The Objective
Teresa Giménez-Barbat

Okupados: la paradoja de la solidaridad suicida

«Ayudar sin destruir el propio hogar, la propia cultura o la propia seguridad no es egoísmo; es sostenibilidad evolutiva»

Opinión
Okupados: la paradoja de la solidaridad suicida

Imagen de una concentración en apoyo a los afectados por la okupación.

La okupación ilegal en España se ha convertido en un problema demencial que nos avergüenza y nos deja como tontos en el mundo entero. Hace pocos días, Marcos Ondarra relataba, en este periódico que están leyendo, el calvario de Isabel, una anciana de 91 años, que tardó cuatro en recuperar su vivienda de unos okupas marroquíes que se declararon «vulnerables». Durante todo ese tiempo, la mujer tuvo que buscarse la vida mientras luchaba en los tribunales. Sí, la okupación es una auténtica plaga que parte de una idea equivocada de la solidaridad. Y si no, que se lo digan a Estíbaliz Kortazar, una activista de izquierdas de Vizcaya, que decidió abrir las puertas de su pequeño piso de 55 metros a un inmigrante norteafricano a través de una asociación de ayuda. ¡Qué gran idea! Lo que empezó como un gesto de solidaridad terminó en pesadilla: el inquilino dejó de pagar, se negó a marcharse y convirtió la convivencia en un infierno de miedo y acoso. Estíbaliz acabó huyendo de su propia casa y necesitando ayuda psicológica. «Me siento obligada a convivir con mi inquiokupa», confesó con desesperación. Esto fue el año pasado y no he encontrado noticias de que la haya recuperado.

¿Cómo pudo ser tan pánfila?, se preguntarán. Pues, miren, estos casos no son meras anécdotas. Son síntomas de una desconexión profunda entre nuestros instintos creados por la evolución y la moralidad contemporánea que nos impulsa a extender la solidaridad hasta límites autodestructivos. Desde una perspectiva biológica, que los padres favorezcan a sus hijos no tiene nada de misterioso. Compartimos con ellos el 50% de nuestra carga genética. Invertir recursos en su supervivencia y éxito reproductivo es la única forma de inmortalidad que un biólogo puede entender. La solidaridad con parientes cercanos y miembros del propio grupo también resulta comprensible: en entornos ancestrales, ayudarse mutuamente aumentaba las probabilidades de supervivencia colectiva. Lo que ya no es inmediatamente obvio es el altruismo hacia extraños absolutos. La cooperación humana a gran escala es uno de los grandes misterios de la evolución. El genial Robert Trivers lo investigó a fondo. Algunos lo llaman la «hipótesis del gran malentendido». Nuestros mecanismos cognitivos de cooperación y empatía evolucionaron en un mundo de pequeñas bandas y tribus donde los desconocidos eran relativamente pocos y la interdependencia era clave para cazar, defenderse o criar a los hijos. Colaborar resultaba ventajoso. Esos circuitos cerebrales se disparan hoy ante cualquiera que nos parece necesitado, aunque sea un completo extraño en una sociedad de millones de personas.

La solidaridad activa regiones cerebrales de gratificación. Ser generoso produce placer. Estudios contraintuitivos muestran que quienes dan desarrollan vínculos afectivos más fuertes que quienes reciben. Prestas dinero y, paradójicamente, acabas sintiendo más apego hacia el deudor que él contigo. Bajo el paraguas de esta capacidad adaptativa, hemos ampliado el círculo de la empatía: de la familia al clan, de la tribu a la nación y hoy a la humanidad entera. Organizaciones, leyes y narrativas culturales premian la ayuda desinteresada a inmigrantes, refugiados o cualquier grupo percibido como vulnerable. Sin embargo, cuando esta empatía ignora las diferencias reales de comportamiento, cultura o intenciones, puede volverse suicida. No es lo mismo ayudar a un vecino con quien se comparten normas y reciprocidad que acoger sin condiciones a alguien cuya visión del mundo choca frontalmente con la tuya. Y a quien le importas un rábano o peor.

La evolución no nos preparó para pensar con tino en sociedades masivas y globalizadas. Nuestros cerebros siguen funcionando con heurísticas ancestrales: «ayudar duele menos que no ayudar» o «si es vulnerable, merece apoyo». Pero la realidad jurídica y social española actual —con leyes que protegen más al ocupante que al propietario— convierte esa heurística en una trampa. No se trata de rechazar la solidaridad, una de las grandes conquistas humanas. Se trata de reconducirla con inteligencia. La verdadera compasión debe ser compatible con la supervivencia y el florecimiento de quien la ejerce. Ayudar sin destruir el propio hogar, la propia cultura o la propia seguridad no es egoísmo; es sostenibilidad evolutiva. España vive hoy la paradoja de una empatía expansiva que, malentendida, genera víctimas como Isabel o como Estíbaliz. Quizás sea hora de recordar que la solidaridad más edificante es la que construye, no la que nos lleva a hacer el primo.

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