La China 'è vicina'
«El intervencionismo de Trump permite a Pekín presentarse como comprometido con la no injerencia en los asuntos internos de otros países»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Las sandeces que Trump predica y ejecuta están convirtiendo a los países occidentales en corredores saltando obstáculos, incluyendo a los propios Estados Unidos. En efecto, el actual presidente de los Estados Unidos es un amenazador profesional. Amenazas que suelen acabar mal para el amenazador. Por ejemplo, las amenazas de anexión de Groenlandia, que solo cosecharon indignación y acabaron con una marcha atrás; la presión contra Canadá, que facilitó la victoria de Mark Carney… y puso a Canadá mirando hacia Pekín. Amenazas que ahora se dirigen contra el Gobierno español, Gobierno de un país que es miembro de la OTAN, como también lo es Italia, cuyo Gobierno ha prohibido usar las bases italoamericanas en la guerra contra Irán.
Resulta increíble que los listos de Silicon Valley —que apoyaron a Trump desde el primer momento— estén ahora callados como muertos, viendo cómo este loco mete a su país cada día en un nuevo lío armado, de lo cual Estados Unidos no va a sacar nada positivo.
Ante semejante situación, el Gobierno chino no se ha quedado quieto y se ha lanzado a una ofensiva que Lucas de la Cal califica en el diario El Mundo de «encanto global». Frente a las guerras y coerciones comerciales que está dejando la segunda etapa en la Casa Blanca de Donald Trump, la estrategia del régimen de Xi Jinping ha sido presentarse como una superpotencia estable, moderna, pacífica y responsable. Como una alternativa de liderazgo fiable dentro de un orden mundial cada vez más roto.
También Mario Esteban, investigador del Real Instituto Elcano, se pronuncia en esa misma dirección: Pekín insiste en presentar a Estados Unidos como «un actor disruptor que vulnera los fundamentos del derecho internacional y la soberanía de otros Estados a través del uso de la fuerza», frente a una China que se reivindica como garante de ese principio en todos los foros multilaterales. «Esa contraposición se articula también a través de todas las iniciativas de gobernanza global que ha lanzado Xi Jinping en los últimos años, que buscan fijar un marco normativo basado en reglas y con una fuerte preeminencia del principio de soberanía nacional, que se contrapone con la actitud belicista de Trump».
«El eje central es la apuesta por el desarrollo tecnológico», apunta Esteban, y destaca que esa dimensión se traduce especialmente en competitividad económica y atractivo internacional. En ese equilibrio reside buena parte de la ventaja de China.
«China no trata sólo de ganar en el campo de la propaganda, sino en el más relevante de la propia producción industrial»
El intervencionismo de Trump, a quien el derecho internacional le importa un bledo, permite a Pekín presentarse como comprometido con la no injerencia en los asuntos internos de otros países, el respeto a la soberanía e integridad territorial y las alianzas económicas basadas en el beneficio mutuo. Un discurso que suena especialmente atractivo en países que han tenido relaciones tensas con Washington.
Patricia M. Kim, experta en política asiática, señala a este respecto: «A medida que disminuye la confianza en el liderazgo estadounidense, se abre un espacio para que Pekín expanda su influencia económica, diplomática y de seguridad en países que buscan protegerse contra la incertidumbre».
Pero China no trata sólo de ganar en el campo de la propaganda, sino en el más relevante de la propia producción industrial. Para comprobar esto, bastaría con ver cuánto cuesta (sin aranceles) un coche eléctrico fabricado en China y comparar ese precio con lo que cuesta otro eléctrico producido en Europa o en EEUU.