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La otra cara del dinero

¿Por qué algunos países prosperan y otros simplemente dan asco?

«Incluso con una gran carga fiscal e interferencias regulatorias, un mercado es mucho mejor que no tener mercado», afirmaba O’Rourke, el cual nos ha dejado esta semana

¿Por qué algunos países prosperan y otros simplemente dan asco?

Estocolmo. | Europa Press

A principios de los 90 trabajaba para la división de prensa gratuita de Recoletos y me encargaron un suplemento sobre tareas domésticas. No es lo que uno aspira a escribir cuando se hace periodista, pero decidí que no tenía por qué ceñirme a la tediosa lista de consejos obvios del tipo «asigna un espacio para cada cosa en los armarios» y «ventila el dormitorio por las mañanas». Busqué inspiración en una obra heterodoxa: Cómo tener la casa como un cerdo, de P. J. O’Rourke. Todavía conservo un ejemplar subrayado. «Llevar el hogar», dice, «es tan ingrato y sucio como trabajar en una mina, y mucho peor pagado». Y también: 

«Puedes mantener el comedor resplandeciente comiendo en la cocina». 

«Cuando hayas terminado de limpiar, da un toque de desorden varonil. Cuelga corbatas en sitios divertidos, como la puerta de la nevera. Pon un sombrero encima de una lámpara. […] Esto es lo que dan a entender las mujeres cuando cuentan a sus amigas: ‘Tenía la casa hecha un asco’. Si de verdad tienes la casa hecha un asco, no se quedan ni el tiempo suficiente para podérselo contar a sus amigas».

«Los solteros lo sabemos todo sobre juergas. De hecho, cualquier soltero que se precie es él mismo una juerga andante. Al menos es lo que dijo mi novia cuando encontró las botellas de ginebra debajo del colchón. Creo que sus palabras exactas fueron: ‘¡Eres un desastre repugnante y alcoholizado!’. Es una buena descripción de una juerga, si está bien organizada». 

«No olvides que tu cuerpo necesita de seis a ocho vasos de líquido al día. Solo o con hielo«.

Dada la naturaleza de sus recomendaciones, no me ha extrañado enterarme de que ha fallecido de cáncer de pulmón. Lo misterioso es que aguantara hasta los 74 años. 

Republicano a fuer de liberal, O’Rourke se pasó la mayor parte de su carrera como periodista económico defendiendo el «único derecho humano básico»: el de hacer lo que te dé la real gana, que llevaba a su vez aparejado «el único deber humano básico»: asumir las consecuencias

Como explica en Eat the Rich, la economía no le atraía inicialmente. En la universidad, «lo sabíamos todo de la elasticidad del precio de la marihuana, y no digamos de su oferta y demanda agregadas«, pero «hablar de dinero era una ordinariez». Los temas de conversación eran más bien Jean Paul Sartre y Marx y, cuando finalmente se incorporó a un medio, lo hizo sin mirar lo que iba a cobrar, «aunque hubiera sido una sorpresa desagradable que a fin de mes me hubieran dado un abrazo en lugar de un cheque«.

Solo después de 10 años como enviado especial empezó a cuestionarse por qué había tanta pobreza. Decidió volver a los libros de texto de economía, pero al sumergirse en ellos entendió «por qué nos pusimos tan contentos cuando acabamos el colegio». No había idea, por sencilla que fuera (por ejemplo, cuando algo abunda, es más barato), que no se retorciera y convirtiera en «un jeroglífico lleno de signos y anotaciones«. Probó acudiendo a las fuentes originales, pero “La Riqueza de las Naciones, Das Capital y La Teoría General de Como-se-llame […] me dormían aún más deprisa», así que optó por prescindir de intermediarios. «Visitaría los distintos regímenes […]: de libre mercado, socialistas e inconcebibles» y sacaría sus propias conclusiones.

Contraste

A quienes, como O’Rourke, nos hemos criado en las opulentas sociedades occidentales, nos choca el espectáculo de la miseria. Damos la riqueza por sentada, como si hubiera estado siempre ahí, pero hasta el siglo XIV los europeos vivíamos con unos discretísimos 600 dólares anuales, es decir, menos de dos dólares diarios, lo que el Banco Mundial considera el umbral de la pobreza extrema. Y aunque las cosas mejoraron tras el Renacimiento, apenas un puñado de regiones (Holanda, Inglaterra, el norte de Italia, Bélgica) superaba los 1.000 dólares hacia 1820. Entonces, dice O’Rourke, «algo maravilloso sucedió». La Revolución industrial disparó el PIB global desde los 695.000 millones de dólares de 1820 hasta los 100 billones actuales. Y aunque la población se ha multiplicado por siete, la renta per cápita lo ha hecho aún más: por 10

Este progreso no se ha repartido, sin embargo, de forma homogénea. «¿Por qué algunos países prosperan y otros simplemente dan asco?», se plantea O’Rourke. «No es una cuestión de inteligencia. Ningún sitio del planeta […] es más estúpido que Beverly Hills, y sus residentes nadan en la abundancia. Mientras, en Rusia, donde el ajedrez es un deporte masas, hierven piedras para hacer caldo. La educación tampoco puede ser la razón. Los alumnos de cuarto de primaria de Estados Unidos saben qué es un condón, pero no cuánto son 9 × 7. Los recursos no son la respuesta. África tiene diamantes, oro, uranio, de todo. En Escandinavia no hay nada y, además, hace un frío que pela».

La clave, concluye, es el mercado libre. «Incluso con una gran carga fiscal e interferencias regulatorias es mucho mejor que un mercado que no es libre. Suecia tiene aproximadamente la misma superficie cultivable que Cuba, un catálogo similar de recursos, un clima peor y un par de millones de personas menos». Pero la renta de los suecos es 45 veces la de los cubanos

La parte más importante

Años después de que me encomendaran el suplemento sobre tareas domésticas (que tuvo una gran acogida gracias a O’Rourke) y trabajando ya para La Gaceta de los Negocios, me mandaron a cubrir la presentación de un monográfico de The Economist sobre Hong Kong y, cuando le pregunté a su autor a qué atribuía el éxito de la excolonia, me respondió escuetamente: «A la libertad«.

O’Rourke habría estado de acuerdo. «La parte más importante de mercado libre es el adjetivo libre», sostiene. «Cuando proteges a los individuos de la coerción de otros individuos o de esa aglomeración de individuos que es el Estado, el ingenio y la codicia generan crecimiento«. 

El andamiaje institucional que hace posible este prodigio no es ningún secreto: respeto de la propiedad privada, imperio de la ley, gobierno democrático… ¿Por qué tantos se resisten a aplicar la receta? «Porque hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres», alegan los críticos del capitalismo. O’Rourke replica que no es lo que se desprende de los números, pero incluso admitiendo que el PIB per cápita sea un dato engañoso, hay otros. «La mortalidad infantil no puede amañarse dejando que los niños ricos vivan más mientras los pobres mueren«, y lo que nos dice es que ricos y pobres progresan. Igual sucede con la esperanza de vida: ha aumentado en todos lados. «Los ricos son más ricos. Los pobres son más ricos. Y todos nos hacemos mayores«.

Él, por desgracia, ya no más. Descanse en paz.

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