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El mundo tras la victoria del Estado Islámico

Sus fronteras se expanden. El terror que infunden, también. La amenaza de un Califato Islámico liderado por el ISIL sacude Occidente. Pero, ¿hasta dónde alcanzarán sus ambiciones? ¿Cumplirán su propósito para 2020?

El mundo tras la victoria del Estado Islámico

El ISIS no deja de sumar conquistas en Irak y Siria (Stringer/REUTERS)

Cuatro son las letras que mantienen en vilo al mundo. El avance de la barbarie encerrada en un sigla traspasa fronteras gracias a las redes sociales: su principal aparato propagandístico. El ISIL o Estado Islámico de Irak y del Levante ha cumplido su máxima: sembrar el terror a lo ancho y largo del planeta. Combatir el terrorismo islámico se ha convertido en el principal dolor de cabeza de los Estados sombreados en negro en el mapa de lo que ellos han convenido en llamar Califato Islámico. Sus fronteras se expanden. Sus mensajes se magnifican. Sus actos se radicalizan. Su contraofensiva se impone.

Arranca la reconquista

Cinco años. Es el tiempo que el Estado Islámico se ha dado para recuperar los territorios que han de integrar el califato islámico. En 2020, bajo su bandera negra habrían de encontrarse aquellos países de mayoría musulmana. Pero su ambición va más allá. Las fronteras del califato comprenderían también aquellas naciones que en el pasado estuvieron bajo dominio árabe. España y Portugal se unen a los Balcanes -Grecia, Rumanía y Bulgaría, incluidas- y Austria.

Los primeros pasos ya se han dado. Siria e Irak han sido los escenarios elegidos por el Estado Islámico para poner a prueba su concepto de califato. Una república islámica fue elegida como forma de Estado con un autoproclamado “líder de los musulmanes de todo el mundo”: Abu Bakr al-Baghdadi. La sharia -ley islámica- inspiraría desde entonces su forma de gobierno, su modelo educativo y su organización económica. La semilla comenzaba a germinar y sus ramas abarcaban desde la provincia iraquí de Diyala a una castiga Aleppo. Mosul tardaría poco en unirse a sus conquistas.

Un califato libre de infieles

La sharia se imponía en cada metro cuadrado sobre el que el Estado Islámico ejercía su dominio. Sus avances se consolidaban menguando las alternativas de las minorías religiosas, los infieles. Solo hay dos opciones: convertirse o morir.

La odisea para cristianos y yazidíes no hacía más que comenzar. Torturas y ejecuciones públicas para aquellos que osan negar a Alá. Convertirse en sus esclavas sexuales será la condena para aquellas que rehúsen convertirse al Islam. En agosto de 2014, cerca de 50.000 yazidíes estaban bajo la amenaza del Estado Islámico. Sin agua ni comida, buscaron refugio en las montañas al norte de Irak. Los yihadistas seguían imparables sumando conquistas en el noroeste de Irak. La ciudad de Qaraqosh, donde se concentra la mayoría de la población cristiana, emprendía la huída. Cien mil cristianos abandonaban sus hogares.

Sin excepción

Ni siquiera el Vaticano se ha escapado de sus amenazas. Lo advertía el diario «Il Tempo». El Pontífice se encuentra entre los objetivos de los terroristas del Estado Islámico, aseguraba el rotativo citando a los servicios secretos italianos. «Fuentes israelíes creen que en la mira del Estado Islámico está también el Papa, máximo exponente de la religión cristiana, en cuanto portador de falsas verdades”.

La integración de Roma dentro de las fronteras del califato entra dentro de las espectativas del ISIS. Eso sí, será bajo el imperio de a la sharia. Una intención que no han dudado en aclarar: «Conquistaremos su Roma, romperemos sus cruces, esclavizaremos a sus mujeres», exponen los islamistas. Si sus raíces se extienden hacia Occidente, todo parece indicar que seguirán la misma política de terror con quienes profesen religiones monoteístas: atentados en los principales lugares de culto, ejecuciones… Sólo habra una religión, un Dios y un credo.

Efecto llamada

A la estrategia militar de reconquista en Siria e Irak no tardó en unirse la amenaza yihadista a nivel mundial. Sus vídeos, difundidos sin censura a través de las redes sociales, comenzaron a estremecer a Occidente. Un arma de doble filo que fue utilizada para ganar milicianos que se sumasen a la Guerra Santa. El enemigo estaba en casa. En las filas del Estado Islámico se encuentran 500 británicos, 900 franceses, 500 belgas, 400 alemanes, 200 holandeses y 100 estadounidense. En total, casi 20.000 extranjeros procedentes de 70 países se han sumado a la yihad atraídos por el odio a Estados Unidos, dominados por su afán de heroísmo o sometidos a un sentimiento de opresión en Occidente. Quieren ser protagonistas mientras vengan sus frustaciones.

Con pasaportes occidentales, la principal preocupación de las autoridades es detener la capacidad de reclutamiento del Estado Islámico. El temor a posibles atentados terroristas a su regreso es la gran amenaza a combatir. Regresan convertidos en lobos solitarios, combatientes radicalizados o personal entrenado. Son varios los países que ha logrado identificar estos perfiles en diversas operaciones. Es el caso de Australia. La semana pasada, las autoridades arrestaban en Sidney a 15 hombres acusados de pertenecer a un red vinculada al ISIL. Planeaban decapitar civiles para divulgar los vídeos en las redes sociales.

Irak, regresa la sombra de la guerra

Como todo régimen, el Estado Islámico necesita un enemigo. Con él, puede saciar su sed de venganza. En este caso, fue el asesinato del periodista estadounidense, James Foley, el que avivó el fuego enemigo. El Estado Islámico divulgaba un vídeo con la decapitación del reportero desaparecido en 2012. Las imágenes recogían un mensaje cuyo destinatario era Washington: exigían el fin de las operaciones militares en Irak. Además, culpaban a Estados Unidos del asesinato de James Foley.

El Estado Islámico echaba así su órdago al Pentágono. Sobre los hombros del presidente, Barack Obama, la sombra de una nueva intervención militar en Irak para detener la sangría. El mensaje del mandatario a los yihadistas no se hizo esperar: “Es hora de ir en contra de ISIS en Iraq y Siria”. Su estrategia combina los ataques aéreos con el envío de 475 militares para asesorar a las fuerzas militares iraquíes y sirias que combatan a los terroristas.

París fue la sede de la cumbre que reunió a representantes de 30 países para apoyar la lucha contra el avance yihadista. Allí se forjó una coalición para complementar el esfuerzo estadounidense. Irán se desentendía alegando que Estados Unidos tenía “las manos manchadas de sangre”. A Francia, en cambio, no le tembló el pulso. François Hollande envió varios aviones de combate del tipo “Rafaele” para reforzar los ataques aéreos contra posiciones del ISIS en Irak.

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