THE OBJECTIVE
Jorge Vilches

El despotismo democrático

«El deseo de igualdad puede llevar a la libertad o a la servidumbre, a la prosperidad o a la miseria. Que cada uno ponga a qué lado de la ecuación está la izquierda»

Opinión
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El despotismo democrático

Ilustración de Alejandra Svriz.

Mientras la izquierda se mira el ombligo y piensa en cómo ha sido posible que una parte traicione a la otra con el nacionalismo -lo que ha ocurrido numerosas veces en la Historia-, otros pensamos en el motivo de que el socialismo albergue la mentalidad que acaba traicionando a la democracia. No siempre fructifica esa semilla, claro, pero está ahí y florece particularmente de los Pirineos para abajo. 

Lo digo más claro. Tras más de 40 años de democracia liberal en España, con una Constitución con fallos pero funcional, la izquierda decide, una vez más en nuestro país, apoyarse en totalitarios y autoritarios para aferrarse al poder. Y lo que es peor, sus electores lo aplauden aunque con ello se rompa el orden constitucional, se anule la separación de poderes, y se deslegitime la posibilidad de alternancia en el poder o de control del Ejecutivo. Como apuntaba Bertrand de Jouvenel, esta izquierda, como siempre, sacrifica la libertad con tal de tener en las manos el Estado y realizar sus principios de partido. 

No voy a entrar en la responsabilidad de las élites, que podrían evitar la deriva hacia una democracia iliberal, que es la forma de las dictaduras suaves en el siglo XXI, sino en la inercia del ciudadano de izquierdas. Ya sé que hay excepciones. Simplemente señalo que hay una mayoría, más de siete millones que aceptan el paso a una no-democracia, y una minoría socialista que protesta y, seamos realistas, no mueve un voto. 

La respuesta a la pregunta de por qué la obsesión por la igualdad lleva al despotismo ya la dio Tocqueville hace casi 200 años. Lo escribió en la segunda entrega de La democracia en América. El francés dio en la diana en la cuarta parte, que acaba de ver la luz en solitario con el título de El despotismo democrático gracias a Página Indómita, con un prólogo a cargo de Raymond Aron y una traducción más ajustada al original. No tiene desperdicio. 

«La tarea de un Gobierno que predica la igualación material es la injerencia en lo privado y el control absoluto de lo público»

Las sociedades cegadas por la igualdad material, escribió Tocqueville, acaban aceptando la servidumbre y el despotismo. Los hombres de esa comunidad creen mayoritariamente que el Gobierno tiene el deber y el derecho de guiarlos porque piensan que el interés general está por encima de la libertad. Otorgan así al Poder la facultad para cambiar a las personas, limar la desigualdad social, distribuir la riqueza, interferir en la propiedad privada, marcar la moral y castigar a los resistentes o críticos. 

De esta manera, la tarea de un Gobierno que predica la igualación material es la injerencia en lo privado y el control absoluto de lo público. El Estado, cuando queda en manos de un partido ahora llamado «progresista», se convierte en un instrumento de transformación. Esto emana de la mentalidad izquierdista: el Gobierno puede pisotear la libertad de los individuos, en su diversidad y moral, si con ello se consigue avanzar en el objetivo de la igualación social. 

De hecho, nunca hablan de «pobreza», sino de «desigualdad», de equiparar patrimonios y sueldos con independencia del mérito, la capacidad, el esfuerzo o el riesgo. Esa sustitución interesada de la pobreza por la desigualdad permite la intervención constante del Estado en la limitación de la riqueza y en la confiscación fiscal para hacer ingeniería social. Si pensaran en paliar la pobreza, en dar vuelo a cualquier fuente de creación de empleo y producción, no serían socialistas. 

Esa tendencia al igualitarismo material , escribió Tocqueville, conduce hacia la concentración de poderes en el Gobierno. Es una cuestión de eficacia, impulsada, o eso creen, por una cuestión moral y un imperativo histórico. Esa reunión de poderes en un solo, como está pasando ahora en España con el aplauso de la izquierda mayoritaria, es también, dijo el francés, «en razón de la ignorancia». Si no se han construido ciudadanos amantes de las costumbres democráticas, o no se ha enseñado su importancia, es fácil caer en el despotismo. Por eso, si la izquierda prioriza la igualdad material por encima del respeto a la democracia liberal, como ha hecho desde que Marx se dejó barba, es complicado que sus votantes, forjados en mitos sentimentales y moralistas, lo vean de otra manera. 

Tocqueville apuntaba otra cosa escalofriante: si el Gobierno representa esa búsqueda de la igualación material, aunque sea retórica, sus seguidores o votantes se entregan en cuerpo y alma. «La confianza que en él depositan es ilimitada, y creen concederse a sí mismos todo lo que le conceden a él», escribió como si estuviera pensando en Pedro Sánchez y sus votantes. Es así como el igualitarismo se convierte en «la ciencia del despotismo»

«Si el poder es despótico no importa, porque su objetivo es moral, combatir la desigualdad»

Es la vía democrática hacia el Gobierno despótico. Ese Poder no solo dispone a placer de la fortuna pública para asegurar su dominio, sino que interviene en la privada. Y esto se hace con el aplauso creciente de la ciudadanía de izquierdas, que ama el despotismo de los suyos. Votan, claro, porque «salen un momento de la dependencia para elegir a su amo, y luego vuelven a ella». 

La obsesión por la igualación material ha ido laminando la democracia liberal, al tiempo que creaba la mentalidad necesaria para que sea justificable que un Gobierno pisotee la ley para seguir en el poder. Si es despótico no importa, porque su objetivo es moral, combatir la desigualdad. Por eso Tocqueville escribía ayer como si fuera hoy: «El despotismo me parece, por tanto, especialmente temible en los tiempos democráticos». 

Ese Gobierno que tanto gusta a la izquierda ata la gente a la «infancia», se lee en la obra citada. La voluntad individual queda reducida cada vez a un espacio menor porque el Poder ya piensa por todos. Y si se desdice, miente o cambia de opinión se acepta por un bien mayor, como es combatir la desigualdad con políticas «progresistas».

Los hombres que viven en épocas democráticas, como la nuestra, no comprenden fácilmente la importancia de las formas. Sienten la necesidad de ser conducidos y de permanecer libres, pero sacrifican lo segundo si quien conduce es de los suyos.  Y he aquí el problema, sentenció Tocqueville, porque el deseo de igualdad puede llevar a la libertad o a la servidumbre, a la cultura o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria. Que cada uno ponga a qué lado de la ecuación está la izquierda.

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