La guía de Vicente Vallés y Ángeles Blanco para no perderte nada en Tenerife: «Vamos cuando podemos, que es menos de lo que nos gustaría»
La pareja viajó, unas Navidades, hasta Gran Canaria, donde se enamoraron de la tierra y decidieron comprar una casa

Vicente Vallés y Ángeles Blanco, en una imagen de archivo. | EP
Vicente Vallés y su mujer, Ángeles Blanco, se compraron, hace años, una casa en las islas Canarias. Lo hicieron porque, después de unas vacaciones en Gran Canaria, se enamoraron, por completo, de la zona. «Poquito antes de que naciera nuestro hijo más pequeño, hace doce años, pasamos una primera Navidad en Gran Canaria y lo pasamos tan bien que decidimos que teníamos que buscar un sitio en Canarias para poder tener un lugar al que ir habitualmente. Y lo encontramos allí, en Abades. Vamos cuando podemos, que es menos de lo que nos gustaría. Nos ha hecho tan felices estar allí en Canarias que ya conocemos todas las islas. Las ocho, incluida La Graciosa», contó el propio Vallés en la revista Binter.
Y es que son muchas las cosas que le aporta a la vida del presentador de Antena 3 y su pareja. «Para empezar, calma y otro ritmo de vida que nada tiene que ver con el que llevamos aquí en el día a día. Por otro lado, claro, nos encanta el buen tiempo, de manera que esto de meterte en el avión en Madrid con el abrigo puesto y bajarte del avión en cualquiera de las islas con las cholas, como decís vosotros, pues es una maravilla. Y también pensando en el día después de acabar el trabajo, la jubilación y la posibilidad de pasar largas temporadas en Canarias», comentó en la mencionada publicación.
Los lugares favoritos de Vicente Vallés y Ángeles Blanco en Tenerife

Así, Vallés y Blanco se compraron una bonita residencia en Tenerife, en la región de Abades. Abades no es el típico destino turístico de grandes hoteles o rascacielos. Es un antiguo pueblo costero caracterizado por una arquitectura uniforme y un diseño casi milimétrico. Todas las viviendas de la zona son de una sola planta o muy bajas, pintadas de un blanco impoluto. Para mantener la armonía visual del pueblo, las puertas y ventanas siguen un patrón cromático estricto en tonos verdes y azules. Esto genera un entorno de paz, orden visual y silencio que es precisamente lo que atrajo a Vallés para desconectar del caótico ritmo informativo diario. Aunque mantienen la máxima discreción con su intimidad, el concepto de la casa responde a una filosofía de vida muy slow.
Abades y la Playa de Los Abriguitos
Está pensada para exprimir la luz de Canarias, con espacios abiertos, ventanas amplias y un salón luminoso donde predominan los materiales naturales. El propio Vicente Vallés ha confesado en entrevistas que su plan ideal de jubilación es retirarse a esa casa porque busca un lugar «frente al mar, sin más ruido que el de las olas». La casa le permite a la pareja disfrutar de una de sus grandes aficiones cuando viajan a la isla: el snorkel y el buceo. Abades es muy famoso en Tenerife por la claridad radical de sus aguas y su rica fauna marina, por lo que su rutina allí se basa en ponerse las gafas de bucear, caminar unos metros desde su casa y lanzarse al agua directamente desde la playa.
La Playa de Los Abriguitos es la cala de arena oscura que tiene prácticamente a los pies de su casa. Al ser una bahía muy resguardada del viento y con aguas cristalinas, es el lugar favorito de Vallés y su familia para conocer la vida marina. Le encanta sumergirse allí para observar la fauna marina local —se pueden ver desde caballitos de mar hasta tortugas—.
El contraste verde: el norte de la isla y Anaga
Aunque su residencia está en el sur —caracterizado por un clima más seco y soleado—, Vallés aprovecha sus estancias para explorar el contraste paisajístico de Tenerife. Siente una gran fascinación por las zonas boscosas y húmedas del norte. El Macizo de Anaga se trata de un espectacular parque rural de laurisilva, con sus senderos envueltos en bruma y bosques milenarios, es uno de sus puntos predilectos para hacer excursiones y contrastar radicalmente con el paisaje árido y playero de Abades.
Cuando está en Tenerife, el periodista prefiere las rutinas sencillas antes que los grandes lujos. Él mismo ha relatado cómo son sus mañanas ideales en la isla. Desconectado por completo de la escaleta del telediario —aunque siempre viaja con su iPad para leer—, le gusta arrancar el día en las cafeterías locales de la zona de Arico, desayunando de forma muy simple: un zumo de naranja natural, café y una tostada con aceite de oliva, disfrutando de la calma y hablando con los vecinos antes de que apriete el calor. El norte de Tenerife y el Macizo de Anaga representan el contraste más radical y mágico frente a la aridez del sur de la isla. Mientras que el sur es sol, playas de arena y paisajes volcánicos secos, el norte es un estallido de vegetación, bruma y acantilados salvajes gracias a la acción de los vientos alisios.
Anaga fue declarado Reserva de la Biosfera y es una de las zonas geológicamente más antiguas de Tenerife. Su gran tesoro es el bosque de laurisilva, una formación vegetal densa y húmeda que cubría la cuenca del Mediterráneo hace millones de años y que hoy solo sobrevive en la Macaronesia. El Sendero de los Sentidos es uno de los lugares más mágicos de Anaga —ubicado cerca del centro de visitantes de Cruz del Carmen—. Es un paseo corto envuelto en una densa niebla donde los árboles retorcidos de laurisilva y el musgo crean una atmósfera de cuento de hadas.
En Anaga, las nubes chocan constantemente contra las montañas. Los árboles atrapan las gotas de agua de la bruma y estas caen al suelo de forma constante. Caminar por aquí es como estar en un bosque lluvioso tropical, pero en mitad del Atlántico. Si cruzas el macizo descendiendo hacia la costa norte, llegas a Taganana, un pueblo de casas blancas colgado de la montaña. A sus pies se encuentran playas de arena negra volcánica totalmente salvajes y de fuerte oleaje, como la Playa de Benijo o la Playa del Roque de las Bodegas, flanqueadas por imponentes roques que emergen del mar. Más allá de Anaga, la costa norte de Tenerife es sinónimo de historia, arquitectura colonial y una gastronomía brutal.
La Orotava y Garachico son dos paradas obligatorias en el norte. La Orotava destaca por su casco histórico de arquitectura señorial canaria y sus famosos balcones de madera tallada. Garachico, por su parte, es un pueblo costero que fue prácticamente sepultado por una erupción volcánica en 1706; hoy en día, esas lenguas de lava solidificada forman unas espectaculares piscinas naturales conocidas como El Caletón. Además, el norte es la cuna de los guachinches. Son casas de comidas tradicionales —originalmente nacidas en los garajes o patios de los viticultores locales— donde se sirve vino de cosecha propia acompañado de un menú muy corto de comida casera canaria: carne fiesta, papas arrugadas con mojo, queso asado o garbanzas. Es la experiencia gastronómica más auténtica y alejada de los circuitos turísticos del sur.
