Luis E. Íñigo, historiador: «La memoria es legítima, pero es subjetiva»
THE OBJECTIVE conversa con el experto en la II República con motivo de su 95 aniversario

El historiador Luis E. Íñigo. | © Elena Roda
Coincidiendo con el 95 aniversario de la proclamación de la Segunda República, publicamos esta conversación con el historiador Luis E. Íñigo. Especialista en el periodo y divulgador reconocido, Íñigo ha dedicado buena parte de su obra a explorar las tensiones políticas e ideológicas de la República. Autor de La derecha liberal en la Segunda República, Una República para todos y La secta republicana, en ellos combina el rigor académico con una clara vocación pedagógica. Su último libro, Cinco protagonistas de la Segunda República (Ladera Norte), inspira este diálogo en la tradición de las conversaciones entre autor y editor. La idea clave que recorre los perfiles de Manuel Azaña, Niceto Alcalá-Zamora, Indalecio Prieto, José María Gil-Robles y Francisco Largo Caballero es que la República nació condenada porque ninguna corriente aceptaba la legitimidad de las otras. Más que biografías al uso, se trata de retratos intelectuales que iluminan las divergencias irreconciliables al interior de la República.
P.- En la introducción al libro explicas que la República estaba, en cierto modo, condenada de antemano porque sus principales representantes tenían ideas que se excluían entre sí. ¿Por qué no nos explicas un poco más esta idea?
R.- Es una cuestión interesante, porque ese es, efectivamente, uno de los factores que ayudan a explicar el destino de la República. Para empezar, nació en un contexto histórico muy difícil, marcado por los efectos de la crisis del 29, que provocó el regreso a España de cientos de miles de emigrantes que habían perdido sus empleos fuera del país. Eso hizo coincidir el aumento de las reivindicaciones de la clase obrera —impulsadas también por la propia proclamación de la República— con una gran dificultad por parte de empresarios y propietarios agrarios para dar respuesta a esas demandas.
Es lo que se ha llamado una «trampa del desarrollo», que se da cuando un país alcanza un nivel suficiente como para generar demandas en las clases populares, pero todavía no es lo bastante desarrollado como para satisfacerlas de forma estable.
Por otra parte, los años treinta son una época en la que reinaba lo que se ha denominado la «brutalización de la política». Es un momento en el que las opciones democráticas y liberales están en retroceso en Europa. Basta recordar algunos ejemplos: el ascenso de Mussolini en Italia, de Hitler en Alemania, de Salazar en Portugal… Son años muy complicados.
A todo esto se añade otro factor: las principales corrientes políticas en España eran poco proclives al diálogo y al consenso. Y para construir un régimen democrático estable es fundamental que la Constitución ampare a todas las opciones políticas que respeten los principios democráticos, de modo que luego puedan alternarse en el poder. Eso es lo que se hizo en España en 1978: todos cedieron y se aprobó una Constitución amplia y flexible, capaz de integrar a todos.
Eso no ocurrió en 1931. Entonces cada grupo trató de imponerse, y el resultado fue una Constitución que, en buena medida, era un programa de partido, como había sucedido en otras ocasiones en la historia española. Además, ni siquiera se sometió a plebiscito, lo que tampoco ayudó a reforzar su legitimidad.
P.- Era difícil, y justo te iba a comentar eso: que fue aprobada en Cortes, pero no votada en plebiscito, y que eso le restó autoridad popular. No voy a caer ahora en la tentación de hacer paralelismos con el presente —entre los años treinta y nuestra época, también marcada por cierta brutalización de la política—, aunque quizá luego podamos hacerlo.
Me gustaría seguir avanzando en las ideas del libro. Antes, una cuestión previa: en el eterno debate sobre si la historia la explican las fuerzas sociales o los grandes protagonistas, ¿cuál sería tu posición? Porque este es un libro de cinco biografías, pero cada una se entiende dentro de un contexto más amplio.
R.- Ésa es la gran pregunta de la historia. Es lo que se ha llamado la teoría de la «nariz de Cleopatra»: hasta qué punto los grandes individuos determinan el curso de los acontecimientos, o si son las fuerzas sociales las que marcan el camino y limitan su margen de maniobra.
Está claro que ambas dimensiones tienen valor explicativo, y en ocasiones pesa más una que otra. En las últimas décadas ha habido una tendencia a minimizar el papel de los individuos y su capacidad de decisión. Es fácil decir que las fuerzas impersonales lo explican todo, que por fuerza tenía que haber surgido un Hitler en Alemania. Pero podría no haber aparecido, o podría haber actuado de otra manera.
Lo mismo ocurre con los protagonistas de este libro. Todos ellos podrían haber actuado de otra forma, y seguramente mejor, dando más importancia al diálogo y al entendimiento, en lugar de dejarse llevar por el deseo —a veces casi patológico— de imponerse a los demás. También influyeron mucho las rencillas personales, que son muy evidentes si uno lee sus memorias o sus diarios.
En el caso de Manuel Azaña, por ejemplo, sus diarios son muy reveladores. Llega a referirse a Niceto Alcalá-Zamora como «el maleficio de Priego». Y si uno repasa las memorias de Alcalá-Zamora o las de José María Gil-Robles ve cómo cada uno tiende a exonerarse y a responsabilizar a los demás. Por tanto, lo personal importa. Además, eran líderes de partidos que, en algunos casos, eran prácticamente creaciones suyas, hechas a su imagen y semejanza. No eran partidos modernos como los actuales. El partido de Azaña, por ejemplo, era completamente suyo; nadie podía discutirle nada. Esto no ocurría tanto en organizaciones más estructuradas como el PSOE o la CEDA, pero sí en otras. Todo esto aumenta su responsabilidad. Su comportamiento no es el único factor que explica lo sucedido, pero sí es un elemento importante.
P.- Hay otro aspecto que llama mucho la atención al leer las biografías, y es la presencia de rasgos comunes. Por ejemplo, varios de ellos son huérfanos o tienen relaciones familiares complicadas. ¿Crees que esto es casual o que influye en su personalidad?
R.- Es cierto que les afecta de manera distinta, pero sí comparten algunos rasgos. Uno muy claro es el afán de reconocimiento. Eso lo tienen todos.
En Manuel Azaña, de nuevo, es muy evidente. Es una persona profundamente solitaria desde joven. Hay una escena en la que le cuenta a un amigo que, de niño, iba a una plaza de Alcalá de Henares a estar solo y triste. Esa sensación de soledad, probablemente ligada a su temprana orfandad, le marca mucho.
Niceto Alcalá-Zamora también fue huérfano de madre muy pronto, aunque a él parece influirle menos en su carácter. El caso de Largo Caballero es distinto: no fue huérfano de madre, pero su padre abandonó a la familia cuando él tenía dos años. Eso le marcó profundamente. Desde muy pequeño tuvo que trabajar y vivir partiendo de situaciones difíciles. Indalecio Prieto también perdió a su padre siendo muy joven. Todo esto, sin duda, influye, aunque cada uno lo canaliza de manera diferente. Pero, más allá de esas circunstancias, lo que sí comparten es esa ansia de reconocimiento, de protagonismo y de implicación en la vida pública.
P.- Uno de los secretos de una buena biografía es encontrar ese motivo profundo que da sentido a la vida de una persona. ¿Cuál dirías que es el motor de cada uno de estos protagonistas?
R.- Intentaré sintetizar. De Azaña se ha escrito muchísimo. Si uno lee El jardín de los frailes, se percibe la imagen de un niño solitario, probablemente víctima de rechazo en su entorno. A eso se suma una temprana conciencia de su superioridad intelectual, que acaba derivando en cierta soberbia y en la convicción de estar en posesión de la verdad. Su motivación es demostrar su capacidad y el deseo de transformar España conforme a su visión, después de muchos años como intelectual poco reconocido.
En Largo Caballero, la clave está en su experiencia vital. Desde niño trabaja en condiciones duras, sufre explotación y malos tratos laborales. Eso marca toda su trayectoria. Es un hombre austero, muy exigente consigo mismo, y su motor principal es la defensa de los trabajadores. Siempre fue, ante todo, un sindicalista.
En cuanto a Gil-Robles, su motivación está ligada a su formación católica y tradicional. Procede de una familia profundamente ideologizada en ese sentido, y su objetivo es servir a esos principios.
Alcalá-Zamora es muy distinto. Es un hombre que se construye a sí mismo a través del esfuerzo y el estudio. Siempre destaca académicamente y desarrolla una carrera brillante. Su motivación responde a una idea clásica de servicio público, propia del liberalismo de su época.
P.- Nos faltaría Indalecio Prieto.
R.- Prieto es especialmente interesante, porque es una personalidad muy compleja, resultado de múltiples influencias. Él mismo se definía como «socialista a fuer de liberal». Su formación es muy peculiar. Nace en Oviedo, pero su madre se traslada pronto a Bilbao en busca de trabajo. Allí, siendo muy joven, empieza a leer periódicos de forma casi clandestina, lo que despierta su interés por el periodismo. Aprende taquigrafía y entra en contacto con el mundo de la información, lo que influye mucho en su forma de expresarse y de hacer política. Además, recibe la influencia de figuras clave que le orientan hacia el socialismo. Todo eso configura un carácter muy poliédrico. No es un socialista ortodoxo como otros de su época, sino una figura más flexible, difícil de encasillar.
P.- En la descripción que haces de Manuel Azaña como miembro de la generación del 14, aparece una comparación interesante con la generación del 98. Mientras esta última se quedó en la reflexión crítica, la del 14 parece apostar por la acción. ¿Se percibe esa tensión en Azaña?
R.- Sí, pero hay que matizar. Solemos fijarnos en las figuras más exitosas de la generación del 14, pero también hubo muchos miembros muy preparados que no lograron desarrollar su potencial. En el caso de Azaña, su trayectoria previa es una sucesión de intentos fallidos. Aunque aprobó unas oposiciones muy bien remuneradas, en otros ámbitos fracasa: no consigue escaño en sus intentos políticos, sus proyectos editoriales no prosperan, sus obras tienen escasa repercusión, incluso naufraga como empresario. Eso genera una frustración acumulada. Él mismo, al recordar su juventud, habla de la expectativa de conquistar el mundo, y el contraste con lo que realmente había conseguido tras décadas de esfuerzo debió de ser muy duro. Esa experiencia es clave para entender su actitud posterior.
P.- En el libro aparece también la tensión entre reformistas y rupturistas. ¿Dónde situarías a Gil-Robles? ¿Se le puede entender como una figura cercana al fascismo o es una simplificación?
R.- Es una simplificación. Gil-Robles era un líder que tenía que gestionar un partido muy heterogéneo, unido por principios bastante generales. Dentro de su base había sensibilidades muy distintas, desde monárquicos autoritarios hasta reformistas católicos. Su pensamiento está muy influido por la doctrina social de la Iglesia de los años treinta. Eso implica una visión autoritaria y corporativa del Estado. No era un demócrata en el sentido actual, ni un democristiano —que es una figura posterior—, sino un representante del catolicismo social de su época.
P.- ¿Por qué Prieto renunció a presidir el Gobierno cuando tuvo la oportunidad?
R.- Porque no quiso romper el Partido Socialista. Aunque aspiraba al cargo y tenía opciones reales, sabía que no contaba con el respaldo del grupo parlamentario. Forzar la situación habría provocado una división interna muy grave. Cuando se le plantea esa posibilidad en 1936, entiende que un gobierno sin el apoyo de su propio partido sería inviable. Por eso decide renunciar, aun siendo consciente de la oportunidad que estaba dejando pasar.
P.- En el libro centras el análisis en la Segunda República, mientras que la Guerra Civil queda en un segundo plano. ¿Es una decisión deliberada?
R.- Sí, en parte por una cuestión de enfoque. La República es el periodo en el que estos personajes actúan con mayor margen de decisión y donde su responsabilidad política se puede analizar con más claridad. Además, era necesario acotar. Durante la Guerra Civil todo se vuelve mucho más complejo y el margen de maniobra de los individuos se reduce considerablemente. Algunos, como Niceto Alcalá-Zamora, ni siquiera están en España cuando estalla el conflicto. Y en general, todos se ven arrastrados por una dinámica mucho más difícil de controlar.
P.- Hay un contraste llamativo: los extremos fueron minoritarios en las urnas, pero acabaron protagonizando la Guerra Civil. ¿Cómo se explica?
R.- Es cierto. Los grupos más radicales tenían una representación limitada, pero fueron ganando protagonismo en la calle. Se produjo una dinámica de polarización creciente, en la que cada extremo alimentaba al otro. Había una sensación cada vez más extendida de que el país se dirigía hacia una revolución o hacia un golpe de Estado. Ese miedo mutuo fue erosionando el espacio del centro político, que terminó desapareciendo. La confrontación en la calle, con violencia creciente, acabó imponiéndose sobre la lógica parlamentaria.
P.- El lenguaje político de la época resulta hoy extremadamente duro, incluso violento. ¿A qué obedecía?
R.- A lo que antes comentaba: la «brutalización de la política». La República era un régimen con pocos demócratas en sentido pleno. Muchos de sus protagonistas consideraban legítimo recurrir a la violencia en determinadas circunstancias. Eso se refleja claramente en el Parlamento: junto a discursos de gran nivel intelectual, encontramos amenazas directas, un clima de tensión constante y episodios que hoy resultarían impensables. Era una política mucho más crispada y menos contenida que la actual.
P.- Hoy existe cierta tendencia a idealizar tanto la Segunda República como la Guerra Civil. ¿Cómo valoras ese fenómeno?
R.- Es peligroso utilizar la historia como arma política. La memoria es legítima, pero es subjetiva. La historia, en cambio, debe construirse con método, a partir de fuentes y con una actitud crítica. La Segunda República fue un intento de construir una democracia en un contexto muy difícil, y con una cultura democrática limitada. Y la Guerra Civil no fue una lucha entre buenos y malos, sino entre proyectos incompatibles: revolución y reacción. Simplificarla en términos morales o utilizarla para legitimar posiciones actuales distorsiona su comprensión.
P.- ¿Se podía haber evitado la Guerra Civil?
R.- Es difícil saberlo. La polarización era muy intensa y había grupos dispuestos a usar la violencia como instrumento político. Tal vez con más prudencia de los actores políticos o con un contexto internacional menos convulso habría sido posible, pero tampoco hay garantías. La historia nunca da respuestas absolutas, solo escenarios probables.
P.- En relación con esto, ¿cómo valoras la Transición española?
R.- Es uno de los grandes logros de la historia de España. Supuso un esfuerzo de consenso en el que todos los actores renunciaron a parte de sus posiciones para construir un sistema común. España tenía una larga tradición de conflictos internos, y la Transición demostró que era posible superarla. Ese acuerdo permitió construir una democracia estable, y conviene no olvidarlo ni darlo por garantizado.
P.- Muchas memorias familiares se construyen desde la perspectiva de la víctima nunca del victimario. ¿Crees que eso influye en la forma en que se interpreta el pasado?
R.- Sin duda. Es natural que cada familia recuerde su propia experiencia desde ese punto de vista. Pero eso no puede sustituir al análisis histórico. Precisamente por eso es importante el estudio riguroso del pasado, que permite tomar distancia y evitar que la interpretación quede condicionada únicamente por la experiencia personal o heredada.
P.- En tu libro mencionas que los historiadores del franquismo y de la transición enfocaron la República de manera diferente.
R.- Sí. Durante el franquismo se construyó una narrativa en la que la República aparecía como caos y desorden. La transición, en cambio, buscó reinterpretarla con cierto matiz heroico, especialmente en términos de modernización y democracia incipiente. Mi objetivo era mostrar la complejidad, sin caer en idealizaciones ni en demonizaciones.
P.- ¿Qué fuentes utilizaste para tu investigación?
R.- Archivos parlamentarios, prensa de la época, correspondencia privada de políticos y memorias personales. Además, recurrí a estudios previos de historiadores españoles y extranjeros. La idea era triangular la información para evitar depender de una sola perspectiva.
P.- ¿Encontraste sorpresas durante tu trabajo?
R.- Muchas. Por ejemplo, cómo ciertos personajes menos conocidos tenían un papel mucho más influyente de lo que se creía. O la manera en que decisiones aparentemente menores en parlamentos locales podían desencadenar consecuencias a nivel nacional. La historia está llena de efectos acumulativos que sorprenden incluso a quienes creemos conocer bien el periodo.
P.- Hoy parece que reaparecen dinámicas de polarización en muchos países. ¿Qué riesgos ves para la democracia?
R.- La democracia no es solo el gobierno de la mayoría. Es, sobre todo, el respeto a unas reglas compartidas que permiten la alternancia y garantizan la convivencia. Cuando esas reglas se debilitan o se cuestionan, el sistema se resiente. Además, existe un contexto socioeconómico complicado, especialmente desde la crisis de 2008, que ha generado desconfianza en las instituciones. Si a eso se suma una dinámica política basada en la descalificación constante del adversario, el riesgo aumenta. La democracia es un sistema frágil que requiere cuidado continuo. No se puede considerar como algo que una vez ganado permanece por sí solo.
P.- ¿Qué aprendizajes crees que ofrece hoy la República?
R.- Justo eso. Que la democracia no es automática; requiere instituciones sólidas, cultura cívica y voluntad de compromiso. También enseña que los extremos políticos pueden acaparar la atención y la violencia si los centros no logran mediar eficazmente. Y, sobre todo, que el diálogo y la negociación son herramientas esenciales frente a la polarización.
