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El buzón secreto

Adiós a Manolo Rey, el espía que prometió no mentirme

El director del servicio secreto le encargó relacionarse en secreto conmigo

Adiós a Manolo Rey, el espía que prometió no mentirme

Manuel Rey, primero a la derecha, junto a Fernando Rueda, a la izquierda. | TO

El 30 de diciembre de 2022 Manolo cogió sus cosas y se puso a navegar. Así sería si nos atenemos a la melancólica canción de José Luis Perales, que adaptada a su caso real hablaría de que se puso a los mandos de su cazabombardero y surcó los aires a la velocidad del sonido.

Rey, Manolo Rey, era un joven oficial del Ejército del Aire que estaba cumpliendo su sueño de ser piloto del futuro F-18 cuando le sobrevino una diabetes que le dejó en tierra para siempre. Depresiones ninguna, decidió reinventarse y se convirtió en agente del servicio secreto, el entonces CESID.

Allí terminó desempeñando funciones en el gabinete de su muy apreciado director Emilio Alonso Manglano porque, en mi opinión, cuando el duro e implacable jefe del espionaje necesitaba una opinión directa en algunos temas, no había nadie tan sincero como Manolo.

En aquellos tiempos un joven periodista –yo- empezaba a despuntar en el periodismo de investigación sobre servicios de inteligencia. Había trabajado en el diario Ya, en la revista Época y en ese momento al que me voy a referir escribía en el semanario Tiempo.

Mi director, Pepe Oneto, mantenía una cierta relación con Manglano, que nunca fue una traba para que yo escribiera libremente informaciones sobre el servicio secreto, en un momento, los años 80, en los que no eran muy frecuentes. De hecho, si alguna vez el jefe del CESID se quejó al mío –posiblemente-, nunca me llegó.

Manglano se tragó algunos sapos antes de poner en marcha una solución al disgusto que provocaban en algunos mandos de La Casa las historias que yo desvelaba. Me mandó a Manuel Rey, acompañado de otro agente llamado Manuel Durbán, para que establecieran una relación conmigo y con mi compañero Julio Trujillo.

«Manolo pertenece a una raza de espías que se caracteriza por ser leal hasta el extremo y anteponer el deber con su país a sus obligaciones personales»

Fue la primera vez que el servicio secreto intentó limitar el alcance de mis historias –no sería el último-. Fue la primera vez que escuché una frase simbólica, muy de espías, mientras intentábamos pactar unas bases de convivencia que beneficiaran a ambas partes: «Fernando, si no puedo decirte algo me lo callaré –me dijo Manolo-, pero nunca te engañaré». No le creí, ya por aquel entonces era un poco descreído y de entrada fiarme de un espía me costaba un montón.

El otro día, en el tanatorio donde fui a despedirme de él, uno de sus hijos me recordó que había escuchado varias veces a su padre repetir esa frase con el orgullo de quien ha cumplido su palabra. Hoy aquí quiero confirmar que durante los años que estuvo en el espionaje y los que han pasado desde nuestro primer encuentro hasta hoy –más de 35-, Manolo Rey jamás me mintió y sí, muchas veces, guardó silencio sobre los secretos que sabía se llevaría a la tumba.

Manolo pertenece a una raza especial de espías que se caracteriza por ser leal hasta el extremo, no fallar nunca a los amigos y personas queridas, defender la verdad aunque le costara –como le costó- que le arrestaran durante meses y anteponer el deber con su país a sus propias obligaciones personales.

Ese arresto vino tras su expulsión del servicio secreto por una venganza personal del director Javier Calderón y sus consiguientes declaraciones a varios periodistas –a mí entre ellos- explicando exactamente lo que había pasado. Sabía lo que le podía pasar y no le importó defender la Justicia que se merecían él y otros compañeros.

Ahora, cuando un exespía que escribe libros se dedica a contar a sus contertulios que «no sabéis cómo odian en el servicio a Fernando Rueda», me siento especialmente reconfortado de haber tenido entre mis amigos a Manolo y a otros muchos espías a los que ayudé cuando lo necesitaban y se terminaron convirtiendo en compañeros de vida. Manolo, ¡nos vemos!

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