The Objective
Santi González

La Copa del Rey

«La estrategia del apaciguamiento nunca le (nos) va a dar resultado con los nacionalistas. Muy al contrario, les estimula»

Opinión
La Copa del Rey

Imagen creada por inteligencia artificial.

Hay días en los que uno recuerda inevitablemente al que fue presidente de la República francesa, Nicolás Sarkozy, en tesitura análoga a la que hemos vivido en España durante la final de la Copa del Rey, cuando en la final había equipo vasco o catalán. Era el 14 de octubre de 2008 y se jugaba en el Estadio de Francia de Saint Denis un partido amistoso entre les bleus y la selección de Túnez. Al sonar La Marsellesa se oyeron abucheos y silbidos de miles de jóvenes magrebíes asistentes. Llovía sobre mojado, porque ocho días antes se había producido un incidente parecido en un partido con Argelia.

El presidente de la República anunció con solemnidad que «todo abucheo a La Marsellesa conllevará la anulación y suspensión del partido con carácter inmediato y la suspensión de todos los amistosos con la selección implicada en el incidente».

Igualmente, anunció que, ante pitos al himno, los miembros del Gobierno presentes debían abandonar el estadio y que los partidos amistosos contra el país rival responsable de los abucheos quedarían suspendidos.

En España esas cosas no pasan. Un periodista deportivo, hez de este desdichado oficio, lo contó así en RTVE en los instantes previos al partido: «Y suena el himno de España en La Cartuja. Unos tarareaban el ‘lololo’, otros lo recibían de otra forma. Bueno, pues libertad de expresión», dijo un tal Rivero al oírse los primeros pitos contra el himno español. A continuación dejó un pío recado a los autores de la pitada: «Cada uno que entienda lo que tiene que hacer en casos como estos, pero generalmente los emblemas es bueno respetarlos».

Otro que tal, Pedro Jiménez, calificaba de exacerbada la defensa de los símbolos patrios por un sector de público «de extrema derecha». Pedro Jiménez defendía a su colega Rivero: «Habló de libertad, pero a su vez apeló al respeto».

Lo de Sarkozy era un modelo. El Rey debería sentirse obligado a defender un trofeo que patrocina y que representa a la Nación. Lástima que no esté en las finales a la altura (o la bajura) de los finalistas si son vascos o catalanes. Tampoco es que la oposición se luzca demasiado. Alberto Núñez Feijóo hizo en su cuenta de X un resumen estupefaciente de lo que había sido la final: «Espectáculo, calidad y deportividad. Ha sido un partido lleno de emoción. Enhorabuena a la Real Sociedad, ganador [ganadora, tendría que haber escrito] de la Copa del Rey». Quizá es que llegó tarde y nadie le contó el abucheo al Rey y al Himno Nacional, pero debería tener en cuenta que la función de los símbolos es representar la identidad, soberanía y unidad de una nación y representan la cohesión social, histórica y cultural de la misma.

La Marsellesa, que pasa por ser uno de los himnos más hermosos del mundo, da cierta grima, mayormente por la letra. Rouget de l’Isle escribió aquello de: «Marchons, marchons! / Qu’un sang impur… / Abreuve nos sillons!» en 1792, en vísperas del Año del Terror, en el que Robespierre y su Comité de Salvación Pública regaron los surcos de la Revolución con la sangre de miles de guillotinados. Esto de la sangre impura sí era una reivindicación racista y no la estúpida consigna de «musulmán el que no bote».

Para que haya racismo, hay que reprochar a la víctima una característica que le venga impuesta, no una que haya elegido. Por ejemplo, la raza. Nunca la ideología o la religión. Y, sin embargo, no pude evitar un estremecimiento las decenas de veces que he visto en Casablanca la escena en la que Paul Henreid dirige a los músicos del Café de Rick en una emocionante interpretación de La Marsellesa para acallar La guardia del Rhin que habían empezado a cantar los oficiales nazis.

Luego está la historia. El himno nacional tiene vigencia desde 1770, cuando el rey Carlos III lo declaró Marcha de Honor. Fue adoptado oficialmente en 1785 por dicho monarca para la Armada, consolidándose su uso generalizado desde finales del XVIII. La bandera representa a España desde 1795 y ambos fueron símbolos nacionales desde entonces, con la salvedad de la Segunda República, en la que se implantaron el Himno de Riego y la bandera tricolor: roja, amarilla y morada, en recuerdo esta última franja del pendón morado de Castilla en la imaginería simple de las almas republicanas, un error, otro más, de la República, que también se equivocaba en lo simbólico. El color del pendón de Castilla era rojo carmesí desde la Edad Media, siglo XIII.

¿Qué tendría que haber hecho el Rey ante la chusma levantisca que coreaba «somos la banda de Anoeta… ETA»? Pues seguir el magisterio de Sarkozy: pedir la suspensión del partido y ausentarse. La estrategia del apaciguamiento nunca le (nos) va a dar resultado con los nacionalistas. Muy al contrario, les estimula. Otra cuestión es por qué una tropa que desprecia al Rey, a la monarquía y demás símbolos de nación muestra tanto empeño en ganar la Copa que dona cada año el titular de la Corona, pero no le pidan a uno que haga psicoanálisis a estas alturas del curso.

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