The Objective
Ricardo Cayuela Gally

Actualidad de Montaigne

«Lo que sigue vivo es una actitud, la voluntad de examinar la realidad antes de juzgarla, la capacidad de dialogar con quienes piensan distinto»

Opinión
Actualidad de Montaigne

Ilustración generada por la IA.

Desde Burdeos, la carretera se interna hacia el este, atravesando las suaves colinas entre el Bordelais y el Périgord. A ambos lados de la ruta, hileras de merlot y cabernet franc, viñedos milenarios que tiñen de púrpura un verde tapiz de nogales, encinas y robles; en los claros sobrevuelan los milanos negros y en las cunetas florecen las amapolas, las achicorias y las zanahorias silvestres. A cada pocos kilómetros surge una iglesia románica, una bastida medieval o un castillo de piedra dorada. Los nombres tienen una musicalidad antigua: Saint-Émilion, Castillon-la-Bataille, Sainte-Foy-la-Grande, Bergerac. Es un paisaje domesticado por la mano del hombre, ajeno a la hostilidad de la naturaleza en estado puro. Me dirijo a la torre de Michel de Montaigne y quizá sea por sugestión, pero el paisaje que la rodea invita a la lenta observación.

Visitar la torre y su entorno, de una belleza que licúa los adjetivos, puede producir un equívoco: imaginar al inventor de la introspección moderna como un eremita, rodeado de libros, en una vida contemplativa y regalada en la magnífica propiedad familiar. Pero la torre fue tan solo el último acto de su vida. Antes de retirarse allí, había sido magistrado en el Parlamento de Burdeos, había desempeñado delicadas misiones diplomáticas, había sido alcalde de Burdeos durante los años más sangrientos de las guerras de religión. Conoció a Enrique III y a Enrique de Navarra. Intentó mediar entre católicos y hugonotes. Frecuentó el poder. Lo vivió desde dentro. Entendió cómo funcionan las pasiones mucho antes de retirarse a reflexionar sobre la condición humana. Montaigne no se apartó de la realidad porque la despreciara, sino porque la conocía demasiado bien.

Y tampoco llegó aquí por casualidad. La propiedad pertenecía a su familia desde la generación de su abuelo. Aquí nació en 1533 bajo el nombre de Michel Eyquem. Este paisaje portentoso que ahora contemplo formaba parte de su memoria más antigua. Por eso lo que hizo al retirarse no fue una fuga, sino un regreso. Si bien el castillo al que pertenece lo destruyó un incendio y se trata de una reconstrucción del siglo XIX, la torre sobrevive intacta. La capilla en los bajos, la austera habitación, los blasones de su escudo, todo se conserva como en vida de Montaigne. La continuidad no termina en los muros. También el jardín conserva su huella, ya que fue él quien lo diseñó como una transición defensiva. Todo parece expresar una misma voluntad de equilibrio. En la biblioteca todavía pueden contemplarse las vigas sobre las que hizo pintar decenas de citas latinas y griegas. Horacio, Séneca, Tucídides, Lucrecio, Virgilio o Plutarco son las voces con las que Montaigne dialogaba. Su padre se empeñó en que aprendiera latín y griego desde la infancia, pero aquella inmersión temprana en la Antigüedad no produjo un escolástico ni un erudito. Para Montaigne, los clásicos fueron brújula, no dogma.

He escrito en otra ocasión sobre Étienne de La Boétie, el amigo cuya muerte marcaría a Montaigne para siempre. Resulta imposible estar en esta torre sin percibir su presencia. De algún modo, la obra de Montaigne nace de aquella pérdida. Los Ensayos son muchas cosas, pero entre ellas también constituyen el intento de prolongar la conversación con el amigo muerto. Si la pregunta de La Boétie es por qué los hombres cooperan con su propia servidumbre, la pregunta de Montaigne es cómo vivir una vida justa y plena. Y ambas cuestiones siguen siendo inseparables. No existe libertad política sin una voluntad de libertad interior y ninguna reflexión sobre la vida humana puede ignorar las formas visibles e invisibles del poder.

Hoy la palabra ensayo nos resulta tan familiar que olvidamos su carácter revolucionario. Antes de Montaigne existían tratados, comentarios, sermones, diálogos filosóficos, memorias y crónicas. Montaigne hizo otra cosa. Decidió pensar por escrito sin fingir que ya conocía las respuestas. Ensayar significa explorar. Cuando escribe sobre los caníbales brasileños, sobre la amistad, sobre los caballos, sobre la educación de los niños, sobre la tristeza, sobre la costumbre o sobre la felicidad, no se presenta como un maestro que imparte doctrina. Se presenta como un hombre que investiga. Lo que ofrece al lector no es una conclusión, sino un recorrido. En una época como la nuestra, saturada de opiniones instantáneas y de certezas automáticas, Montaigne sigue recordándonos que pensar consiste precisamente en resistirse a la tentación de tener razón.

Pero lo que más llama la atención durante la visita es estar solo. No hay filas de autobuses, ni grupos organizados tras un megáfono, ni colas amarillas. Cuando millones de personas recorren medio planeta para hacerse exactamente la misma fotografía delante exactamente del mismo monumento, uno puede quedarse descifrando las vigas de la biblioteca durante media hora sin que nadie reclame el espacio, asomarse a las ventanas sin escuchar más ruido que el viento entre los árboles o recorrer las estancias con la extraña sensación de haber recibido una invitación privada. El hombre que escribió algunos de los textos más influyentes de la cultura occidental está protegido por la indiferencia.

En pleno siglo XVI, mientras Francia se desgarraba en guerras religiosas y cada facción reclamaba el monopolio de la verdad, Montaigne eligió la duda. Cuatro siglos y medio después seguimos necesitando desesperadamente esa lección. La duda tiene mala fama en nuestro tiempo. Se la confunde con debilidad, cobardía o relativismo. Todo el mundo parece obligado a tener una opinión sobre cualquier asunto. Cuanto más rotunda, mejor. Montaigne pensaba exactamente lo contrario. Quizá esa sea la verdadera actualidad de Montaigne. No una doctrina concreta. No una teoría política. Ni siquiera una obra literaria. Lo que sigue vivo es una actitud. La voluntad de examinar la realidad antes de juzgarla. La capacidad de dialogar con quienes piensan distinto. La convicción de que la cultura empieza cuando reconocemos nuestros límites. La otra lección es una cita que incluye Antoine Compagnon en su utilísimo Un été avec Montaigne: «Démonos tiempo para vivir, sigamos el curso de la naturaleza, gocemos del instante presente, no nos apresuremos en vano».

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