
Una sonrisa en Diyala
Esas sonrisas. Esas sonrisas sobre la mirada muerta de un combatiente. Esas sonrisas luego de la carnicería, cuando el último quedó tirado con las manos abiertas, ensangrentadas, inermes, sutiles, llenas de ese temor de lucha.

Esas sonrisas. Esas sonrisas sobre la mirada muerta de un combatiente. Esas sonrisas luego de la carnicería, cuando el último quedó tirado con las manos abiertas, ensangrentadas, inermes, sutiles, llenas de ese temor de lucha.




Terminamos un año más de nuestra historia, el 2014. Un año de vergüenza en Oriente Medio. El año del terror y del éxodo de más de 120.000 cristianos en Irak. Pero qué distinto se vive la historia según desde el lado que estés.


Miedo. Inquietud. Temor. Multitud de adjetivos se me vienen a la mente para intentar describir lo que siento cuando veo una imagen como esta. Un halo de escalofrio recorre mi cuerpo.

Más de 727 milicianos del Kurdistán iraquí han muerto desde el inicio en junio de la ofensiva del Estado Islámico. Unos 3.564 peshmergas han sido heridos y, además, hay 34 miembros de las fuerzas de seguridad kurdas desaparecidos.

No me refiero a una operación militar a gran escala. Soy de la opinión de que, con las notables excepciones de Irán y Turquía, el islam, militarmente, es un cero a la izquierda.

Su muerte retransmitida globalmente. Él, que fue allí sólo a informar, a fotografiar, a trabajar, en definitiva, por un sueldo nada llamativo, va a pasar a la historia, no por su trabajo, sino por formar parte de un espectáculo, de una moda.




Occidente, ensimismado en su irracional cultura del relativismo, tiene como bandera la hipocresía y casi siempre los buenos deseos de solidaridad se reflejan en un retrato de Dorian Gray donde la vejez es el egoísmo.


No resulta sorprendente que Erdogan evite el término terrorista para referirse al Estado Islámico y, al mismo tiempo, se niegue a proporcionar ayuda a las milicias kurdas, a las que sí califica de terroristas.





“Tratábamos de hacernos ver feas” cuenta una rehén yazidí que fue prisionera de este grupo terrorista. Sus captores la separaron de su familia y la vendieron al mejor postor después de torturas físicas y psicológicas que llegaban incluso a obligarlas a ver vídeos de decapitaciones de algunos de sus conocidos.






Tiene el poder de congelar ese momento que el tiempo convertirá en historia. Es capaz de captar nuestra atención, de seducir a nuestra retina inmortilizando la barbarie de la forma más sutil, más hermosa. El arma con la que combaten los reporteros de guerra dispara sus objetivos dando en el blanco de la conciencia colectiva. Todo ello gracias a sus cámaras: los proyectiles que apuntan sobre las portadas de los diarios de medio mundo. A veces, su trabajo se convierte en una obra de arte que pinta los escenarios bélicos más sorprendentes. He aquí una muestra.

Como la de indultar un pavo por Navidad, anunciar el bombardeo de Irak parece haberse convertido ya en una tradición presidencial en Estados Unidos. Lo han hecho los últimos cuatro presidentes; Obama no podía ser menos.


