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El refugio de José Sacristán: a una hora de Madrid, una tierra llena de historia y con sabor a anís

El actor creció en una pequeña localidad a las afueras de la capital que cuenta con mucha tradición cinematográfica

El refugio de José Sacristán: a una hora de Madrid, una tierra llena de historia y con sabor a anís

José Sacristán junto a su mujer. | Gtres

José Sacristán ha desarrollado su carrera en Madrid, la ciudad que le acogió cuando era un adolescente y donde ha protagonizado grandes producciones. En todo este tiempo, el actor ha demostrado que, en sus planes, no está el de jubilarse, ya que todavía se siente con ganas y activo para hacer frente a los diversos proyectos a los que —casi— siempre dice que ‘sí’. Aunque eso sí, cada vez que puede vuelve a lo que considera su casa, la pequeña ciudad, a una hora de la capital, que le vio nacer y, sobre todo, donde vivió sus primeras experiencias de vida.

A sus 88 años sigue siendo el mejor embajador de su pueblo, Chinchón. Para el mundo es un premio Goya y un Premio Nacional de Cinematografía, pero en Chinchón es simplemente «el hijo del Venancio». Y es que su progenitor fue toda una institución en esta preciosa villa. Era un hombre de campo que pasó por las cárceles franquistas, y esa herencia de dignidad campesina es la que José mantiene viva. Sacristán siempre dice que su forma de caminar y de mirar al mundo la aprendió observando a los hombres de su pueblo en la plaza.

La influencia de Chinchón en la vida de José Sacristán

José Sacristán nació en Chinchón.

Sacristán cuenta a menudo que su vocación nació en la Plaza de Chinchón. De niño, veía cómo montaban los tablados para las comedias y las corridas de toros. En su imaginación, esos balcones verdes no eran solo madera, eran el palco de un gran teatro universal. Para él, Chinchón es el escenario donde empezó a jugar a ser otros, mucho antes de saber que eso se llamaba actuar. Su refugio no es un chalé de lujo moderno, sino una casa que respira historia y sencillez. La biblioteca es, probablemente, el lugar más especial de toda la casa. Es su santuario. Allí guarda miles de volúmenes y pasa horas leyendo frente a la chimenea. Es donde prepara sus personajes y donde ensaya sus textos de teatro —como los de Miguel Delibes—.

A pesar de su fama, le gusta bajar al huerto. Sacristán reivindica el olor a ajo, a anís y a tierra mojada como la mejor cura contra la vanidad del mundo del espectáculo. Chinchón le nombró Hijo Predilecto, pero él vive el pueblo con una normalidad pasmosa. Es habitual verle comprando el pan, tomando un café o charlando con los vecinos de su generación sobre la cosecha o el tiempo. Sacristán ha atraído la mirada del cine hacia Chinchón en múltiples ocasiones. Siempre que puede, mete una mención a su pueblo en sus entrevistas o incluso ha rodado allí. Para él, ver a grandes directores —desde Orson Welles hasta Wes Anderson— rodar en su plaza es una confirmación de que su pueblo es mágico.

Chinchón, un lugar mágico

La Plaza Mayor de Chinchón. | Turismo Madrid

Chinchón se ubica a unos 45 kilómetros de Madrid. Su Plaza Mayor es una de las más bellas del mundo. No es una plaza señorial de piedra fría, sino una plaza popular de arquitectura orgánica. Está rodeada por edificios de tres plantas con 234 balcones de madera —llamados ‘claros’— pintados de un verde carruaje icónico. Ha servido para todo; desde mercado de ganado y ejecuciones en la Edad Media, hasta plató de cine y coso taurino. Al ser circular y estar cerrada, funciona como un gran teatro al aire libre. Chinchón tiene una curiosidad arquitectónica que se explica con un dicho local: «Chinchón tiene una torre sin iglesia y una iglesia sin torre». La Torre del Reloj es el único resto que queda de la antigua iglesia de Nuestra Señora de Gracia, destruida por las tropas napoleónicas.

Por su parte, la Iglesia de la Asunción se construyó después, pero sin torre campanario. En su interior guarda un tesoro: el lienzo de La Asunción de la Virgen de Francisco de Goya, que el pintor regaló al pueblo en agradecimiento por la hospitalidad que recibió en casa de su hermano Camilo, que era el capellán. Su estética ha fascinado a directores de todo el mundo. Por sus calles han pasado Orson Welles, Wes Anderson o Cantinflas a través de La vuelta al mundo en 80 días. Visitar Chinchón es un ejercicio de hedonismo castellano. Su anís tiene Denominación Geográfica propia. Se destila en matalahúva y es el digestivo por excelencia. Además, el ajo fino es famoso por su intenso aroma y sus propiedades. Verás las fachadas del pueblo adornadas con ristras de ajos frescos.

Una infancia llena de momentos rurales y mucha nostalgia

El actor José Sacristán, Premio Nacional de Cinematografía 2021
José Sacristán vivió una infancia rural.

Muchos de sus restaurantes, además, están ubicados en cuevas centenarias excavadas bajo la plaza. Su especialidad es el cordero y el cochinillo asado en horno de leña, la sopa castellana y el queso de oveja. El Castillo de los Condes se ubica en la parte alta, dominando el paisaje. Se trata de una fortaleza del siglo XV y, aunque no se puede visitar por dentro —es de propiedad privada—, su silueta de muros de piedra y foso ofrece una de las estampas más potentes de la llanura madrileña, especialmente al atardecer.

La infancia de José Sacristán en Chinchón fue un momento que marcó su vida futura. José recuerda ir a visitar a su padre a la prisión de Ocaña. Esas imágenes de las rejas y la dureza de la época le dieron una madurez temprana. Para el pequeño José, la Plaza Mayor no era un monumento, era su calle. Jugaba entre los soportales y los balcones verdes. Él mismo dice que su infancia olía a ajo, a humo de leña y a estiércol de las mulas que descansaban en la plaza. Uno de sus recuerdos más nítidos es el cine del pueblo. Cuenta que en el cine de Chinchón, las películas se proyectaban a veces sobre paredes que no eran del todo blancas o con equipos precarios.

José Sacristán y su actual mujer, Amparo Pascual
José Sacristán y su actual mujer, Amparo Pascual. | Gtres

Su educación fue la de un niño de pueblo de la época. No fue un estudiante de grandes lujos y pronto aprendió, gracias al campo, a conocer los ciclos de la tierra, el cultivo del ajo y la importancia de la lluvia. Esa conexión con lo rural es lo que hace que hoy, a sus 88 años, siga prefiriendo su huerto a cualquier fiesta glamurosa. José ha contado, en varias ocasiones, que todavía recuerda su camino hacia la Torre del Reloj. En un pueblo tan pequeño, todo el mundo era familia, lo que le dio un sentido de comunidad y pertenencia que no ha perdido nunca.

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