THE OBJECTIVE
Francesc de Carreras

La anomalía de la política catalana

«Lo más importante es preocuparse del bienestar de los catalanes, dejarse de monsergas independentistas»

Opinión
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La anomalía de la política catalana

Alejandro Fernández, candidato del PP en Cataluña

Por lo que estiman los sondeos, y por lo que se vive en la calle, el resultado de las próximas elecciones autonómicas catalanas todavía es muy incierto. Sin embargo, hay varias evidencias.

Es seguro, por ejemplo, que el Parlamento estará muy fragmentado; se descarta por completo que un sólo partido acapare la mayoría absoluta; y dos son las mayorías más probables con capacidad de formar gobierno: por un lado, un acuerdo de izquierdas (ERC, PSC y los Comunes) y, por otro, un amplio acuerdo entre nacionalista puros (ERC, Junts y la CUP). Finalmente, hay una última posibilidad: que no se pueda constituir gobierno, se disuelva el Parlamento y se convoquen nuevas elecciones.

Ante esta situación cabe hacer algunas reflexiones. Los partidos citados son, en mayor o menor medida, nacionalistas: unos de forma declarada (ERC, Junts y la CUP) y otros de forma vergonzante (PSC y los Comunes). La ambigüedad de estos últimos es debida, en parte, a las convicciones de su dirección y, en parte también, a su acomplejamiento ante los nacionalistas: sólo eres buen catalán si eres nacionalista. En el caso del PSC, esto dura desde los comienzos de la autonomía, desde 1980.

En este esquema, trazado a grandes rasgos, el nacionalismo siempre gana. Por supuesto, en un gobierno puramente nacionalista, pero también en el mal llamado de izquierda, por la presencia de ERC y la tibieza de los otros dos. Por tanto, en principio parece que no hay salida: o nacionalismo o nacionalismo. No hay más opciones.

Sin embargo, muy buena parte del electorado catalán no es nacionalista, el castellano es la lengua más usada por casi las dos terceras partes de los ciudadanos de Cataluña y muchos son perfectamente bilingües, se expresan correctamente, sin darse cuenta incluso, en ambas lenguas. El nacionalismo lingüístico es lógico que exista pero no tendría que ser tan mayoritario. El problema es complejo y no lo vamos a resolver en este artículo. Sólo señalar algún aspecto que pone en duda ciertas verdades oficiales y los resultados de los sondeos.

«El PSC, al ser el partido delegado del actual PSOE, puede suscitar muchos nuevos enemigos»

Veamos. Ciudadanos experimentó una subida de voto espectacular en solo cuatro años, entre 2012 y 2017, tres elecciones autonómicas. En 2012 obtuvo 9 diputados (en las anteriores de 2010 solo 3), en 2015 obtuvo 25 diputados y en 2017 llegó a 36, su cifra máxima y fue el partido más votado en Cataluña. Ciudadanos se presentaba en Cataluña como un partido claramente antinacionalista, radicalmente contrario a las verdades oficiales construidas en la etapa Pujol.

Así pues, ¿de dónde salieron tantos votos? Examinando las cifras de este período en el contexto de las elecciones generales, parece evidente que las fuentes fueron dos: antiguos votantes socialistas descontentos con el nacionalismo de su partido (a la vez que aumentaba el voto a Ciudadanos disminuía el del PSC) y muchos abstencionistas en las autonómicas que votaban en las generales pero no en las catalanas al considerar que no iban con ellos ya que su origen y su tradición cultural no estaba en Cataluña.

En estas elecciones autonómicas de 2015 y 2017 el aumento de la participación fue espectacular. La media de votantes en todas las autonómicas anteriores, desde el comienzo de la Generalitat en 1980, rondaba el 60 por ciento, con algún pico menor: en 1992 sólo participó el 55 por cien. Pues bien, en 2015 la participación fue del 77,46 por cien y en 2017 del 79,04 por cien. No puede decirse que en estas últimas aumentó mucho la participación por el voto del miedo tras el golpe de Estado fallido de aquel otoño y la aplicación del art. 155 de la Constitución: ya dos años antes se había iniciado la tendencia.

En las siguientes autonómicas, las de 2021, con un Ciudadanos desprestigiado por su incompetencia política, la participación descendió a su cifra más baja, el 53,5 por cien, a la vez que Ciudadanos pasaba de 36 diputados a sólo 6. Cabe deducir de estas cifras quién se abstuvo: el votante que no acude a las urnas cuando no está representada su opción, la claramente antinacionalista.

El problema está pues ahí: en los abstencionistas. Si algo debe plantearse el PP en las próximas elecciones es en recuperar este voto. Es difícil, muy difícil, que supere al voto de los partidos nacionalistas, a la suma de los puros y los ambiguos, pero obtener un buen resultado sería una seria advertencia y quizás un primer paso hacia el objetivo principal que solucionaría el mal llamado problema catalán: que los partidos no nacionalistas alcanzaran una mayoría suficiente para gobernar la Generalitat.

La ocasión, además, es propicia porque el PSC, al ser el partido delegado del actual PSOE, puede suscitar muchos nuevos enemigos, aquellos que consideran que el Gobierno Sánchez está destrozando poco a poco nuestro Estado constitucional de Derecho, que ocupa sin miramientos los órganos de control y, en los últimos tiempos, hasta empresas públicas y privadas. Una forma de gobernar iliberal que va a más y que empieza a dar miedo porque así comenzó, por ejemplo, el deterioro de la democracia en Venezuela, hoy convertida en una indudable dictadura.

Por tanto, el PP (y por desgracia Vox, que más estorba que ayuda) debe preocuparse de recuperar el voto de Ciudadanos en 2015 y 2017 e, incluso, superarlo. Debe enarbolar sin complejos la bandera del bilingüismo que el PSC ha abandonado al votar junto al nacionalismo más rancio la ley de inmersión lingüística obligatoria, contraria a numerosas sentencias judiciales y, por supuesto, a la jurisprudencia constitucional admitida sin reparos desde los años ochenta.

En definitiva, el PP debe mostrarse como un partido no nacionalista y decir que lo más importante en la política autonómica catalana es preocuparse del bienestar de los catalanes, dejarse de las monsergas independentistas y llegar a tiempo para evitar una decadencia de Cataluña cada día más evidente.

La anomalía de la política catalana es que no haya un partido fuerte que defienda los intereses de los catalanes y se deje llevar por ensoñaciones románticas y decimonónicas.

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