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Jorge San Miguel

Escota

«Vivió como le dio la gana y ha muerto como quería. Eso pasa poco ahora»

Opinión

Escota
Antonio Escohotado Igor Gayarre Conde (Wikimedia Commons)

Me da apuro escribir sobre Escota en lo personal; no sé si interesará a alguien y, al fin y al cabo, todo el mundo conoció a Escota. Pero mi querido editor me lo ha pedido y quién soy yo para negarme.)

Todo el mundo conoció a Escota, estos días se habrán dado cuenta. No crean que mienten: él era así, y acogía a (casi) todo el mundo. No es que fuera hombre de costumbres fáciles, ni dado a los saraos: en más de veinte años no debí de verlo fuera de su casa más allá de tres o cuatro veces-y una de ellas fue en Cuenllas, que casi contaba como segunda residencia. Hubo, eso sí, varias casas.

La primera debió de ser, si no me engaño, en Los Molinos, en un apartamento amplio y desangelado con moqueta y chimenea, hacia el 98. Nos había invitado su hijo Jorge y yo me presenté con un disco de Tricky y ropa de plástico que no abrigaba, porque entonces aún iba de moderno. Escota no estaba, pero estaba su vellocino sobre la cama y una estampita del capitán Francis Burton, con la mejilla hendida por la lanza, clavada a la pared. Así que mi primer recuerdo con Escota fue sin Escota, como ese chiste de Zizek sobre «Lenin en Varsovia». Sí estaba Román, a quien conocía desde que un día se dejó caer por las escaleras del local de la calle Benito Castro como un piano de cola: estaba estudiando las oposiciones a diplomático y salía poco; pero cuando salía, salía. Y David, al que me presentó Jorge en la escalerilla del autobús. Al día siguiente, cogí para la resaca un ejemplar de Retrato del libertino, que estaba reciente, y lo terminé de leer en el viaje de vuelta.

La segunda vez, es decir, la primera, sería en el piso de la calle de la Luna que compartió un breve tiempo con Bea a principios de los 2000. Por entonces Rafa había conseguido un curro en el bar de un hotel de Gran Vía, y Antonio se dejaba caer de vez en cuando a atizarse un chupito de whisky para levantar el ánimo. La vida en la ciudad no era lo suyo, y menos en Gran Vía. Le horrorizaban los ruidos, la suciedad y hasta la oferta de prostitución: «Yo creo que a esas putas las pone el arzobispado para que la gente no peque. ¡Con decirte que tienen mi edad!» En el piso bebíamos Marques de Cáceres blanco y veíamos al Madrid. Tenían un cuarto de baño inmenso con libros en una balda junto al retrete. Yo aún estaba muy cohibido. El día que murió Carlos Berlanga andábamos por el bar de Rafa, hablamos de él y yo solté, por puro nerviosismo, alguna pedantería sobre Octavio Paz y la globalización. Poco después se fue a Tailandia.

A la vuelta del trópico se instalaron en Galapagar, en la que sería su última casa. Como yo no conducía, lo vi poco aquellos años. Antonio aún iba a la universidad un día o dos de la semana, y el resto del tiempo estaba en casa: estudiando, escribiendo, fumando, saliendo a por leña al monte. Esos años, en cambio, frecuenté mucho su viejo apartamento de Padre Xifré, donde había vivido Carlos Moya antes que él, y que luego se quedaron sucesivamente Daniel, Román y Jorge. Allí Jorge y yo escribíamos obituarios, planeábamos entrevistas, veíamos al Madrid o simplemente pasábamos el rato. Allí vimos arder el edifico Windsor en directo. De tarde en tarde aparecía Escota y nos daba algún consejo farmacológico, o nos recetaba leer a Rostovtzeff o a Fustel de Coulanges. En alguna ausencia de Jorge y Amaya, cuando Daniel los invitaba a volar a América, me instalaba en el piso a tiempo completo para estudiar; pero acababa cogiendo libros de la estantería y no estudiando mis cosas. Los libros a veces venían con notas manuscritas. Por ejemplo, en uno de Foucault o Deleuze -no recuerdo-, junto a un pasaje sobre una tribu que lloraba cada vez que nacía un niño, Antonio había garabateado: «Qué gente más absurda». Allí leí El espíritu de la comedia, bajo el ventilador, frente el ventanal por el que brillaba el luminoso de Iberia, que tantas noches habría contemplado Daniel antes de ser piloto. Una noche nos colamos en el local del Rock-Ola, que seguía vacío y con las huellas del incendio después de veinte años. Poco después hicieron un ALDI en el local.

Lo de Cuenllas. Para 2008 yo ya estaba muy metido en temas políticos, y tocaba el rite de passage: entrevistar a Escota. Los dos queríamos hablar sólo de política, así que salió bien.  Hablamos de Bernstein, de Jaurés, de Mises, de Troeltsch. Grabé la entrevista pero casi no se escuchaba nada con el tráfago de vasos y camareros. Dio igual. Escota era cálido, pero no zalamero: cuando le mandé la entrevista transcrita y publicada, me echó la bronca por no cortarle y porque le hacía parecer «un viejo charlatán». Años después me enteré de que era su entrevista favorita (o eso decía). En 2013 lo volví a entrevistar, el día que murió Lou Reed, pero no fue una de nuestros mejores noches. Entre medias había muerto Román en Bangkok, y no mucho después murió Cristina.

En los años siguientes lo vi, cada vez más frágil, sobre todo por asuntos del partido, que él encaraba con cariño pero con su natural escepticismo hacia los políticos, su escala de prioridades y su cháchara -y, sobre todo, sin avenirse a madrugar. Mientras tanto, se fue haciendo popular en las redes sociales para una o dos generaciones más, que ya no lo conocían por la tele ni, me temo, por los libros. Se fue a Ibiza a morir, pero pensábamos que era una boutade. Hice planes inconcretos de ir a verlo en septiembre pasado. No fui.

Este artículo, es obvio, no va de Escota sino de mí. Pero eso es también, de forma inevitable, hablar de Escota y de la vida que conocí a través de él y de su familia. Hay poco que añadir que no se haya escrito estos días. Yo prometo no dar más la turra. Todo el mundo conoció a Escota; y ahí están sus libros y sus muchas intervenciones públicas, que no se lo van a poner fácil a quien quiera apropiarse de él. De lo demás, baste saber que vivió como le dio la gana y ha muerto como quería. Eso pasa poco ahora.

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