El Escorial, la bonita villa que acoge a Fernando Tejero en la sierra: «Madrid me devoraba; necesitaba silencio»
El actor dejó, hace años, el ajetreo de la capital para trasladarse a las afueras de la ciudad donde ha encontrado paz

Fernando Tejero, en una imagen de archivo. | EP
La vida de Fernando Tejero vivió un antes y un después cuando decidió mudarse hasta la localidad madrileña de El Escorial. El actor dejó atrás su ajetreada vida en la capital porque sentía que le estaba «devorando» y necesitaba «silencio». «En El Escorial soy uno más. Salgo con mis perros, voy a la compra, respiro este aire que te limpia por dentro… Aquí el tiempo pasa de otra manera, no tengo esa sensación de urgencia constante que tenía en la ciudad», ha contado sobre su nueva vida. Es en sus redes sociales donde el actor suele compartir distintas imágenes de cómo es su día a día en una bella casa de campo que compró y ha decorado y reformado a su gusto.
«He encontrado mi sitio en el mundo. Aquí, rodeado de naturaleza y de mis animales, es donde realmente soy feliz. No cambio este silencio por nada», relata. Además, admite que vivir ahí es algo «sanador». «Abrir la ventana y ver el monte, caminar durante horas sin escuchar un claxon… Mi salud mental ha dado un vuelco positivo desde que tomé la decisión de mudarme», apostilla. Sin duda alguna, esta nueva etapa representa un cambio radical de filosofía: el paso del estrés frenético de la capital a una existencia marcada por el aislamiento voluntario, el contacto con la naturaleza y, sobre todo, la compañía de sus perros.
El Escorial, la villa madrileña donde se trasladó Fernando Tejero

La principal motivación de Fernando para dejar el centro de Madrid fue el bienestar de sus mascotas. En El Escorial, vive en una casa con terreno que le permite convivir con sus perros de una forma mucho más libre. Es habitual verle a primera hora de la mañana recorriendo las rutas de senderismo cercanas —como la zona del Bosque de la Herrería—. Para él, estos paseos son su «momento de meditación». Ha declarado en varias ocasiones que sus perros son su verdadera familia y que el silencio del entorno es lo que ellos —y él— necesitaban.
A pesar de ser uno de los rostros más conocidos del país por su papel de Fermín Trujillo o el mítico Emilio de ANHQV, en San Lorenzo ha logrado lo que tanto ansiaba: cierto anonimato. Se le puede ver haciendo la compra en los comercios locales o tomando café en las plazas del pueblo con total normalidad. Los vecinos ya están acostumbrados a su presencia, y él agradece que le traten como a un ciudadano más, lejos de la histeria de los fans que a veces se vive en la Gran Vía madrileña. Fernando ha sido muy valiente al hablar públicamente sobre sus episodios de depresión y ansiedad. De esta manera, El Escorial se ha convertido en «su medicina natural».
Una casa con toque rústico, madera y piedra vista
Utiliza su casa de la sierra para desconectar entre rodajes. Cuando termina de grabar en los platós de La que se avecina, su mayor premio es conducir los 50 kilómetros que separan Madrid de su refugio para «limpiar los pulmones y la mente». Sin duda alguna, su refugio se ha convertido en algo más que su casa. La vivienda cuenta con grandes ventanales que funcionan como cuadros vivos. Desde el salón, Fernando puede ver las cumbres de la sierra de Guadarrama y el entorno boscoso del monasterio. Está situada en una zona tranquila que le garantiza que ningún curioso pueda romper su intimidad, permitiéndole estar en el jardín sin sentirse observado.
El jardín es, sin duda, la parte más importante de la casa para él. No es un jardín ornamental de diseño rígido, sino un espacio funcional y vivo. Tiene rincones acondicionados con hamacas y muebles de exterior donde el actor pasa horas leyendo guiones o simplemente disfrutando del aire puro. Es aquí donde suele subir fotos a sus redes sociales mostrando la paz de su hogar. El interior de la casa refleja una personalidad sensible y culta, alejada de la imagen histriónica de sus personajes. El estilo combina lo rústico con lo moderno, mostrando cierta solidez de las casas de piedra de la sierra con un interiorismo limpio y moderno. Predominan los materiales nobles como la madera y el hierro.
Un oasis de paz, tranquilidad y mucha naturaleza
La casa es extremadamente luminosa. Fernando ha buscado que el exterior entre en el interior mediante el uso de colores claros en las paredes y textiles en tonos tierra y neutros. Las paredes están llenas de estanterías con libros, recuerdos de sus viajes y premios de su carrera —incluido su Goya—, pero dispuestos de una forma que hace la casa acogedora, no pretenciosa. El salón es una de las estancias más amplias y cuenta con una gran chimenea, esencial para los crudos inviernos de El Escorial. Es el lugar donde se refugia a ver cine y series. Por su parte, la cocina es espaciosa y práctica. A Fernando le gusta la cocina sencilla y el hecho de tener espacio para preparar sus platos mientras ve a sus perros a través de la puerta que da al jardín es uno de sus grandes placeres.
«Mi casa es mi templo. Cuando cruzo la puerta y dejo atrás Madrid, siento que los hombros se me bajan y empiezo a respirar de verdad. Aquí el silencio tiene un sonido maravilloso», ha contado. Lo más importante de la casa, sin duda, es su entorno. San Lorenzo de El Escorial es uno de los tesoros más impresionantes de España. Situado en plena Sierra de Guadarrama, a unos 50 kilómetros de Madrid, es un lugar donde la historia imperial, la naturaleza y la leyenda se mezclan de forma única. El corazón del pueblo es el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, mandado construir por el rey Felipe II en el siglo XVI. Su edificio es colosal; tiene forma de parrilla y es el lugar donde están enterrados casi todos los monarcas españoles desde Carlos I.
El lugar no solamente es rico culturalmente sino que, también, tiene gran variedad de naturaleza. El Bosque de la Herrería es un lugar ideal para caminar entre robles y fresnos. Es el pulmón verde de la zona y ofrece una de las mejores vistas del Monasterio con la montaña detrás. Vivir en El Escorial —como hace Fernando Tejero— tiene un magnetismo especial. En verano es el refugio perfecto para escapar del calor sofocante de Madrid —siempre hay unos grados menos—. En invierno, la nieve suele hacer acto de presencia, convirtiéndolo en un pueblo de cuento. Gastronómicamente hablando es tierra de asados. Comerse un cochinillo o un cordero en alguno de sus mesones centenarios es parte de la experiencia obligatoria.
