The Objective
Ricardo Cayuela Gally

Los neandertales nos hablan

«Su traza genética perdura entre nosotros. No somos una excepción: somos una variación afortunada. El silencio de la teología es inevitable en este asunto»

Opinión
Los neandertales nos hablan

Ilustración generada con IA.

Tres meses esperé desde que, devoto lector de los diálogos entre Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga, reservé plaza para visitar el Valle de los Neandertales en la sierra de Madrid, hasta que se hizo realidad, este sábado. Subir a la Sierra de Madrid en verano siempre es recomendable, termómetro en mano, para escapar de los decibelios putrefactos del Gobierno de España y sus palmeros. Hacerlo al embalse de Pinilla suma puntos: la belleza del paisaje y el desfile de mariposas te llevan inevitablemente a la prosopopeya: te sientes tan feliz como la orgullosa oca que posa imperial en la desembocadura del Lozoya, camuflada entre álamos alados. Todo esto, pura calistenia frente al banquete paleontológico que me aguardaba.

La visita es un recorrido por la media docena de excavaciones abiertas y lo que cada una de ellas aporta al conocimiento de los neandertales. Los guías —María y Gonzalo— no son profesionales del turismo, que se aprenden un relato de memoria, sino dos de los destacados científicos —ella arqueóloga, él paleontólogo— que trabajan en el proyecto. Hacen, pues, un recorrido riguroso, preciso en el vocabulario, y tratan a los visitantes como ciudadanos plenos, sin simplificar —aun utilizando el humor— la complejidad de su trabajo.

No se visita un museo con el conocimiento fijo y estable, sino un laboratorio al aire libre donde cada nuevo descubrimiento —un molar de hace 400.000 años, por ejemplo— reconfigura el árbol de conocimiento sobre la materia. El pasado remoto es un tema abierto a la ciencia del futuro. Y el presente, un instante.

Estremece, entre otras cosas, descubrir que los clanes neandertales —siempre pequeños, entre 8 y 15 miembros— que usaron esas cuevas cársticas como campamento de caza, hoy derrumbadas sobre sí mismas por el paso del tiempo, veían el mismo paisaje que uno recorre. Sujeto, eso sí, a los vaivenes del clima: del casi trópico de hace 90.000 años, cuando lo recorrían hienas, leones y rinocerontes, al clima polar de la última glaciación, cuando lo compartían en estado de desesperación y decadencia con nutrias famélicas y osos pardos francamente desesperados.

El descubrimiento del primer yacimiento se produjo de manera accidental, como suele pasar con los grandes hallazgos paleontológicos. Un estudiante de arqueología de veraneo en Pinilla en 1974 descubre un osario con esqueletos de fauna que no se corresponde con el ganado de la zona. Y ahí empieza una accidentada historia de arqueología intermitente. Primeras excavaciones en la Transición, entusiasmo con pocos medios, sensación de provisionalidad, cierres temporales por falta de recursos, hasta que, ya en torno a 2001, el proyecto se reactiva con criterio científico moderno, equipos estables y lazos multidisciplinarios. La labor de campo se complementa con laboratorios de datación y genética que sitúan a España en la élite mundial de la paleontología, con la suerte de ser el propio territorio un excepcional espacio tachonado de yacimientos con decenas de miles de años de antigüedad. En el fondo, la historia del Valle de los Neandertales es una metáfora de la ciencia española: talento humano desbordante, discontinuidad institucional y recuperación tardía. En ese contexto, el trabajo de Juan Luis Arsuaga y de los equipos que han construido, y no solo en Atapuerca, es excepcional y de lo que España debería estar orgullosa.

Pero quizá lo más interesante del valle no es lo que dice sobre España, sino lo que dice sobre la evolución humana, lo que grita calladamente (oxímoron) sobre nosotros.

Durante más de un siglo, los neandertales fueron descritos como una forma humana inferior, condenada a la desaparición. Hoy sabemos que fabricaban herramientas, dominaban el fuego, cuidaban a los heridos y a los ancianos, enterraban a sus muertos. No eran un borrador fallido de nosotros, sino otra solución posible al problema de ser humano. La consecuencia es incómoda: la inteligencia no es una excepción, sino un resultado evolutivo. Dos ramas del género Homo, separadas durante cientos de miles de años, desarrollan capacidades complejas en paralelo: lenguaje, técnica, organización social. Y mezcla. La evidencia genética de hibridación con sapiens introduce más problemas. Los neandertales no desaparecieron del todo; su traza genética perdura entre nosotros. No somos una excepción: somos una variación afortunada. El silencio de la teología es inevitable en este asunto.

«En ese contexto, el trabajo de Juan Luis Arsuaga y de los equipos que han construido, y no solo en Atapuerca, es excepcional y de lo que España debería estar orgullosa»

Sé que no hay una explicación única sobre la extinción de los neandertales, pero sí una evidencia persistente: los neandertales desaparecen tras la expansión de Homo sapiens por Eurasia, tras dejar el Gran Valle del Rift hace quizá 200.000 años. Hay hipótesis de competencia, de absorción, de desplazamiento y de cambio climático. Y aunque el registro fósil no permite aún reconstruir esta mortal confluencia con precisión, tengo la creencia de que se trata de un caso claro de causa y efecto. Dicho de forma simple: los sapiens acabamos con los neandertales. Y esa idea tiene también una huella simbólica. Las culturas humanas han sabido narrar la violencia entre semejantes a través del mito. Por eso, relatos antiguos en los que un hermano elimina a otro, Caín y Abel, o sus equivalentes, funcionan como una forma de dar sentido a esa eliminación primigenia, a ese crimen colectivo sobre el que se asienta la humanidad triunfante.

Y es aquí donde aparece uno de los hallazgos más singulares del yacimiento de Pinilla: la Cueva Des-Cubierta, donde se documenta una acumulación de cráneos de grandes herbívoros —bisontes, uros, ciervos, rinocerontes— seleccionados, transportados y concentrados en un espacio concreto de la cavidad. El hallazgo fue lo suficientemente singular como para aparecer en la portada de Nature. No se trata de una acumulación aleatoria con fines de consumo. Los restos quedaron fuera tras ser desollados, cocinados y comidos, y solo los cráneos se transportaron dentro de la cueva, a un lugar reservado.

Cada uno de los cráneos y cuernos parece dispuesto con intención de preservación y exhibición. Y eso abre una hipótesis incómoda: que los neandertales reorganizaban el mundo material, en el que tenían que sobrevivir en dura competencia, de forma simbólica, no estrictamente funcional. La expresión «sala de trofeos» es moderna, pero inevitablemente sugiere esa posibilidad: la de una representación del mundo animal separada del uso inmediato, quizá proto-religiosa. Abalorios para marcar estatus, lascas para hacer lanzas para cazar, pero también mondadientes, punzones, cuchillos desolladores; trabajo con las pieles, pintura facial con fines decorativos, uso de plantas con fines medicinales, lento aprendizaje de las crías en las labores manuales, empatía con el débil. Qué más tienen que decirnos los neandertales para que abramos los ojos y pidamos perdón a estos robustos, pelirrojos de ojos verdes, hermanos del tiempo, que orillamos a su fin.

De regreso de los yacimientos, rumbo al asador de la sierra, entre sauces, alisos y fresnos, pienso que la visita no es tanto para saber de los neandertales, de los que aprendí muchísimo, cuanto para saber de nosotros mismos y de nuestras zonas de oscuridad; de lo esbeltos, ágiles, tribales e implacables que seguimos siendo los seres humanos. Pero también sobre una certeza optimista: somos nosotros quienes exploramos los yacimientos paleolíticos de los neandertales y no a la inversa. No me gustaría imaginar a un neandertal maravillado intentando descifrar el absurdo significado de los jeroglíficos humanos mientras recorre las ruinas de una civilización sapiens extinguida.

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