Los verdaderos protagonistas del Mundial desbordan la estafa de la FIFA
Un informe subraya la amenaza de la creciente influencia de los futbolistas en el negocio a través de las redes sociales

Balones durante un entrenamiento. | REUTERS
Comprendo que el título pueda parecerle demasiado hiperbólico. Pero lea esta noticia de The Athletic, el brazo deportivo de The New York Times. Dice que los fiscales generales de Nueva York y Nueva Jersey han iniciado «una investigación sobre las prácticas de venta de entradas de la FIFA para el Mundial». Es de hace apenas un par de semanas. Explicamos los detalles por aquí. Y ya veremos en qué queda la cosa. Pero la sensación es clara: la FIFA se le ha ido la mano ya demasiado. Incluso para sus muy elevados estándares lucrativos de su esencia sin ánimo de lucro.
Dice en su web que la «Fédération Internationale de Football Association (FIFA), constituida como asociación de acuerdo con la legislación suiza y con domicilio en Zúrich (Suiza), es una organización internacional no gubernamental y sin ánimo de lucro». Y concreta que «supervisa y promueve el desarrollo del fútbol en todos los niveles, desde las iniciativas de base hasta las competiciones internacionales de élite. Asimismo, la FIFA establece las reglas del juego, garantiza su aplicación coherente y trabaja para impulsar el deporte mediante la innovación, la educación y la colaboración con las 211 federaciones miembros de la FIFA».
Sin embargo, Forbes asegura que la FIFA ha calculado que sus ingresos aumentarían en 4.360 millones de dólares (unos 3.790 euros) respecto al ciclo 2019-2022, hasta llegar a los 11.000 millones (9.550 en euros), gracias sobre todo a la venta de entradas (con un aumento de 2.590 millones —2.250 millones de euros—) y los derechos de radiodifusión (890 millones más, 773 en euros al cambio). Se supone que todo lo reinvierte en la promoción del fútbol, pero entonces, ¿por qué pone las entradas a precios tan prohibitivos que hasta el mismo Donald Trump dijo en una entrevista al New York Post que él «no pagaría los 1.000 dólares» que cuesta ver a EEUU jugar su primer partido del Mundial, contra Paraguay?
La FIFA debería tener cuidado con su reputación. No solo tiene un grueso historial de escándalos financieros, con desvíos de partidas supuestamente filantrópicas, sino que, además, su obsceno monopolio afronta un riesgo existencial muy relevante. Sportbusiness acaba de sacar el informe The Athlete Brand Economy: Why the FIFA World Cup will be defined by player power, cuyo título ya avanza la tendencia: la descomunal riqueza que produce el Mundial, chiringuito estrella de la FIFA, tiene cada vez menos de «competiciones internacionales de élite» y más de vampirizar descaradamente a la verdadera gallina de los huevos de oro: el futbolista profesional. Que son lo menos parecido a una ONG, por cierto.
El informe arranca recordando que «las cifras que rodean a la Copa Mundial de la FIFA 2026™ son casi inabarcables. 48 equipos. 104 partidos. Tres países anfitriones que abarcan todo un continente. Un impacto socioeconómico proyectado de 40.900 millones de dólares en el PIB. Y una audiencia global acumulada que, si sigue la trayectoria de torneos anteriores, representará la mayor concentración de atención humana en la historia del deporte». Y sobre todo ello se cierne «un cambio que se ha estado acelerando silenciosamente durante años, y que el Mundial Catar 2022 hizo imposible ignorar». A saber: durante aquel torneo, «algunos de los momentos de mayor resonancia comercial no tuvieron nada que ver con las transmisiones oficiales ni los canales de los patrocinadores. Se desarrollaron en las cuentas de los jugadores. Eran iniciativas lideradas por los futbolistas, impulsadas por el público y totalmente ajenas al control del ecosistema tradicional de derechos».
De hecho, el último fin de semana generó más de 93,6 millones de publicaciones en redes sociales y 262.000 millones de impresiones acumuladas en todas las plataformas. Los jugadores individuales ganaron millones de seguidores en cuestión de días. Y lo que empieza el jueves se espera que intensifique «considerablemente» esta dinámica: «Más partidos, más mercados, más volatilidad y más momentos capaces de transformar la trayectoria comercial de un futbolista de la noche a la mañana».
Conclusión: el futbolista se convierte en un producto que conviene analizar con mucho cuidado. A la agencia internacional de marketing deportivo y entretenimiento EMW Global le ha faltado tiempo para aliarse con la firma de inteligencia de datos x+y Market Intelligence y sacar el inevitable The Athlete Brand Economy Report justo antes del Mundial. En él, los futbolistas se agrupan conforme a dos métricas: visibilidad y valor de equivalencia de medios. Esta última traduce el «rendimiento digital» en «una estimación del coste que supondría un alcance e interacción equivalentes si se adquirieran a través de medios de pago».
Cada uno es libre de creerse lo que diga el informe, pero lo realmente interesante es la tendencia que señala. Quienes trabajamos en los medios de comunicación sabemos bien qué pasó cuando los influencers empezaron a comerse trozos de la tarta publicitaria… Curiosamente, la FIFA acaba de anunciar un récord absoluto y descomunal en la cifra que destina a los clubes por la cesión de sus jugadores para el Mundial, el FIFA Club Benefits Programme (CBP): nada menos que 355 millones de dólares (308 millones de euros), un ¡70%! más que en Catar 2022.
Los cada vez más profesionalizados clubes están cada vez más hartos de ver cómo unos terceros cada vez más lucrativos exprimen a sus cada vez más estresados empleados, a los que pagan millones para que corran el riesgo de lesionarse (aunque también pueden revalorizarse en un gran escaparate, todo hay que decirlo). La FIFA intenta contentarlos con una moderada lluvia de millones. El diario AS titulaba la noticia FIFA: ‘regalazo’ a los clubes. Bueno, regalazo… Volvamos un momento a la parte de la estafa.
Los aficionados han denunciado engaños de todo tipo y la fijación de precios variables en función de la demanda, que ha permitido a la FIFA subir los precios de unos 90 de los 104 partidos en un promedio del 34%. La fiscalía que ha entrado en el asunto ha sido, recordemos, la de Nueva York. La misma que estuvo a punto de empapelar a Blatter y Platini por el FIFA-gate. Cualquiera diría que les siguen teniendo ganas. Y tienen la opinión pública de su parte.
En Inglaterra, The Spectator, por ejemplo, recuerda que el precio de las entradas para este Mundial es cinco veces superior al de Catar: «Los asientos más caros para la final han alcanzado precios desorbitados, solo al alcance de plutócratas y magnates corporativos». Y The Telegraph ha profundizado en el escándalo con una investigación sobre la venta de paquetes de entradas, a veces con filas enteras de asientos, en plataformas de reventa distintas a la web oficial de la FIFA y con precios significativamente inferiores a los cobrados por los organizadores.
Pero el caso más interesante quizás haya sido el francés. L’Équipe da cuenta de la tensión creciente en el seno de la selección gala generada por el número de entradas asignadas a sus jugadores. La Federación Francesa de Fútbol les ofrecía dos a cada uno y la reserva de otras seis… de pago. Los futbolistas quieren más. Y gratis. Al fin y al cabo, son los que crean el espectáculo. Si se avecinara una revolución, tendría su morbo que empezara en Francia.
El estreno de los bleus en el Mundial tendrá lugar el martes 16 en el MetLife Stadium… de Nueva York. Juegan, además, contra los también francófonos jugadores de Senegal, que no están especialmente contentos con los jerifaltes del fútbol mundial después del increíble robo de la Copa África. Sería interesante que enfocaran a los representantes de la FIFA en el palco cuando suene la Marsellesa: «Marchons, oui, marchons / Qu’un sang impur / Abreuve nos sillons».
