientos económicos, empresariales y financieros entre interesantes e inquietantes (según desde dónde se mire). 

Para empezar, el Papa firmó la encíclica el 15 de mayo. Aquí empiezan los símbolos. Hay muchos. El mismo día de 1891 fue promulgada la encíclica Rerum novarum por el papa León XIII. Ahora entendemos la elección del nombre por el actual pontífice, además de que mola bastante, la verdad, y tiene mucho mejor rima para los vítores que Benedicto, por ejemplo. Veremos más adelante hasta qué punto coincide con su tocayo, pero ahora mejor nos vamos 10 días más allá, al 25 de mayo, cuando se presentó en sociedad la Magnifica humanita en el Aula Nueva (y vengan símbolos…) del Sínodo en el Vaticano. 

Moderó el evento el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede. Poder fuerte institucional. Este Papa no es (ni pretende ser) un verso suelto. También un par de cardenales, un par de académicas (mujeres) expertas en teología y… Christopher Olah. Tranquilo. La revista Fortune, nada menos, también se pregunta quién es en el título de este artículo. Y se responde (con internet los títulos se pueden alargar mucho): «El cofundador ateo de Anthropic que el Papa eligió para sentarse a su lado en el Vaticano y decirle a la industria tecnológica que no puede gobernarse a sí misma».

Olah cuenta que fue un «cristiano evangélico devoto» hasta que se convirtió en ateo a los 15 años. Después se dedicó a ser un genio. Con 20 años le dieron una de las becas de Thiel, cofundador de PayPal y sospechoso habitual del paradigma tecnocrático (que incluye el transhumanismo y el tecnofeudalismo, entre otras lindezas) y a quien el Papa critica en su encíclica. A Olah le tocó una beca de 100.000 dólares (unos 86.400 euros al cambio). Al parecer se le daban muy bien las matemáticas. Tres años después empezó a trabajar en Google (ídem de lo de Thiel, pero en multinacional).

En 2018, Olah se fue a una empresa que acababan de inventarse, una tal OpenAI. Al año siguiente, Google le echó el ojo a OpenAI y empezó a investigar con sus equipos. En 2020, Olah dijo adiós: fue uno de los siete empleados originales de OpenAI que la abandonaron por preocupaciones sobre la seguridad de la IA. Cofundó Anthropic, una empresa que alcanzó un valor de 965.000 millones de dólares (más de 833.000 millones de euros) tras una ronda de financiación brutal. Según el Índice de Multimillonarios de Bloomberg, el patrimonio neto de Olah es de 7.980 millones de dólares (que en euros son algo menos de 6.900, dejándole solo en el puesto 475, nada del otro mundo: el one es E.M., con 1,11 billones, con «b» de barbaridad, más de 950.000 millones de euros). 

En febrero, Anthropic rechazó las exigencias del Pentágono para usar su tecnología sin restricciones en vigilancia masiva o armas autónomas. Trump ordenó un veto federal inmediato y se declaró a la empresa «riesgo para la cadena de suministro de seguridad nacional». En marzo, Anthropic presentó dos demandas contra la Administración Trump. Y el pasado 25 de mayo estaba en la presentación de la encíclica del Papa. Hay quien puede decir que está liándose con aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios dándole a un empresario concreto más publicidad de la cuenta, aunque también es verdad que Olah fue a la presentación de observador ajeno y su ateísmo no hace más que subrayar ese estatus…  

Mejor centrémonos en la encíclica en sí. Decíamos que León XIV ha hecho lo posible por alinearla con la de su tocayo XIII para alinear encíclicas. La de 1891, Rerum novarum, sentó las bases de la actual Doctrina Social de la Iglesia (DSI). La Revolución Industrial ya había cuajado en un mercado que dio lugar a una gran prosperidad y a estampas como las que pintaba Dickens en Oliver Twist. La tecnología dejada a su albur forró a unos cuantos y mandó a muchos a una miseria terrible e injusta. Se ve que la famosa mano invisible del mercado no tiene forma de paloma ni una relación amorosa con otras dos personas. Su espíritu no es tan santo como pretenden los liberales más libérrimos. 

La Magnifica humanitas la protagoniza una metáfora que aspira a cristalizar como la gran narración épica de lo que queda del siglo XXI: el proyecto de la Torre de Babel contra el de la reconstrucción de Jerusalén por Nehemías. Resumiendo mucho, la primera fue fruto de la autosuficiencia y el orgullo humano (de un rey muy «presidencialista», digamos) que buscaba la eficiencia máxima para conseguir un poder absoluto sin límites éticos ni trascendencia, homogeneizando la sociedad para controlarla. Nehemías, en cambio, organizó a toda la sociedad (sacerdotes, orfebres, mujeres, gobernantes) para que cada uno reparara el tramo de la muralla de Jerusalén frente a su propia casa. Lo que en la DSI se llama principio de subsidiariedad. 

Lo primero acabó muy mal. Dios castigó a los habitantes de Babel mediante la confusión de su idioma y la dispersión por toda la Tierra. Jerusalén prosperó hasta dar al mundo un tal Jesucristo. Luego se lió un poco la cosa, pero bueno.

La encíclica Rerum novarum (en latín: «de las cosas nuevas») llegó con el ambientillo ya bastante enrarecido contra quienes no dejaban de forrarse mientras Oliver Twist levantaba su escudilla en el hospicio y decía aquello de «Por favor, señor, quiero un poco más» (¡alerta de spoiler! Le dieron con el cucharón en la cabeza y, al enterarse, el presidente de la junta directiva vaticinó: «Ese chico terminará en la horca»). 

John D. Rockefeller había creado en 1882 el Standard Oil Trust. En 1890, el Congreso de EEUU redactó la Ley Sherman contra algunas de sus aficiones más maquiavélicas, como la de pergeñar tarifas secretas con los ferrocarriles para asfixiar a sus competidores. En 1911, el Tribunal Supremo ordenó disolver el monopolio en 34 empresas. Algo parecido pasó con J.P. Morgan y su megachiringuito financiero. Y así todo. 

La cosa fue apaciguándose. Oliver Twist no murió en la horca. Lo adoptó el bondadoso señor. Y los directores del hospicio perdieron sus empleos y acabaron como mendigos. Monks, el medio hermano de Oliver, que intentaba corromperlo para quedarse con toda la herencia, no escapó mal al principio: Oliver mostró su grandeza dándole la mitad del dinero, con la que Monks se piró a América a vivir como un rey hasta que, por supuesto, se arruinó. 

Monks no iba tan desencaminado. En EEUU más de uno empezaba a vivir como un rey, mejor en la versión anterior inglesa del cuento. Pese a la consolidación de las leyes antimonopolios, magnates y mangantes nunca han sido fáciles de controlar. En Wall Street (la calle del muro, y vengan metáforas) estaban construyendo una torre de avaricia y derivados. Dios actualizó su manual de castigos y envió el Crash del 29. Después llegó la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría… Pero la cosa se apaciguó. 

Entonces se inventaron los ordenadores. Luego internet. Y llegó la IA. La famosa IA. Un artículo en The Economist explicaba la semana pasada que «el auge de la inteligencia artificial ha generado enormes fortunas». Lo ilustraba con el caso de Jensen Huang: la empresa que fundó para fabricar chips vale 175.000 millones de dólares… 50 veces más que hace siete años (y más de 150.000 millones de euros al cambio). Huang es todo un reyezuelo: noveno en la lista de Bloomberg. Su empresa se llama Nvidia. Mal nombre para la mayoría de estadounidenses: según The Economist, menos de uno de cada tres cree que la tecnología hará más ricos a los ciudadanos de a pie. A lo mejor es porque sus sueldos no se han multiplicado por 50 en los últimos siete años.

Ya explicamos por aquí cómo el Gobierno español se congratula de que la economía española va como un cohete mientras los españoles de a pie no llegamos a fin de mes (¿el truco? Mire la evolución del progresista IBEX 35 desde que gobierna P. S. y este artículo de Forbes sobre el 21,5% que ha aumentado la riqueza de los multimillonarios españoles en 2025). Tras el éxtasis místico gubernamental con el papa León, a lo mejor el Gobierno de progreso se plantea darle alguna cartera ministerial a Nehemías. O a lo mejor no. Yo qué sé.

Mientras, al otro lado del charco, Elon Musk sigue dándole lustre a su autodevoción con cohetes de verdad… Y más cosas. La noticia de las noticias en el mundo del dinero estos días ha sido la salida a bolsa de su Space X, con la que nos quiere llevar a Marte. Hay que arrimar el hombro. 

Aunque hay un pequeño detalle. En febrero, SpaceX adquirió formalmente una empresa llamada xAI, que está más allá de Marte, bordeando ya el Plutón verbenero más de moda… El Folleto (con perdón) que presentó Space X a la SEC antes de salir a bolsa dice, gozosamente, que su infraestructura «incluye nuestra plataforma de computación de IA, Grok y X». Grok se autodefine y fue diseñado específicamente para ser la IA más irreverente y macarra del mercado. Sin filtros. Bueno, aparte de los que el amigo Elon le quiera poner. Su gran némesis sería Claude, desarrollado por Anthropic, la empresa de Olah, el de la presentación de la encíclica. Se define como la IA ética. Nos lo podemos creer o no, pero por lo menos saca la ética a relucir, mientras que Grok se da directamente al cinismo más marciano.  

Anthropic también va a salir a bolsa, en principio el próximo 22 de octubre. Y Open AI el 26 de noviembre. La cosa se está calentando de verdad. Cuatro días antes de la presentación de la encíclica, Gill Whitehead no se mordía la lengua en The Economist: «La ola de OPV consagrará el control de los dioses de la IA sobre el futuro», titulaba. Para ella, SpaceX, OpenAI y Anthropic «han buscado gestionar las tecnologías punteras con reglas personalizadas, alejándose de la gobernanza corporativa contemporánea y sus sistemas tradicionales, diseñados para impedir el control absoluto de un individuo mediante una supervisión eficaz del consejo de administración, estructuras de incentivos basadas en el riesgo y planes de sucesión sólidos». ¿Los estaba llamando reyes de Babel?

Mientras, los reguladores disparan al nuevo monstruo con la escopeta antigua. Después de decirle claramente que actualizara y no mintiera ni alucinara ni nada y solo diera datos del máximo rigor (que si no se lo dices…), Gemini, la IA de Google, me resumió una pregunta ad hoc que le hice reconociendo que «la inteligencia artificial se ha convertido en el nuevo gran frente de las batallas antimonopolio a nivel global. Los reguladores están actuando con rapidez para evitar que unos pocos gigantes controlen toda la infraestructura y el mercado de la IA». 

Concretaba Gemini, por ejemplo, que «la Comisión Federal de Comercio (FTC) y el Departamento de Justicia (DOJ) de EEUU mantienen bajo un estricto escrutinio a las tres grandes firmas del sector». Que «la FTC investiga a Microsoft por sus masivas inversiones en OpenAI y su estrategia con Copilot». O que Nvidia, «al controlar la inmensa mayoría de los chips (GPU) esenciales para entrenar la IA, está en la mira regulatoria». Y más con Google y la Comisión Europea y Meta y mucho más. 

Pero las salidas a bolsa siguen adelante. Y Elon Musk ya ha pasado del billón de dólares. 

Benito Arruñada critica la encíclica de León XIV porque «acierta en la imagen bíblica, pero se queda corta en el programa: mucha advertencia contra Babel, poco plan para Jerusalén». A ver: el Papa no es ni un regulador (aunque un Papa algo tiene que saber de política, obviamente) ni un tecnólogo (aunque tiene amplios conocimientos como licenciado en Matemáticas, ojo). Además, como matiza convenientemente Pablo de Lora, no está hablando ex cathedra: no proclama dogmas de fe de manera infalible. 

El Papa está advirtiendo de lo que está pasando y ofreciendo líneas generales de comportamiento. El principio de subsidiariedad también tiene que ver con que seamos nosotros los que pongamos los medios concretos. Podría venir Dios y, aprovechando que es todopoderoso y que el Pisuerga pasa por Valladolid, arreglarlo todo punto por punto, pero la cosa perdería gracia. Digo yo.

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