THE OBJECTIVE
Jorge Freire

Filtros polarizantes

«Lo malo de atizar la confrontación con cada tema que entra en la agenda política es que aboca a la ciudadanía a una suerte de quijotismo posmoderno»

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Filtros polarizantes

Collage político | EuropaPress

Nos advierten los expertos de la creciente polarización de la ciudadanía, pero ¿se puede polarizar lo que es en sí mismo polaridad? Esta es la condición de aquellas entidades que contienen propiedades opuestas. El pueblo no es una balsa de aceite y la opinión pública, formada por pareceres que chocan entre sí como carneros en liza, nunca es idéntica a sí misma. O no debería.

La crispación es cuento viejo, como recuerdan el célebre video del dóberman o el «váyase, señor González». Cosa bien distinta es la polarización, que, tal y como explica Luis Miller en su muy instructivo Polarizados (Deusto), consiste en crear identidades a partir de divisiones fomentadas ad hoc. Lo malo de atizar la confrontación con cada tema que entra en la agenda política es que aboca a la ciudadanía a una suerte de quijotismo posmoderno: una cosa es no rehuir las justas; otra, terminar dando lanzadas al viento en un parque eólico.

Intensas han sido muchas de las convocatorias electorales de los últimos años: las catalanas previas a la declaración de independencia, las andaluzas que vieron entrar a Vox en un parlamento autonómico, las madrileñas del «comunismo o libertad»… En todas ellas la polarización ha jugado un papel esencial. Por sofisticados que resulten los floreos retóricos de algunos periodistas, la polarización es una estrategia bastante burda: la bronca se instala en la opinión publicada a cuento de temas en los que, en muchas ocasiones, la sociedad coincide; basta acercarse al bar y escuchar lo que piensan los parroquianos acerca de sanidad o educación.

«Se supone que 2015 marca el inicio de la polarización. Hasta ese momento, los ciclos electorales duraban cuatro años y la abstención rondaba el 25%; desde entonces, no ha subido del 12 o el 13%»

¿Es la polarización la estrategia con que los políticos movilizan a un electorado al que, de otra manera, no habría forma de sacar de casa? Se supone que 2015 marca el inicio de la polarización. Hasta ese momento, los ciclos electorales duraban cuatro años y la abstención rondaba el 25%; desde entonces, no ha subido del 12 o el 13%. ¿Casualidad? Teniendo en cuenta que la polarización se desvanece a los tres o cuatro meses de cada convocatoria electoral, uno diría que cumple su función de forma bastante precisa.

Sea como fuere, el enardecimiento constante del ciudadano entraña algún que otro peligro. No es que lleve a «existencias catilinarias», por decirlo con el concepto que Nietzsche tomase de Bismarck: ni hoy tenemos un Catilina con voluntad de dictadura, ni nuestros catilinarios tienen ganas de guerra; la batallita de las ideas es altisonante de palabra y cobardona de acción. El peligro estriba en que la sobredosis de enardecimiento lleva a a una suerte de ennui que la filósofa Josefa Ros ha definido como un «hartazón colectivo», un aburrimiento cronificado que lleva a la anomia y al repliegue cívico. La polarización es un veneno que ha instilarse gota a gota.

A la polarización contribuyen las redes, aunque no como se piensa. Explica Miller, desmontando la hipótesis de la cámara de eco, que no es es la exposición a fuentes de información contrarias a nuestra ideología lo que nos pone de uñas. No nos polarizamos dentro de la burbuja, donde es más fácil solventar discrepancias entre familiares, compañeros de trabajo y amigos, sino precisamente fuera de ellas. Pero no es a las redes a quienes habríamos de culpar.

Decía Umbral que la política es la épica de nuestro tiempo. Se supone que en España, patria del nacionalfutbolismo, somos muy amigos de «lucir los colores». Pero sus irisaciones son hoy inasequibles al electorado, al que la industria del infotainment condena a un Madrid-Barça permanente. Mejor que calzarse filtros polarizantes, que se limitan a los colores chillones que pegan más el cantazo, sería contar con toda la paleta, aunque fuera para pintar la mona. 

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