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Daniel Capó

Los padres abandonan la pedagogía moderna

«Las familias optan por la transmisión cultural y de conocimiento que la escuela de hoy abandona»

Opinión

Los padres abandonan la pedagogía moderna

Al Ministerio de Educación le ha dado ahora por decir que la sintaxis no importa, como si ya importara gran cosa. No interesa la sintaxis, ni la morfología, ni mucho menos la Filosofía, el Latín, el Griego, la Literatura –les asombraría saber qué libros se leen en mi entorno en 3º y 4º de la ESO o en el primer curso de Bachillerato; libros que no consideraríamos ni clásicos contemporáneos ni clásicos juveniles–, ni por supuesto una Historia que no sea ideológica e identitaria, es decir, que no sirva –en primer lugar y sobre todo– a los intereses bastardos de la política. Y digo que no importa, porque sencillamente hace ya tiempo que muchos padres han optado por desconectar de la pedagogía y de sus supuestos avances para reivindicar –en la intimidad del hogar, en familia, junto a unos pocos– las bondades de la transmisión cultural y del conocimiento. Pagando a menudo clases de refuerzo extraescolar y cursos de idiomas, leyendo con los niños, viajando y acudiendo a museos con ellos, narrándoles la memoria familiar –que no tiene por qué coincidir siempre con la oficial–, exigiéndoles cuando toca hacerlo y dejándolos sueltos también cuando toca, para que caminen poco a poco delante de ti abriendo camino, descreyendo de este modo de una retórica que quiere hacernos dudar de todas aquellas convicciones que son importantes para nosotros. En pocas palabras, una familia sin convicciones es una familia en peligro. Porque sólo transmitirá o bien inseguridad o bien una libertad sin ancla, es decir, sin metas ni límites, sin forma ni destino. 

Que la sintaxis importe más o menos –que importa, y mucho, claro que sí– resulta secundario, porque estamos a otras cosas. Y así seguiremos hasta que un día al despertar, como en el cuento de Monterroso, nos encontremos frente a frente con una realidad mucho más dura que la nuestra. Hay jueces compasivos y pacientes, pero la realidad –lo sabemos, al menos, desde la Ilíada– actúa con una fuerza implacable cuando se despierta. El historiador francés Marc Bloch lo sentenciaba de un modo mucho más tajante en un libro suyo inolvidable, La extraña derrota: los grandes fracasos sociales nacen de errores de la inteligencia. Si se diagnostican mal los problemas, se falla en su remedio. Las consecuencias, dolorosas, se prolongan en el tiempo de forma imprevisible.

Al dar la espalda al conocimiento fuerte –utilizando una expresión cara al sabio Gregorio Luri–, damos la espalda a nuestro futuro. Por dos razones: primero, porque se crea una sociedad a dos velocidades: una anclada en el saber y otra otra en la ignorancia y el revuelo emocional. Segundo, porque ninguna nación dividida puede prosperar, ni afrontar los retos propios de su época. Sin conocimientos fuertes –y sin los hábitos de trabajo que estos implican–, ningún país moderno es capaz de encarar los desafíos que plantea una economía basada en la inteligencia, y cuyos resortes de  productividad y crecimiento dependen abiertamente de un know how cada vez más analítico y abstracto. El futuro no pertenece a las inteligencias múltiples, sino a la inteligencia dura; y no hay inteligencia dura sin disciplina, exigencia y cultura.

Por eso, tantos padres han desconectado de los discursos y eslóganes oficiales, hasta el punto de que en los Estados Unidos cada vez resulta más común la práctica de un homeschooling que ampara la utilización de un currículum clásico o de que incluso se ha creado la nueva Universidad de Austin –con un profesorado estelar–, nacida bajo la advocación del rigor intelectual. ¿Importa o no importa? Según cómo se mire, por supuesto. Que cada lector juzgue en conciencia, ahora que el gobierno nos vuelve a vender la enésima poda educativa.      

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