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Juan Marqués

Tres libros de poemas

«Quizá yo no me estoy enterando muy bien, pero diría que en este primer tercio de año se ha publicado muy poca poesía buena por aquí»

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Tres libros de poemas

La mejor noticia que nos ha dado la poesía en lo que llevamos de 2022 llegó, en realidad, en noviembre de 2021, con la publicación de Una luz imprevista, la poesía completa de María Victoria Atencia. En el contexto español, hay pocas «fuerzas canonizadoras» más potentes que la colección «Letras Hispánicas» de Cátedra, y es allí donde, en edición de Rocío Badía Fumaz, ha aparecido esta reunión, que era tan apremiante y tan necesaria o, por decirlo del otro modo, de la que tan clamorosamente carecíamos. 

El viernes subí en Madrid a un tren que tres horas después me colocó ante el mar de Atencia, y es allí donde he ido leyendo sus versos durante dos mañanas, disfrutando de esa obra como nunca, sintiéndome concernido por todo lo que dice, sonriendo ante el progresivo y peculiarísimo y confortable humor que, libro a libro, fue conquistando más importancia en sus poemas, y que tanto me recuerda –incluso en la forma– al de Luis Feria. Tras la muerte de Brines son Atencia, Gamoneda y Corredor Matheos, tan distintos, quienes quedan como nuestros mayores poetas vivos, pero, sin la menor intención de poner a competir lo que es totalmente incomparable, yo creo –casi veo– que la de la malagueña va a ser la obra más duradera y celebrada en el futuro, a la que más lectores volverán para reconocerse en su mirada: «Se decanta en el vano el claroscuro, / entreabiertas las puertas donde partirse el alma, / y el pájaro interior / emprende el vuelo desde su cobijo: / piso primero, hueco segundo a la derecha, y yo me entiendo. / Nada fui con la noche y seré nada; / pero una nada –ahora– gozosa por el vuelo».

Quizá yo no me estoy enterando muy bien (es muy probable), pero diría que en este primer tercio de año se ha publicado muy poca poesía buena por aquí, con el añadido de que las ediciones más espectaculares o flamantes han venido consagradas a la poesía mala, como sucede con otras dos recopilaciones poéticas: la de Cristina Peri Rossi (todo un precedente de la poesía plana que nos atosiga hoy) o, todavía peor, la de Chantal Maillard, cuya relectura, desde su mismo título, sólo confirma que el prestigio de esa obra es simplemente un monumental disparate.

Sea como sea, hay otras novedades que compensan, siempre las habrá. La mejor muestra de «poesía joven» que he leído acaba de ser imprimida, no está aún a la venta, de modo que habrá que esperar algunas semanas para hablar de Herederas (Hiperión), el debut de la poeta murciana María Sánchez-Saorín, un libro muy pequeño pero en el que la autora ha sintetizado con renovadora habilidad un poderoso homenaje a las mujeres del pasado y del presente, a su abuela, a su madre, a sus amigas, a sí misma. Son, como suele ocurrir en las óperas primas, poemas muy distintos, unidos por el tema, entre los cuales hay cinco o seis que delatan el tiempo, el cariño y el talento con que su autora ha sabido esperar a tener algo que decir. Al margen de las ansiedades o impaciencias propias de quienes irrumpen, ella ha aguardado a tener algo realmente bueno que ofrecer y publicar.

Y, por fin, los dos libros de poesía de 2022 que más me han gustado han sido los nuevos libros de Antonio Moreno y de Esperanza López-Parada. El primero, Lo inesperado (Renacimiento), es un eslabón más en la poesía contemplativa del alicantino, o mejor un escalón, pues en cada nueva entrega de su poesía se va percibiendo un camino ascendente, cada vez es mejor sin dejar de ser exactamente el mismo, hondo y sabio. Son poemas de un caminante, de un silencioso, de un observador, de un hombre en paz que parece no dejar de anhelar más paz, más silencio, más visitas a los caminos de siempre, más días iguales, merecer más poemas que seguir dedicando, como siempre, a Bárbara. Se abusa de ese tópico del poeta que «sin hacer ruido» acaba llegando y convenciendo, pero con Antonio Moreno funciona de verdad: más allá de haber querido ir sacando su obra en editoriales que la mimaran, que la vistieran bien (es inevitable desear lo mejor para los propios hijos, para los propios libros: que salgan al mundo sanos y pulcros), Moreno ha burlado siempre al demonio de la autopromoción, lo cual no ha impedido que, felizmente, su sigilosa obra vaya conquistando estanterías y afectos, y no es difícil vaticinar que, de un modo perfectamente natural, sin buscarlas, irá adquiriendo aún más estatura y visibilidad este poeta que sabe «esto que más importa: no de dónde / vinimos, ni tampoco a dónde iremos, / sino el lugar en donde estamos todos / los que aquí estamos. Nube de esta tierra, / que eres más que mi nombre, siendo nada / como soy sin un antes ni un después, / igual que tú, a merced también del aire».

El de Esperanza López-Parada se titula, apetitosamente, Un tiempo de gracia (Pre-Textos), aunque lo que se cuenta en él (o, mejor, lo que despertó en algún momento la inspiración) es el doble duelo que, con un año de diferencia, provocó las muertes del padre y la pareja de la autora, dos hombres que dejan un vacío que aquí se sabe hacer discurso, o del que nace algo herido pero redentor, entristecido pero luminoso. El estupor infinito, el hueco repentino, la escandalosa soledad, la dificultad de recolocar las rutinas y los apegos, el no poder contar lo abatida que estás a esos que han producido el abatimiento con sus ausencias definitivas… dan lugar a una poesía que se complace, creo, en ver cómo colaboran lo intelectual y lo instintivo, la cultura y lo animal, lo aprendido y lo genético. Se consigue pensar la muerte sin hacerla mental, con un dolor de fondo que en el libro quiere revelarse, mucho más que rebelarse. Y es un dolor anterior, general, fuera del tiempo, en busca de alguna forma serena de plenitud: «Paseas por este lugar y no sabes que aquí hubo una batalla […] pero han sembrado rosas / como siempre se hizo donde murió la gente / […] abrir la tierra y depositar semillas y cuidar / –no con sangre– / lo que se ha plantado / mezclando con los huesos / el cartílago verde de un tiempo más sensato».

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