THE OBJECTIVE
Alejandro Molina

Ciudadanos frente a «un tiempo nuevo»

«La retirada de Maite Pagaza suscita la cuestión de cómo un partido que hizo del respeto al Estado de derecho el eje de su programa perdiera el respaldo electoral»

Opinión
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Ciudadanos frente a «un tiempo nuevo»

Sede de Ciudadanos en Madrid | Diego Radamés (Europa Press)

El anuncio de Maite Pagazaurtundúa de no repetir como candidata de ningún partido – tampoco de Ciudadanos- en las listas para las elecciones europeas y poner fin así a su carrera política, sirve para traer a colación la cuestión de cómo es posible que una formación que puso en el centro de su programa ese arcano que hoy es el respeto a las reglas del juego democrático y al Estado de derecho, que aglutinó en sus filas perfiles profesionales, académicos y de la sociedad civil alejados del odioso arquetipo del político canterano, haya ido perdiendo, cuando más falta podía hacer y hace, el respaldo electoral. Máxime cuando hablamos de un demos que habitualmente expresa su desafección hacia un sistema de partidos cada vez más acusadamente partitocrático, por no decir oligárquico y adicto hoy desacomplejadamente a un maquiavélico hard power: conseguir o mantenerse el poder por cualquier medio y a cualquier precio.

Aventurando una explicación, C’s se nutrió de tres categorías de militantes o adscritos que acabaron accediendo en muchos casos a cargos públicos. Una primera categoría -a la que pertenece Pagaza- estuvo integrada por personas a las que podríamos decir que la política las sacó de sus casas para traerlas al foro. Gente cuyos propios derechos civiles individuales y hasta sus derechos humanos resultaban a la sazón afectados por la situación política del país, especial y concretamente en Cataluña y en el País Vasco. Personas que soportaban la estigmatización social o el ostracismo, promovidos o amparados ambos, siquiera fuera pasivamente, por las propias administraciones públicas de esos territorios.

La segunda categoría comprendía a personas con un perfil académico o profesional, grupo social de ordinario aversivo al fango que enloda la actividad política, que vio en C’s un proyecto de regeneración, y que, aunque al dar un paso a frente asumía cierto coste al abandonar temporalmente sus carreras profesionales o académicas, tenía un camino de vuelta: no dependería de la política para sobrevivir.

Y finalmente, todo hay que decirlo, militaron y se arrimaron a C’s los arribistas; por decirlo en expresiva exégesis de uno de los promotores fundacionales del partido – Félix Ovejero-, eran tipos a quienes lo mismo les daba Juana que su hermana, para los que C’s era simplemente una oportunidad de colocarse cuando ello no había sido posible en los partidos tradicionales. Estos últimos, como se ha visto luego, viéndolas venir -salvo honrosas excepciones justificadas en la coherencia de principios- a la voz de sálvese quien pueda se fueron colocando en otros partidos, singularmente el PP e incluso Vox.

Pues bien, así como se puede efectivamente hacer esta categorización de militantes/cargos de C’s que explica su paulatina autodestrucción orgánica, se puede hacer otra que se refiere a sus votantes, que describe por qué se hace cuesta arriba no ya la posibilidad de recuperación de ese partido, sino incluso de otro que quisiera a nivel nacional representar ese espacio político.

«El votante de C’s que le llevó a su cima electoral fuera de Cataluña era un votante conservador»

Los votantes de C’s en Cataluña -que es donde nació- constituían un cuerpo electoral identificable en lo socioeconómico con un perfil de renta media/media baja, que configuraba un grupo hegemónico en lo ideológico, en perfecta comunión con el eje programático del partido: poner en el tablero político el problema del nacionalismo en el poder, el apartheid ilícito que había éste instituido y la quiebra que ello suponía desde una perspectiva genuina de izquierdas de los principios de igualdad y libertad en España y en Cataluña en particular.

Frente a este grupo electoral fundacional, los votantes de C’s en el resto de España, además de estar situados socio-económicamente en niveles de renta superiores a los de los votantes de Cataluña, en modo alguno se aglutinaron en torno al partido poniendo en el centro del tablero el nacionalismo, y menos aún la quiebra de los principios de libertad e igualdad entre españoles. El votante de C’s que le llevó a su cima electoral fuera de Cataluña era un votante conservador, que encontró coyunturalmente en C’s una alternativa pasajera que le servía para castigar al PP por sus Bárcenas-Gürtel-Camps del momento, pero al que le tenían y le tienen absolutamente sin cuidado los principios de igualdad y libertad que el nacionalismo comprometía y compromete. Era un votante que en su esquema ideológico era contrario al nacionalismo catalán sólo en cuanto que mero antagonista de su españolismo reminiscente; un españolismo más sentimental que programático, atenuado, al punto de exhibirlo con símbolos sólo y exclusivamente cuando ganaba un mundial la selección española de fútbol.

A pesar de lo expuesto y de la decantación o fuga consiguiente que con el tiempo se ha producido de los votantes de C’s hacia otros partidos, conceptualmente sí que hay un espacio ideológico de centro-izquierda y de izquierdas contrario al nacionalismo, pero falta que exista un trasunto social que vea la igualdad y la libertad de todos los españoles como valores esenciales metapolíticos, apartidistas, que se entiendan socialmente como necesarios y dignos de preservación. Y eso no existe. El factor identitario ya no es exclusivo ni característico del separatismo periférico. El cuento de la identidad propia ya se ha instalado en asturianos, andaluces e incluso extremeños, y hasta el PP lo practica en Galicia. Por contra, el español que se autopercibe de izquierdas, honestamente cree que en su cosmovisión progresista está el recuperar el bable, el castúo o lo que sea que le diferencie -y le privilegie en su vecindad- frente a los demás españoles.

Para que la estafa identitaria se advierta y reaccione frente a ella un cuerpo social es necesario un sentimiento, o bien de exclusión por discriminación (como en Cataluña o el País Vasco), o bien de solidaridad, que haga percibir el privilegio propio como una injusticia con sus demás conciudadanos, con sus semejantes, y de lo segundo no sobra en España. Como bien ha dicho recientemente Pedro Sánchez «estamos en un tiempo nuevo», el que él representa: el de promover la insolidaridad, la desigualdad, el privilegio y hasta la impunidad de unos ciudadanos frente a otros con tal de mantenerse en el poder.

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