¿Es Cataluña tan de izquierdas como Sánchez cree?
«Cataluña tiene fama y además le gusta de tenerla de ser muy de izquierdas, más que el resto de España. La rosa de foc. Y es verdad, en cierto modo. Pero con matices»

Ilustración generada con IA.
El pasado viernes Pedro Sánchez desembarcó en Barcelona para capitanear una especie de superfrente de izquierdas mundiales antitrumpistas. Como para coger carrerilla, venía de China, ese espejo de las libertades, llegaría con un jet lag brutal. O eso alegó para cancelar en el último minuto una entrevista comprometida con el conductor del matinal de Catalunya Ràdio, Ricard Ustrell. Era la primera vez en 26 años que un presidente español se avenía a catar los micros de la radio pública catalana. El último fue José María Aznar. Sigue siéndolo después del plantón de Sánchez. Una de dos, o su jefe de prensa libraba este viernes, o cuando sonó el despertador se dio la vuelta pensando: «Qué más da, si Cataluña es toda de izquierdas»…
¿Seguro? Más o menos a la misma hora que Sánchez, de tener palabra, debió estar saliendo de Catalunya Ràdio con su promesa cumplida y su tarea hecha, entraba yo en el campus de la Universitat CEU Abat Oliba para participar en un debate académico, periodístico y político —por este orden— sobre el futuro de la derecha catalana, organizado por el catedrático de Filosofía Moral y Política Aquilino Cayuela. Con intervenciones de Alejandro Fernández por el PP y de Ignacio Garriga por Vox.
Por cierto, se me había olvidado mencionar que, también esta semana, el acto que todos los años se realiza en el Instituto Francés de Barcelona para conmemorar el Día del Holocausto y del Heroísmo, poniendo especial acento en honrar a los no judíos que se la jugaron por defender del nazismo a los que sí lo eran, tuvo que cambiar de ubicación. Tuvo que hacerse en la sinagoga de la calle Avenir, ya que con la que está cayendo hay instituciones y partidos políticos enteros —empezando por el Partido Socialista— que no quieren ser vistos cerca de nada que huela a Israel. Ni siquiera para hablar de la Solución Final. Ya me perdonarán que me pregunte: ¿qué habrían hecho estos en los años cuarenta? ¿Hacia qué lado habrían mirado?
Cataluña tiene fama —y además le gusta tenerla— de ser muy, muy de izquierdas, más que el resto de España. La rosa de foc. Y es verdad, en cierto modo. Pero con matices. Cerca de mi casa hay un bar, el Bar del Pi, donde se puede leer una orgullosa placa que presume de que ahí mismo se fundó el PSUC. A menos de diez minutos de paseo, en las Ramblas, puede leerse otra placa señalando el punto donde fue visto por última vez Andreu Nin, el mártir del POUM hecho desaparecer (hay quien ha llegado a decir que despellejado vivo…) por agentes soviéticos en plena guerra.
En estos momentos que está tan de moda poner el grito en el cielo (incluso el Papa a veces) por el auge de los populismos de derechas, me sorprende que no generen más inquietud los populismos de izquierdas. Se lo comentaba a un compañero periodista catalán, que a mí se me hace algo raro ilegalizar la Fundación Francisco Franco pero no a Bildu, y que Irene Montero me da miedo. «Pero Irene Montero no va contra los derechos fundamentales de nadie», me dice cándidamente el colega. Y yo le recuerdo que toda una Lidia Falcón fue expulsada y cancelada de la izquierda fina por oponerse a la ley trans de esta señora. «¿Quién es Lidia Falcón?», va y me pregunta un periodista. ¿Se va entendiendo mi preocupación?
Todo un Josep Tarradellas solía decir que cuando el nacionalismo catalán se lía con las izquierdas extremistas españolas pierde la cabeza, la razón y hasta los muebles. En su opinión, esto no debía nunca volver a suceder y por eso, después del «ja sóc aquí», se fue derecho a cuadrar con Adolfo Suárez, no con Santiago Carrillo. Parece que esa prudencia se va difuminando con el tiempo. Volviendo a lo de antes, perdonen que me dé la risa —amarga, pero risa— cuando veo a algunos pedir el cierre de la comisaría de la Policía Nacional de la Via Laietana de Barcelona por las torturas cometidas allí durante el franquismo… obviando alegremente las que también se cometieron en época de Lluís Companys, cuando el asesinato de rivales políticos y hasta amorosos estaba a la orden del día.
Cuando se abrió el melón de la democracia, muchos se sorprendieron de que precisamente en Cataluña se contuviera el auge incontenible de la izquierda ochentera (¡Fe-li-pe!) en toda España. Que se estrellara frente a un tipo bajito y regañón llamado Jordi Pujol que, por cierto, ya había llamado la atención del Departamento de Estado de Estados Unidos. Yo he tenido en mi mano documentos de la época advirtiendo de que la política catalana era un laberinto del que solo veían una salida clara, un líder con cara y ojos: Pujol.
Para la izquierda, Pujol era una anomalía. Una anomalía que les costó 23 años erradicar. Y que aun así les dejó un trauma indeleble, de ahí que el PSC procure mimetizarse con algunos postulados nacionalistas —en la política lingüística, por ejemplo—, no vaya a ser que se lleven otro susto.
Y es que Cataluña será muy de izquierdas, pero quizás no tanto como parece. O no tantos. En los noventa, la dualidad entre progres y botiguers estaba sólidamente reconocida e instalada, y podemos ir camino de una reedición más áspera de eso, si se confirma la hegemonía socialista en lo metropolitano y la de Sílvia Orriols en los núcleos duros del interior. Con ocasionales zarpazos de un espacio a otro que dejen al resto de opciones políticas mirando los toros desde la barrera.
El experimento de Ciudadanos, hoy disuelto en una cadena de errores, miserias y hasta traiciones, demostró que podía haber una tercera vía. Un puente de una sensibilidad a otra en una clave distinta a la que había sido la del pujolismo. De ahí el odio sarraceno que aquel proyecto conjuró. Todo el mundo quería su cachito. Miedo daba aspirar a una verdadera transversalidad. Pues quien esto firma sigue creyendo que la Cataluña real, la que sube la persiana cada día, sigue esperando, no diré un mesías, pero sí alguien dispuesto a arremangarse para derribar muros en lugar de levantarlos. Para hablar menos de progreso y trabajar más por él. Para abrazarse al resto de España y no para darle patadas. Ah, y de Trump y del Papa, que se ocupen otros. Aquí tenim prou feina.