Huawei llena la UE de antenas pero China veta las marcas europeas con solo un 3% de cuota
Europa lleva años tratando de expulsar al fabricante, en especial de la parte de la red que guarda los datos sensibles

Logotipo de Huawei
China no hace ruido. Avanza silenciosamente. Actúa en favor de sus intereses sin levantar polvo. La completa antítesis de Donald Trump. Es algo que aplica a su estrategia geoeconómica y que se ve claramente en el sector de las telecomunicaciones. La Unión Europea mantiene un pulso con Pekín para expulsar a Huawei del denominado «core» de la red —la parte que guarda los datos más sensibles del usuario—. Desde 2018, se ha acusado al fabricante asiático de espiar a ciudadanos occidentales a través de sus dispositivos, filtrando información sensible a la dictadura que gobierna el país, pero a Bruselas le está costando mucho que los operadores cuenten con otros socios tecnológicos. Algo paradójico respecto a lo que sucede en China. La depuración de su enemigo, la Unión Europea, es evidente: las antenas de las empresas como Ericsson y Nokia tienen una porción insignificante del mercado 5G, por el 29% de la tarta que Huawei posee en nuestro continente.
El principio de reciprocidad comercial brilla por su ausencia en el despliegue de las redes de acceso de radio (RAN, por sus siglas en inglés), según datos de varias consultoras de primer nivel a los que ha tenido acceso THE OBJECTIVE. El análisis pormenorizado de las cuotas de mercado actuales revela un escenario de asimetría absoluta: China ha ejecutado un veto fáctico y silencioso contra la tecnología del Viejo Continente. Los dos grandes baluartes tecnológicos europeos de la infraestructura móvil, Ericsson y Nokia, apenas alcanzan un marginal 3% de los despliegues de antenas en suelo chino (un 2% y un 1%, respectivamente). Esto garantiza, en un escenario de guerra híbrida, que su poder para apagar la red europea sea mucho mayor que el que tendría la Unión Europea de dejar a oscuras a China.
Una realidad que contrasta de manera flagrante con la política comercial que se aplica en Europa. Huawei ostenta casi un tercio del mercado pese a estar vetada, cifra prácticamente equivalente al peso de los propios campeones europeos en su región de origen (Ericsson con un 36% y Nokia con un 30%). Europa ha permitido a los proveedores asiáticos competir en igualdad de condiciones mientras sus propias empresas sufren una exclusión sistemática al otro lado de las fronteras comerciales.
El 94% de la red china es de empresas chinas
El proteccionismo estatal de Pekín ha blindado el 94% de su mercado de telecomunicaciones para su exclusivo ecosistema doméstico. Huawei monopoliza el 65% de las infraestructuras, seguida por un 29% en manos de la también china ZTE —el resto son otros proveedores—. Este diseño de mercado no responde a criterios de eficiencia ni de ventaja tecnológica, sino a una estrategia geopolítica deliberada de control de redes e infraestructuras críticas: casi el total de las infraestructuras de telecomunicaciones son empresas del país, lo que garantiza el control total del régimen tanto de las mismas como de lo que sucede dentro de ellas. Esto último es capital para el control del ciudadano.
Al expulsar a la competencia europea a niveles testimoniales, China no solo protege a sus campeones nacionales, sino que vulnera cualquier noción de comercio internacional justo. El gigante asiático explota con destreza la apertura de los mercados occidentales al tiempo que mantiene el suyo blindado bajo llave. Ante este escenario, la postura de la Unión Europea es muy cuestionable: permitir que Huawei controle casi un tercio de las comunicaciones del continente, mientras las firmas de la Unión son erradicadas del territorio chino, deja de ser una política de libre mercado para convertirse en una preocupante rendición estratégica.
Estados Unidos ha optado por una estrategia de confrontación directa y bloqueo absoluto a la expansión tecnológica de Pekín. A través de regulaciones severas de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) y la inclusión de Huawei y ZTE en la llamada Entity List, Washington ha desterrado casi por completo los componentes chinos de sus redes nacionales, argumentando riesgos críticos para la seguridad nacional. Esta política no solo prohíbe la compra de nuevas antenas, sino que ha financiado programas federales multimillonarios (conocidos como «Rip and replace», lit.: «arrancar y sustituir») para arrancar e intercambiar el hardware chino ya instalado en las redes rurales americanas por alternativas occidentales. En esta misma línea, a principios de 2020, Estados Unidos envió a un emisario, Robert L. Strayer, entonces secretario de Estado adjunto de EEUU y responsable de política de información y comunicaciones cibernéticas e internacionales, a ejercer lobby en la embajada del país del dólar en Madrid para impulsar que España utilizase tecnología de Nokia y Ericsson. El encuentro se enmarcó dentro de una gran gira europea en la que este emisario fue haciendo lo propio en otros países.
De hecho, el enfoque estadounidense trasciende sus propias fronteras y busca arrastrar a sus aliados estratégicos hacia un frente común. Mediante presiones diplomáticas y la promoción de iniciativas como el programa Clean Network, EEUU ha presionado a los países de la OTAN para que veten de forma preventiva a los proveedores del gigante asiático en sus despliegues de 5G y futuras redes 6G. Al blindar su mercado de manera unilateral, Washington plantea un tablero global de suma cero: una desconexión tecnológica que contrasta con el actual titubeo europeo, evidenciando que la infraestructura de telecomunicaciones ya no se rige por las reglas de la Organización Mundial del Comercio, sino por las de la seguridad nacional y la soberanía digital.
