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ANÁLISIS

¿Ha venido la inflación para quedarse?

«Si está usted seguro de lo que va a pasar», dice Paul Krugman, «es que no se está enterando»

¿Ha venido la inflación para quedarse?
Serkan Senturk|Zuma Press

La funesta experiencia económica de la República de Weimar está tan arraigada en el imaginario colectivo germano, que ni siquiera tras la quiebra de Lehman Brothers abandonó el Banco Central Europea (BCE) su obsesión por la estabilidad de precios. En 2011, con varios países mediterráneos al borde del colapso, hasta subió dos veces los tipos. Evitó otra hiperinflación en Alemania, pero sumió Grecia en otra Gran Depresión.

Entonces, el 26 de julio de 2012, Mario Draghi pronunció su famoso «whatever it takes». Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para salvar la moneda única y rápidamente los integrados se trasmutaron en apocalípticos y pusieron el grito en el cielo. La sangre no llegó, sin embargo, al río. El IPC armonizado cerró en un modesto 2,2% aquel ejercicio y, en los tres siguientes, no superó el 1%. En 2014 fue incluso negativo, y apenas se inmutó cuando Draghi cruzó otro Rubicón y empezó a comprar bonos a manos llenas.

Por aquella época yo trabajaba en Actualidad Económica y a todos los expertos que se me ponían a tiro les repetía la misma pregunta: «¿Y la inflación?» Los más honestos no ocultaban su perplejidad, y muchos siguen instalados en ella ahora que los precios al fin se han dado la vuelta.

Uno de esos perplejos es Paul Krugman. «Me equivoqué», reconocía hace unas semanas en Twitter. «No vi venir este repunte».

Los ortodoxos se han apresurado a entonar el consabido ya-te-lo-dije. «Le hemos estado dando impunemente a la máquina de hacer billetes y todavía te extrañas…» Pero llevábamos dándole ocho años. ¿Por qué precisamente ahora?

Precedentes

La teoría cuantitativa postula una relación entre la oferta de dinero y los precios: si la cantidad de billetes crece más que los bienes producidos, terminas con más billetes por bien producido o, lo que es lo mismo, cada bien cuesta más billetes. Esta relación dista de ser, no obstante, mecánica. Para que los precios se vean arrastrados por la oferta de dinero hace falta que, además de recibirlo, los ciudadanos nos lo gastemos, y no es en absoluto lo que estamos viendo. Lo recuerda Krugman en un webinar de la Oficina de Evaluación Independiente del FMI. «La demanda final ha aumentado los dos últimos años [en Estados Unidos] el 4%, que es más o menos el crecimiento potencial del PIB».

La fuente de las tensiones está en el lado de la oferta. Primero, se han disparado los fletes y faltan materias primas y componentes. Segundo, hay mucha gente quemada con su trabajo (especialmente en Estados Unidos) que está tardando más de la cuenta en reintegrarse al mercado. Esta triple carencia de materias primas, componentes y mano de obra es la que, unida al vigoroso rebote tras el confinamiento, encarece los costes. Y en estos casos lo que los manuales aconsejan es, básicamente, no hacer nada: aguardar a que se resuelvan los atascos en la cadena logística y a los americanos se les pase la rabieta.

Pero, ¿y si resulta que el episodio no es transitorio y nos quedamos mano sobre mano como pasmarotes mientras los precios se descontrolan?

«A la gente de mi generación le inquieta que estemos ante una reedición de los años 70», le dice el moderador del webinar a Krugman. «¿Es ese el precedente histórico adecuado o hay algún otro?

Krugman responde citando un post del Consejo de Asesores del Presidente que analiza seis episodios de la historia reciente de Estados Unidos en los que el IPC superó el 5%. El más prolongado es el de los años 70 que menciona el moderador, pero «el más relevante» es el de la inmediata posguerra mundial. «Las familias», se lee en el blog, «tenían dificultades [en 1945] para adquirir coches o electrodomésticos porque simplemente no los había». La industria había estado concentrada en la fabricación de armas y, mientras readaptaba sus procesos a los tiempos de paz, hubo una escasez que se tradujo en un alza de precios intensa, pero breve: duró dos años.

«La situación actual», dice Krugman, «se parece de momento a eso».

Para que asistiéramos a una reedición de los 70 haría falta, además, la cultura de «indiferencia hacia la inflación» que fomentó lo que inicialmente parecía un gran avance de la ciencia económica.

Vienen curvas

En 1958 William Phillips, un profesor de la London School of Economics, detectó una correlación negativa entre el paro y la tasa de variación de los salarios: cuando aquel era alto, esta caía, y viceversa. Muchos expertos consideraron que la curva de Phillips, como en seguida se bautizó, describía un vínculo estable y permanente y que un Gobierno podía determinar el nivel de ocupación estimulando la actividad, es decir, comprando puestos de trabajo con inflación. Los más audaces abogaron por fijar un objetivo de desempleo del 3% y aceptar las consecuencias que fueran en el frente de los precios.

¿Cómo podía nadie oponerse a que se ayudara a los menos favorecidos a cambio de unos puntos de inflación? Una meta económica dotada de una justificación moral se convierte en una fuerza irresistible y, animados por los mejores propósitos, Kennedy y Johnson se embarcaron confiadamente en proyectos faraónicos, como la Gran Sociedad o la guerra de Vietnam. Por desgracia, el paro nunca bajaría en Estados Unidos del 5% (llegó a ser del 10,7%). Los precios, en cambio, se encaramaron hasta el 13% y los ciudadanos ajustaron su comportamiento a la nueva normalidad. El sindicalista exigía cláusulas automáticas de revisión al empresario, el empresario trasladaba el sobrecoste al consumidor y el consumidor gastaba tan deprisa como podía para adelantarse a la siguiente ronda de revisiones y sobrecostes.

¿Existe ese clima hoy? En absoluto. Ningún economista serio cree que se pueda comprar empleo con inflación. En Occidente, los bancos centrales tampoco están en manos del Gobierno. Así y todo, como ciudadanos afrontamos un dilema del prisionero. Si todos exigimos que nos compensen la pérdida de poder adquisitivo, nos exponemos a una espiral como la de los 70. Eso no es bueno, pero ¿y si yo no pido un aumento y los demás sí? Estaré aún peor. Y si, por el contrario, yo pido el aumento y los demás no, acabaría en el mejor de los mundos: subida salarial y precios controlados.

Lo razonable sería asumir que somos algo más pobres y no exigir compensación, y la teoría de juegos predice que, cuando el dilema del prisionero se plantea de forma reiterada, «la cooperación puede obtenerse como un resultado de equilibrio».

Puede obtenerse… pero no existe garantía. En el webinar Krugman confiesa su incapacidad de anticipar lo que pueda ocurrir. El mercado de bonos pensaba en julio que el brote no duraría. Ahora no lo tiene tan claro. En cuanto a los expertos, un sondeo del Foro de Davos entre su comunidad de economistas arroja un panorama dividido: los que opinan que no estamos ante un fenómeno persistente son mayoría, pero por un estrecho margen (13 contra 11).

En suma, concluye Krugman: «Si está usted seguro de lo que va a pasar, es que no se está enterando».

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