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Manolo García: «Mi infancia olía a pimentón y aceite de oliva; cruzar el umbral de mi casa era viajar a Férez»

El reconocido cantante se crio en Barcelona, aunque pasaba mucho tiempo en el pueblo de sus padres en Albacete

Manolo García: «Mi infancia olía a pimentón y aceite de oliva; cruzar el umbral de mi casa era viajar a Férez»

Manolo García, en una imagen de archivo. | Gtres

Manolo García es uno de los cantantes más conocidos de nuestro país. Gracias a El último de la fila logró tocar el éxito. Hoy en día, sigue acordándose de su infancia, que estuvo muy marcada por sus temporada en el pueblo de sus padres, en un pequeño pueblo de Albacete. «Cruzar el umbral de mi casa era viajar a Férez. Mi infancia olía a pimentón, a aceite de oliva y a voces manchegas. Fuera estaba el mar y el catalán de mis amigos, y dentro estaba la meseta. Esa dualidad es la que me ha hecho ser quien soy: un híbrido que no se siente de ninguna parte y se siente de todas», ha contado.

Y es que esos primeros años estuvieron marcados por una gran discreción y, sobre todo, austeridad. «En mi casa se vivía con lo justo, pero yo no supe que era pobre hasta que fui mucho más mayor. De niño, tener un par de zapatos para todo el año era lo normal. Esa austeridad me dio una salud mental que hoy agradezco: aprendí a no necesitar casi nada para estar bien», ha relatado. Para los niños de aquella época de su barrio de Barcelona, un descampado era «el Amazonas».

La infancia de Manolo García entre Albacete y Barcelona

Manolo García se crio en Barcelona. | Ricardo Rubio / Europa Press

«Mi infancia fue una búsqueda constante en los vertederos. Los niños de mi barrio no íbamos a jugueterías; íbamos a los desguaces a buscar rodamientos para hacernos un patinete de madera. Esa fue mi primera escuela de escultura», ha apostillado. También, ha incidido que recuerda la escuela como un lugar «un poco gris, de pupitres rayados y olor a tiza». «Yo estaba siempre mirando por la ventana. Textualmente, yo era un niño ausente. Mi cuerpo estaba en clase, pero mi cabeza estaba en los chopos de Albacete o en las barcas del Bogatell», ha especificado.

Su etapa de niño fue, sin duda, un momento de «silencio y observación». Y es que él hablaba «poco» y dibujaba «mucho». «Dibujaba en los márgenes de los cuadernos, en los trozos de papel de envolver… El dibujo fue mi primer refugio, antes que la batería y antes que las canciones», ha aclarado. Además, esta etapa fortaleció su parte más artística. «De niño yo era un pequeño salvaje feliz. No me gustaban los horarios, no me gustaban las imposiciones y solo quería que me dejaran en paz para poder mirar las hormigas o pintar un sol en una pared», ha explicado.

Manolo se crio en la zona de Pueblo Nuevo de la ciudad condal. Manolo no creció en un parque con columpios homologados, sino en un paisaje industrial. El barrio de Pueblo Nuevo era un laberinto de fábricas textiles y talleres mecánicos. El patio de recreo eran los solares vacíos y los vertederos. Allí, Manolo desarrolló su fascinación por los materiales: madera, hierro o cables. Al no haber juguetes caros, se los fabricaba él mismo. Esa habilidad manual es la que hoy le permite seguir siendo pintor y escultor; para él, el arte siempre ha sido algo que se hace con las manos, manchándose.

«De niño yo era un pequeño salvaje feliz; no me gustaban los horarios»

Su infancia fue un constante viaje de ida y vuelta entre dos mundos opuestos que hoy conviven en sus canciones. Al entrar en su casa, el aire cambiaba. Sus padres, inmigrantes de Férez (Albacete), mantenían viva la llama de la Castilla profunda. Se hablaba con el acento de la sierra, se comía gazpacho manchego y se escuchaba radio de copla y folclore. Esa raíz rural le dio su amor por la naturaleza y los animales. Manolo ha confesado que de niño era introvertido y solitario a su manera. Mientras otros niños jugaban al fútbol con competitividad, él podía pasarse horas mirando los bichos del campo, dibujando en cualquier papel o escuchando los sonidos que se oían en el barrio.

Sus padres le transmitieron una ética de trabajo muy fuerte. Vio a su padre trabajar duro en una época de escasez, lo que le enseñó que nada cae del cielo. Esa austeridad le marcó tanto que, a pesar de ser una estrella del rock, Manolo sigue viviendo de forma muy sencilla, alejado del lujo y muy pegado a la tierra. Férez se asienta sobre una loma, rodeado de un entorno que mezcla el secano con la frescura del agua que corre hacia el embalse del Cenajo. Es un pueblo de calles estrechas y empinadas, con casas de fachada blanca y portones de madera vieja.

Desde el pueblo se tienen unas vistas impresionantes de la sierra. Pasear por Férez es retroceder a un tiempo donde el reloj no importaba tanto. La Iglesia de San Juan Bautista es una joya del siglo XVI con un órgano histórico que es el orgullo del pueblo. Aunque él se crió en el Poblenou (Barcelona), Férez era el destino de cada verano y cada fiesta. Forma parte de la ruta de Amanece, que no es poco. Aunque la película de José Luis Cuerda se rodó principalmente en los pueblos vecinos —como Ayna, Liétor y Molinicos—, Férez comparte esa misma filosofía surrealista y rural. Es esa España donde lo místico y lo cotidiano se dan la mano.

En Férez se come lo que da la tierra, de forma contundente. Se toma mucho gazpacho manchego o el aceite, especialmente su variedad picual de esta zona es extraordinaria, con un sabor intenso que Manolo siempre reivindica en su dieta. Las fiestas de agosto es cuando el pueblo triplica su población. Se celebran en honor a la Virgen del Rosario. Férez es el sitio ideal para quien busca desconexión absoluta. No hay grandes lujos hoteleros, pero hay algo mucho más valioso: verdad. Es el lugar donde uno entiende por qué las canciones de Manolo García suenan a tierra mojada, a tarde de calor y a libertad salvaje.

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