The Objective
La otra cara del dinero

La revolución empieza por hacer la cama

La política es una actividad en la que los gestos inútiles son altamente apreciados, mucho más que los resultados

La revolución empieza por hacer la cama

La activista Beatriz Moreira es recibida como una heroína tras participar en la flotilla humanitaria, una iniciativa absurda en términos de coste-beneficio, pero de gran valor simbólico. | Igor Mota (Zuma Press)

Cada vez que una algarada interfiere en su rutina, algo que según ella sucede con irritante frecuencia, tía Ágata comenta con gesto altivo:

—Y todos estos jóvenes que protestan contra la injusticia de la sociedad, ¿habrán dejado la cama hecha y el desayuno recogido antes de lanzarse a quemar contenedores?

E invariablemente Reginald, que nunca ha ocultado su antipatía por las revoluciones, le responde:

—Lo dudo, tía Ágata. —Y añade golpeando levemente con la punta de su bastón a los manifestantes—: Si son tan amables de echarse a un lado, algunas personas tenemos cosas importantes que hacer hoy.

Pensarán ustedes: «Menudo par de reaccionarios», pero lo que los confunde no es tanto la discrepancia ideológica como la ausencia total de pragmatismo.

—Si de lo que se trata es de hacer un mundo mejor —argumenta tía Ágata—, ¿no sería lo lógico empezar por tu propia casa y no por el G-7?

La idea no es suya. Ya la habían planteado Tolstoi y Gandhi, pero la política es una actividad en la que los gestos inútiles son altamente apreciados.

Una agradable sensación

Para empezar, ¿por qué insiste la gente en votar? Desde luego, no porque sirva para algo.

«Las probabilidades de que una sola papeleta cambie un resultado electoral son de una entre 60 millones —escribe el psicólogo David Pinsof en un inquietante artículo titulado «La democracia es una mierda»—. Eso significa —prosigue— que son menores que las de morir aplastado por un meteorito [una entre 1,6 millones, según los expertos]».

A pesar de ello, acudimos religiosamente a depositar nuestro sufragio porque, como dice el economista Bryan Caplan, nos proporciona «una agradable sensación» de pertenencia. ¿De pertenencia a qué? Al grupo. Los humanos somos una especie frágil. Tomados de uno en uno, no valemos nada, pero somos invencibles cuando cooperamos. Por eso, la selección natural premia con un reconfortante chorro de endorfinas la adscripción a distintos grupos: la familia, la pandilla, el club de fútbol….

¿Y qué son los partidos políticos sino supergrupos?

Las necesidades del grupo

«No votamos para cambiar el mundo —sostiene Pinsof—; votamos para formar parte del grupo».

Ahora bien, el grupo no nos brinda su amparo gratis. A cambio, nos exige que correspondamos atendiendo a sus necesidades, la primera de las cuales es la cohesión. Todos los miembros deben compartir la misma identidad, la misma agenda, la misma narrativa, la misma estrategia. «Si se dan dos respuestas contradictorias a alguna de estas cuestiones —dice Pinsof—, el grupo se divide en dos. ¿Cinco respuestas? Cinco grupos».

Para el grupo, la coordinación lo es todo. Si se coordina, sobrevivirá. Y si se coordina mejor que sus rivales, triunfará.

¿Quién dijo contradicciones?

Sucede, sin embargo, que es mucho más fácil coordinarse en torno a una variable categórica, que divide las cosas en blancas y negras, que en torno a una variable continua, que ofrece una rica gama de grises (y que es como la realidad viene formateada). Los partidos, dice Pinsof, son «demasiado tontos para manejar opiniones matizadas, así que lo separan todo en dos categorías: lo que nos gusta y lo que no».

Esta simplificación abre un abismo entre ellos y nosotros, entre la casta y el pueblo, entre la civilización y la barbarie, y convierte al partido en una formidable máquina de asalto.

El problema es que, para tener alguna opción de gobierno en una democracia integrada por millones de votantes, necesitas amalgamar a varios subgrupos con sensibilidades no siempre coincidentes, lo que inevitablemente comporta tensiones. ¿Cómo las resuelven los grandes partidos? De ninguna manera. No hace falta. España es un excelente ejemplo. El mismo líder de izquierdas que defiende un régimen federal aboga por la financiación singular de una región; y el mismo líder de derechas que proclama la igualdad de todos ante la ley no tiene inconveniente en apoyar la prioridad nacional.

La joya y la lavadora

Y si a los partidos les importan un bledo los matices y la coherencia, ¿qué es lo que les preocupa?

Ya lo apuntamos al principio: los gestos inútiles, porque nada fomenta tanto el compromiso como un esfuerzo estéril. Navegar miles de millas para acudir a un país cuyos gobernantes no te van a hacer ningún caso no resiste el más mínimo análisis de coste-beneficio, pero revela una fe ejemplar. Igual que encadenarte a una fábrica de papel u organizar una vigilia delante de la sede de Ferraz. Las relaciones sentimentales se rigen por un patrón similar. ¿Qué constituye mayor prueba de amor: una joya o una lavadora, una cena en un restaurante caro o el último modelo de microondas?

Cuanto más inútil, más fuerte es el señalamiento de la virtud. Eso es lo que promueven los partidos, no resultados.

Medidas absurdas

¿Y qué ocurre, dice Pinsof, cuando la prioridad es el señalamiento de la virtud y no la solución de los problemas?

Pues que se impulsan políticas absurdas. Se cierran las aviesas centrales nucleares, a pesar de que son una de las fuentes de energía más seguras y limpias. Se imponen controles de precios que generan la escasez de los mismos artículos que se pretenden universalizar. Se penaliza a los especuladores que promueven las viviendas que las familias demandan desesperadamente. Se prohíben las desaladoras, porque son de izquierdas, y los trasvases, porque son de derechas.

Es un mundo escasamente práctico, si lo piensan, y no hay que censurar a tía Ágata y Reginald porque manifiesten su perplejidad.

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