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Luis Antonio de Villena

Opacos aceites de gimnasio

«La moda del «gym» casi a diario -no duden que es una moda- es bastante más peligrosa o dañina de lo que parece»

Opinión
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Opacos aceites de gimnasio

Elías Vicario / Unplash

Dirán: ¿del gym? ¿Habla del gym? El auge actual de la economía del lenguaje (abreviar palabras y expresiones) más la simpleza esnob del uso innecesario del inglés, hacen pensar a muchos que la voz gymnasium es inglesa. En realidad, es latín y transcribe una palabra griega (la «y» es la transcripción latina de la letra hipsilón) por lo que gimnasio es la perfecta voz española. El antiguo gimnasio griego era un lugar donde se hacía ejercicio y también se enseñaba. Y su raíz gymnós (desnudo) nos recuerda como se estaba en aquellos ejercicios. En verdad la traducción española del griego gymnásion sería ejercitatorio. Pero no decimos voy al ejercitatorio, que atenta además gravemente contra la economía del lenguaje.  Este «dardo en la palabra» (recuerdo al maestro Lázaro Carreter) no es mera erudición sino introducción necesaria.

Ir al gimnasio (al «gym») casi como una obligación básica y supuestamente saludable, viene de años atrás, pero no ha hecho sino crecer de manera, como casi todo hoy, acrítica, sin criterio o con la sola y vaga idea masculina de devenir un cachas más. Porque en los muchos gimnasios que llenan nuestras ciudades -caros y baratos, para que no haya excusa- sigue habiendo más hombres que mujeres.  Se va (a menudo hasta dos horas por día) para estar saludable, físicamente ágil, pero -subliminal, aunque más fuertemente- para estar resultón luciendo un cuerpo marcado y musculado, que con la exageración y la edad, culmina siendo rutinario y feo. Nada se parece más a un cuerpo gimnasta que otro, porque tenemos los músculos que tenemos -no hay variedades que desarrollar- y todos terminan iguales, salvo el rostro o la estatura. El cuerpo que, marcado (hablo más de chicos) puede ser perfecto a los 22 años, máximo, pronto empieza a hincharse y a sobrar porque la edad ayuda al ensanche del gimnasio.

A los 25 lo que vemos son moles de culturista, gente destruida por los esteroides que vende el propio gimnasio y que hinchan

A los 25 lo que vemos son moles de culturista, gente destruida por los esteroides que vende el propio gimnasio y que hinchan, o lo peor -si cabe-  personas que sueñan retornar al cuerpo que tuvieron de inicio, sin saber que esa marcha atrás es del todo inviable.  Conocí, hace años, a un chico brasileño en Madrid -muy guapo- que se ganaba la vida, con otros, haciendo espectáculos casi desnudos en unas «despedidas de soltera» que estuvieron muy de moda. ¿Continúa tal moda? Obvio, Casio necesitaba un cuerpo atractivo. Pero se hizo tan adicto de las pesas y de su narcisismo ante el espejo que terminó con un cuerpo brutal (además no era muy alto) y con un problema muscular. La tetilla no era la punta del pecho, sino que llegó a tenerla casi bajo la axila. Sustancias y ejercicios excesivos desplazaron el pectoral. Casio fue operado para recolocarlo, pero nada pudo volver a ser idéntico. El gimnasio de los cuerpos aceitados, para más brillo, lo destruyó. No lo hizo refulgir, sino que lo achicharró, al fin. Estamos muy próximos a ver a mucha gente (joven hoy) que tendrá pesados y previsibles cuerpos ultragimnásticos. 

¿No es bueno acudir al gimnasio? Lo es, sin duda, y más si tiene piscina y las pesas se sustituyen por la natación. El gimnasio es sano, pero controlado y medido. Dos horas dos veces a la semana -me dice un médico- es perfecto para la mayoría y si se camina, mejor. Siempre vigilado el cuerpo, y no especialmente por unos monitores que trabajan en el local, y que suelen animar al exceso. Porque como una droga -la del narcisismo-, el gimnasio crea adición al hacerte ver musculado y casi -o sin casi- hercúleo. Y Hércules (véase la estatuaria grecorromana) nunca fue el único modelo de belleza viril. A mí en particular lo hercúleo pleno no me gusta. El gimnasio ayuda y mucho destruye o crea cuerpos repetidos, porque el aceite que lustraba y brillaba, quema asimismo. La moda del «gym» casi a diario -no duden que es una moda- es bastante más peligrosa o dañina de lo que parece, y de nuevo nos deja dos rasgos negativos de nuestro hoy necio: nada importa ser como el otro, incluso es mejor ser gregario hasta en musculitos y -peor aún- sólo el presente cuenta, un presente vano. ¿Se imagina el joven que se cree un líder en Instagram, que como todo se lo debe a su imagen, cuando ella mude, caerá él? ¿Imagina el gimnasta diario lo que será, dentro de pocos años, un cuerpo brutal y sin brillo? El Tiempo no hará mudanza en su costumbre.   

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