THE OBJECTIVE
Ricardo Dudda

Liberales solo en la oposición

«Quizá más que nunca, o quizá de manera más explícita que nunca, la ideología del político contemporáneo es el poder»

Opinión
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Liberales solo en la oposición

En su libro Liberalism, John Gray define lo que cree que son las cuatro patas del liberalismo. Es individualista, en el sentido de que pone por delante al individuo frente a las pretensiones de cualquier colectividad. Es igualitario, «en la medida en que confiere a todos los hombres el mismo estatus moral y niega la relevancia para el orden jurídico o político de las diferencias de valor moral entre los seres humanos». Es universalista, porque defiende la «unidad moral» de la especie humana frente al esencialismo y los particularismos culturales o históricos. Y es meliorista porque cree en la corregibilidad y la perfectibilidad de todas las instituciones sociales y acuerdos políticos.

No son unos preceptos muy concretos, pero sirven como guía. El liberalismo es una ideología delgada (no en el sentido que dan los politólogos a «ideología delgada», que es como definen algunos el populismo), es decir, es una serie de principios básicos, un programa de mínimos, que luego se complementa con otras doctrinas o se adaptan a diferentes contextos. El liberalismo suele ser mestizo. Pero a menudo su mestizaje y su ambigüedad (unida a una gran confusión por parte de sus críticos y de también su supuestos partidarios) lo han abocado al desastre. 

Es lo que señala Francis Fukuyama en El liberalismo y sus desencantados, que publica la semana que viene la editorial Deusto. En la izquierda, hay supuestos liberales que han sucumbido al colectivismo y el esencialismo y han olvidado el individualismo y el igualitarismo. En la derecha, hay autodenominados liberales que han olvidado el carácter meliorista del liberalismo y han convertido la ideología en algo cínico y cruel, en una parodia del anti-intervencionismo y el darwinismo social. Y desde ambos lados, a izquierda y a derecha, hay un ataque a uno de los núcleos del liberalismo, que es el control del poder. 

Cuando el iliberalismo llega a las instituciones, su principal objetivo es únicamente el poder sin control ni rendición de cuentas. Es común que el liberal lo sea solo en la oposición. El liberal en el gobierno no suele acabar bien. Ha muerto Gorbachov esta semana, un ejemplo extraño de marxista liberal, al menos en la cuestión del poder. Como ha escrito su biógrafo William Taubman, fue «el único político de la historia de Rusia que, teniendo todo el poder en sus manos, optó voluntariamente por limitarlo y hasta se arriesgó a perderlo en nombre de ciertos valores y principios éticos». 

El liberalismo sin un control del poder no es liberalismo. Y podría decirse que la democracia sin liberalismo, como ha escrito el filósofo Manuel Toscano, no es democracia: ¿de qué sirve una elección si está trucada, si su resultado no está controlado por instituciones neutrales, si no hay leyes ni contrapesos que garanticen la igualdad de trato? Por eso Putin ataca el liberalismo, que dice que está obsoleto, pero no la democracia; hace el paripé de tener elecciones, pero no quiere las instituciones que controlen su legitimidad.

En España, el iliberalismo está institucionalizado y es transversal. La izquierda está en una deriva esencialista y anti-igualitaria: solo basta con ver su alianza con el identitarismo y los nacionalismos. La derecha se divide entre un desprecio por todo intento estatal de mejorar la vida de los individuos y un romanticismo reaccionario. Daniel Gascón ha escrito que todos somos liberales. Es cierto. La política occidental no se entiende sin el liberalismo, que es una difícil combinación entre optimismo y cautela. Pero también somos todos un poco iliberales. Quizá más que nunca, o quizá de manera más explícita que nunca, la ideología del político contemporáneo es el poder. Y si tu única convicción es permanecer en el poder, no lo querrás abandonar nunca. Por eso el liberalismo no se quedará obsoleto, como dijo Putin; al menos mientras haya gente que crea que Lord Acton tenía razón cuando dijo que «el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente».

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