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Cultura

Adolfo Suárez, 50 años después: el hombre y los hechos

El historiador Juan Francisco Fuentes publica una versión actualizada de su biografía del protagonista de la Transición

Adolfo Suárez, 50 años después: el hombre y los hechos

El expresidente del Gobierno Adolfo Suárez, en una imagen de archivo. | RTVE

3 de julio de 1976, al comienzo del tradicional paréntesis veraniego, cuando hasta la frenética actividad política tiende al descanso. De esta fecha trascendental también se cumple ahora medio siglo, como se recordaba hace algunos meses respecto de la muerte del Caudillo. ¡Qué lejos queda todo para los que lo vivimos! En términos políticos, lo poco que sabíamos en aquel verano de 1976 era que algo importante iba a pasar, tenía que pasar. El Gobierno de Arias Navarro tenía que reventar, más pronto que tarde. Y lo hizo. Solo que, para sorpresa de todos aquellos que no gozaban de información privilegiada —la mayoría del país e incluso una parte importante de la clase política y periodística—, la sorpresa fue mayúscula: el elegido por el Rey era, no un desconocido, pero sí un peso liviano de la élite dirigente: Adolfo Suárez González. Para algunos, casi un tal Suárez. Para otros, más claramente, no solo una decepción, sino un error, un inmenso error.

Desde entonces, desde aquel remoto verano de hace 50 años hasta nuestros días, sobre aquel político atildado y apolíneo de Cebreros (Ávila) se han escrito no ya los tópicos ríos de tinta, sino hasta océanos. Sobre Suárez se ha dicho todo y, aún más, se le ha dicho de todo, desde las descalificaciones absolutas rayanas en el desprecio y el insulto hasta las lisonjas más desmesuradas y sonrojantes. En una fecha tan temprana como 1979, el recientemente fallecido periodista ovetense Gregorio Morán publicaba la primera biografía del líder centrista, la resonante Adolfo Suárez. Historia de una ambición, que desde el propio título abría fuego —no precisamente amigo— sobre quien aún desempeñaba el cargo de presidente del Gobierno. Muchos años después, frente al tribunal de la historia, Morán matizaría mucho sus opiniones, no llegando a ejercer de abogado defensor pero sí abdicando del rol de fiscal implacable en Adolfo Suárez. Ambición y destino (2009).

Adolfo Suárez ha sido el blanco de las valoraciones más heterogéneas (y hasta extravagantes). En 2011 el historiador Juan Francisco Fuentes publicó Adolfo Suárez. Biografía política, unánimemente reconocida como la mejor semblanza escrita hasta ese momento sobre el principal artífice de la Transición. No era la menor de sus virtudes el olvido deliberado de toda la hojarasca que rodeaba al personaje (y de toda la publicística, a favor y en contra) para ir, como recomendaba el padre de la fenomenología, Edmund Husserl, «a las cosas mismas», esto es, a los hechos, datos, documentos y testimonios de primera mano. Esta dimensión empírica se hace más patente, por las razones que luego se argüirán, en una nueva versión que se presenta con nuevo subtítulo: Adolfo Suárez. La opción más difícil (Taurus).

Manejando algo así como la navaja de Ockham, Fuentes se atiene a la exposición escueta de los acontecimientos, parapetándose tras una documentación exhaustiva, que se mantiene en un discreto segundo plano para no romper el ritmo vertiginoso de la narración. Es el mismo bagaje documental de la primera versión, reforzado ahora con algunas incorporaciones, como unos importantes apuntes de Juan Linz recogiendo unas reflexiones poco conocidas de Suárez. Con todo ello, en suma, y desde la atalaya que se erige sobre el tiempo transcurrido, es, pues, buen momento para revisitar no solo al prócer en cuestión, sino la Transición en su conjunto.

Suárez y la Transición, un pack. Es así por una sencilla razón: es muy difícil, por no decir imposible en la práctica, desligar la valoración de Suárez de la estimación global que merezca a cada cual el modo en que se produjo la transformación del sistema político. Si el Rey fue «el piloto del cambio» (Charles Powell) y Torcuato Fernández-Miranda el cartógrafo (el guionista, según otros), al abulense le tocó desbrozar el camino, fajarse y bregar en el día a día con amigos y enemigos. Fue, más que ningún otro, el artífice del cambio y, suma paradoja, el principal damnificado por su éxito: nadie pagó un precio político y personal tan alto. Es justo que la memoria asimile aquella fase histórica a su efigie. Pero, como es inevitable, para bien y para mal. Esta dimensión de símbolo de una época —y además, época fundacional, que sigue gravitando sobre nosotros— hace más ardua la tarea del biógrafo para llegar al ser humano de carne y hueso: al hombre, al político, al gobernante concreto.

Ni héroe ni traidor

Fuentes lo consigue de modo tan brillante como convincente. Lo hace en principio despreocupándose de los epítetos rotundos: ni héroe ni traidor. Tampoco las fulgentes metáforas comprensivas, como «héroe de la retirada» (Cercas). El historiador no busca tanto calificar al prohombre —ni descalificarlo—, sino atender a los hechos. No trae a Suárez al presente para que rinda cuentas, sino que lo deja en la historia, donde debe estar. Esta biografía sitúa, como debe ser, al dirigente en su contexto, en su orteguiana circunstancia. Y lo deja respirar, sin atosigarlo, para que se nos muestre como realmente era: un hombre normal en una época crucial para España. Suárez no era un genio, ni un intelectual, ni albergaba —como se decía de Fraga— el Estado en la cabeza. Era más bien un outsider, un advenedizo ambicioso, pero poseía tres cualidades que en aquel momento histórico resultaron providenciales: capacidad de seducción, audacia e intuición. Con ese ligero equipaje se atrevió a emprender una tarea hercúlea.

Ese punto de partida tiene la ventaja de que nos permite hoy, 50 años después, enjuiciar y entender la Transición como lo que realmente fue: un complejo y arriesgado proceso en el que los propios protagonistas daban palos al aire o se reconocían a merced de los acontecimientos. En el mejor de los casos, tenían claro el qué, pero no el cómo y, por supuesto, en ninguna parte estaba escrito el guion ni mucho menos estaba garantizado el éxito de la singladura. De ahí que resulten tan extemporáneas las críticas desde la seguridad presente: cuando se conoce el resultado, es tan fácil como ventajista repartir responsabilidades, culpas y yerros. Claro está que la Transición fue imperfecta —¿qué no lo es en los asuntos humanos?—, pero es absurdo o, más aún, una distorsión inaceptable responsabilizarla en exclusiva de todos los males que afloraron después y que, por cierto, no supimos atajar.

No se trata de ensalzar ni denigrar la Transición, sino solo de comprenderla. Es innegable que nuestra mirada, como no podía ser de otra forma, está impregnada de las cuitas y afanes del presente, una fase de populismo y polarización que hace particularmente difícil reconocer como virtudes políticas del pasado lo que hoy desechamos. Pacto, consenso, concordia, memoria, gradualismo, centralidad o reconciliación —algunos de los conceptos fetiche del momento histórico— se traducen a menudo, o por ciertos sectores, como claudicación, renuncia, cobardía, olvido, postergación, engaño o traición. Con este bagaje político en nuestras mentes y nuestras actitudes, se hace más arduo concebir e interpretar una etapa cuyo rasgo más característico fue justo la búsqueda obsesiva de espacios compartidos entre actores que procedían de culturas diferentes, divergían en medios y fines y, aún más, desconfiaban con intensidad unos de otros.

El historiador —Fuentes no lo explicita, pero lo aplica— no se propone confrontar épocas ni, aún menos, idealizar aquella como modelo. Aquello fue así por unas circunstancias irrepetibles, entre ellas la necesidad de dejar atrás de manera definitiva la confrontación cainita como forma de (no) convivencia, sin repetir los errores del pasado (la guerra civil como fantasma recurrente). Los protagonistas de la Transición —Suárez en primer término— no eran sabios, ni visionarios, ni siquiera personas moralmente superiores. Su virtud fue otra: ser plenamente conscientes del momento decisivo que les tocó en suerte. No sabían muy bien cuál era el camino adecuado, pero sí cuáles eran aquellos que no se debían transitar nunca más. En gran medida —no es desdoro reconocerlo— les movía la incertidumbre, el miedo, el vértigo ante un abismo que parecía abrirse a cada paso. En última instancia, por decirlo de modo simple y rotundo, el gran mérito de la Transición en esencia fue hacer de la necesidad virtud.

Aprender del pasado

Todo lo dicho, como es obvio, sería aplicable en primer término y en grado máximo al propio Suárez. La nueva versión de su biografía conserva todo el pertrecho documental de la anterior, pero se aligera en términos expositivos para reducir su extensión y acceder a un público más amplio. El Suárez que emerge sigue siendo el mismo en la valoración de Fuentes: en lo personal, un hombre que aprende de la vida; en lo político, lejos de ditirambos y denuestos, un líder que supo reconocer las exigencias fundamentales de su tiempo y que, con todas sus limitaciones, halló respuestas eficaces a desafíos extraordinarios. Con un trágico final, como una macabra jugarreta del destino, cuando perdió la memoria y, con ella, la identidad, ¡quien tanto luchó por ambas!

Para nosotros, sin embargo, la memoria de Suárez sigue viva, porque continúa despertando controversias, ahora más matizadas. 50 años después, el examen de su legado nos interpela no solo como la cuestión histórica que Fuentes expone en esta magnífica biografía, sino como la experiencia política de la que podemos seguir aprendiendo.

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