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A cambio de nada

"Resulta difícil encontrar un solo origen –un momento crucial y definitivo– que explique el procés y lo haga inteligible"

Foto: Olivier Matthys | AP

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, escribió Tolstoi en el inicio de Anna Karénina. En clave política se hubiera dicho que nuestro relato de la felicidad fue una transición ejemplar que miraba hacia un horizonte moderno y europeo –como Alemania, como Francia, como Italia–, mientras que las semillas de la infelicidad permanecían enterradas en un pasado cruelmente selectivo que no se dejaba cicatrizar a ninguna costa. “Dejad siempre las heridas abiertas”, fueron –al parecer– las palabras que utilizó el president Pujol para recordarle a Carod-Rovira que el nacionalismo debe cultivar el resentimiento si aspira a construir un demos distinto. Eso sucedió cuando los papeles del Archivo de Salamanca, un periodo del que ya casi ni nos acordamos. Cada familia infeliz lo es a su manera porque las causas del rencor oculto en el alma son infinitas, al igual que las raíces del mal. Porque nada en efecto tenía que ser forzosamente como ha sido ni nada apuntaba tampoco en esa dirección; por más que los síntomas viniesen de muy antiguo, al modo de una fiebre leve y persistente, sin foco concreto.

Por eso mismo resulta tan difícil encontrar un solo origen –un momento crucial y definitivo– que explique el procés y lo haga inteligible. Para unos, se trataría del marco cognitivo y emocional que impulsó el nacionalismo banal de los convergentes en las décadas de los ochenta y los noventa, mientras el Partido Socialista miraba hacia otro lado. Para otros habría que situar el origen del conflicto actual en la hybris perversa de la segunda legislatura de Aznar, con su corsé neoespañolista (una acusación que tiene, en realidad, mucho más de propagandístico que de factual, a pesar de lo antipático del personaje), con su torpe apoyo a la guerra de Irak y las masivas manifestaciones callejeras que sufrió el gobierno del PP; pero ya se sabe lo fácil que resulta culpar de todo a la derecha en nuestro país – llueve sobre terreno abonado. Podríamos continuar: llegó Zapatero con su discurso acerca de la necesitad de una segunda transición, que daba a entender que la primera había sido insuficiente. “Ecclesia semper reformanda est”, reza una conocida máxima que popularizó Karl Barth y otros teólogos protestantes para exigir el aggiornamento del catolicismo; de modo que si la Iglesia –Mater et Magistra– así lo hacía, ¿por qué no nuestra joven democracia? En aquellos años se lanzó Zapatero al activismo de la reforma autonómica con frases tan célebres como la que pronunció en un mitin barcelonés y que no vale la pena repetir ahora. Una frase –hoy lo sabemos– que no se hallaba en los papeles que supuestamente debía leer, sino que fue improvisada al calor del momento y de lo que debió de susurrarle al oído algún miembro del PSC. Todo vale para esta historia, que es también –y sobre todo– una confabulación de irresponsables como tituló uno de sus libros Jordi Amat. Más adelante llegó el Estatut y la famosa sentencia del Tribunal Constitucional, nueva etapa –aseguran que ésta ya fundacional– del camino de la desafección. Por supuesto, la pavimentación del conflicto se asentaba nuevamente en una peligrosa frivolidad: el considerar que una parte –en este caso, el Estatut– podía reformar la Constitución por la puerta de atrás; es decir, ligando el sentido de su hermenéutica territorial a lo decidido en una autonomía. Era lógico pensar que eso no iba a ningún lugar a pesar del refrendo previo en las urnas –otro error–, pero sí sirvió para alimentar la confusión plebiscitaria: la autodeterminación como única vara de medir de la democracia. Y entonces empezó a resurgir con fuerza en Cataluña el relato de los dos pueblos soberanos condenados al enfrentamiento. Seguramente no hubiera pasado de ahí sin la concatenación de causas que van del crash económico al cuestionamiento en conjunto del parlamentarismo liberal, de los efectos de las shitstorms en las redes sociales al empobrecimiento del debate público, de la corrupción institucional a la pérdida de calidad de nuestras élites políticas. En realidad, como sucede en buena parte de Occidente, aunque a nuestro modo, más visceral y quijotesco. Llegaron las manifestaciones, el 15-M, Mas y Rajoy; los fallos de diagnóstico, la sordera y la ceguera, Puigdemont y el 1-0, y luego el 155 y los presos y el juicio. Y ahora la sentencia y la amenaza de una insurrección popular, más o menos azuzada por Torra, que responde al clásico Maelstrom del nihilismo: una danza de autodestrucción.

Lo peor desde luego no es lo que hemos vivido: el guiñol amortizado de Quim Torra; el falso demiurgo de Puigdemont, que juega a incendiar un país desde Waterloo; la crisis de Estado que se vive en España y Cataluña, y que desembocará forzosamente en una gran coalición entre el PP y el PSOE –no sé cuándo ni cómo–; los terribles alborotos que, noche tras noche se sufren en las ciudades catalanas… Todo esto es terrible, pero no es lo peor; lo peor es el odio inoculado, la ruptura de la sociedad, el desmoronamiento de la confianza, el instinto primordial amigo/enemigo como único recurso de la política, el enquistamiento de los errores y de la irresponsabilidad a cambio de nada; más bien de la nada, ese templo estúpido de la desolación.

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