Norman Foster, sobre la familia que ha formado junto a Elena Ochoa en Chamberí: «Nunca dejamos de aprender el uno del otro»
El arquitecto se estableció en la capital hace muchos años donde lleva adelante su vida personal y la profesional

Norman Foster y Elena Ochoa, en una imagen de archivo. | EP
Norman Foster ha sabido reinventar su vida. A sus 91 años, el arquitecto sigue adelante con todos sus proyectos profesionales, pero sin quitar el foco de lo realmente importante; la familia. Y es que, junto a su mujer, Elena Ochoa, se ha convertido en uno de los especialistas en diseño de construcción más importantes del mundo entero y ha expandido su negocio tanto a España como en Reino Unido. Y es que, cuando conoció a la sexóloga, decidió dejar su vida en Londres para comenzar una nueva etapa, junto a su mujer y sus dos hijos, en Madrid, donde tienen su base de operaciones. Sobre sus seres más cercanos ha hablado, en alguna que otra ocasión. «Nunca dejamos de aprender el uno del otro», confesó cuando se le preguntó cómo podían seguir manteniendo la llama del amor.
«A tu lado, Elena, la palabra Renacimiento tiene para mí un nuevo y más profundo significado», declaró. La vida familiar de Norman Foster en Madrid se caracteriza por ser discreta, intelectual y profundamente vinculada al barrio de Chamberí, el epicentro de su día a día. Aunque la pareja tiene residencias en Suiza, Nueva York y Londres, Madrid se ha convertido en su gran refugio y centro de operaciones. La rutina de la familia gira en torno a dos sedes ubicadas a pocos minutos de distancia en el mismo barrio madrileño.
La rutina familiar de Norman Foster en Madrid

El Palacete de la Calle Monte Esquinza es la sede de la Norman Foster Foundation —un palacio de 1912 reformado—. Allí pasa Foster gran parte de su tiempo trabajando, investigando y rodeado de maquetas y maestrías de arquitectura. Por su parte, su mujer también tiene su propio espacio, en la calle Orfila, y que es el epicentro de los proyectos de su esposa, Elena Ochoa, donde reubicó su editorial de libros de artista, Ivorypress. La cercanía de ambos espacios permite al matrimonio combinar el trabajo de alto nivel con comidas y paseos por una ciudad que el propio Foster ha definido públicamente como una de sus favoritas por ser «compacta, caminable y verde».
Aunque ambos hijos ya son adultos y han estudiado en el extranjero, mantienen un vínculo muy estrecho con el Madrid de sus padres, dejándose ver con frecuencia apoyando los proyectos familiares. Paola ha querido seguir los pasos de su padre, se ha graduado recientemente como arquitecta en la Universidad de Yale —tras haber pasado por Harvard—. Es muy común verla en Madrid colaborando e integrándose en el universo creativo y de pensamiento crítico de sus padres. Eduardo, al igual que su hermana, mantiene una presencia discreta pero constante en la capital, siendo el apoyo principal de Elena Ochoa en las inauguraciones y eventos culturales que organiza.
Su mujer, Elena Ochoa, y sus hijos
A pesar de que el arquitecto ya supera los 90 años, su entorno familiar en Madrid describe una rutina llena de vitalidad. Su vida familiar en España no pertenece a los círculos de la alta sociedad festiva, sino a un perfil puramente cultural y mecenas, donde las reuniones en casa suelen congregar a artistas, científicos, urbanistas y pensadores de todo el mundo. Y es que su hogar es donde están su esposa y sus hijos. Norman Foster y Elena Ochoa se conocieron en octubre de 1994 durante una cena de gala organizada por el arquitecto español Miguel Oriol en su castillo de Toledo.
Elena Ochoa, que en aquel momento era una celebridad en España por presentar el revolucionario programa de televisión Hablemos de sexo y ejercía como profesora de psicopatología, acababa de separarse de su primer marido (el escritor Luis Racionero). Viajó a Toledo exclusivamente para la cena y tenía planeado regresar a Madrid esa misma noche. Al llegar al evento se encontró con unos 200 invitados, la inmensa mayoría hombres vestidos estrictamente con trajes oscuros. El único que rompía la norma era Norman Foster, que iba vestido con un traje de pana beige. El destino —o el anfitrión— hizo que los sentaran juntos a la mesa. La conexión entre ambos fue inmediata, diluyendo los 23 años de diferencia de edad gracias a su pasión compartida por el arte, el pensamiento, el diseño y las ciudades.
«Nunca dejamos de aprender el uno del otro»

Apenas dos años después de esa cena, en septiembre de 1996, se casaron en una ceremonia civil y sumamente íntima en Londres, con apenas seis invitados. Poco después, Elena dio un giro radical a su carrera, dejando atrás la disciplina académica de la psicología para mudarse con él y fundar la editorial de arte Ivorypress, convirtiéndose en su mayor aliada personal y profesional. Además de su mujer, otro de los pilares fundamentales son sus hijos. A sus 27 años, Paola es la que ha decidido seguir de forma más directa los pasos de su progenitor, enfocando su carrera hacia el mundo del diseño y el espacio, aunque desde una mirada muy humanista y teórica.
Se ha educado en los centros más elitistas del mundo. Estudió Historia del Arte y Teoría de la Arquitectura en la Universidad de Harvard, lo que le dio una sólida base crítica. Posteriormente, completó un prestigioso Máster en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Yale, donde se graduó con honores, recibiendo incluso un galardón excepcional por su trabajo en arquitectura residencial. Ella misma ha declarado en entrevistas especializadas que no ha sentido la presión de su apellido, ya que la arquitectura y el arte han formado parte de su cotidianidad de forma natural desde niña. Le interesa especialmente el urbanismo desde una perspectiva humana, la gestión cultural y el diseño de mobiliario.

Por su parte, Eduardo, que tiene 24 años, es el hijo menor del matrimonio y ha optado por no estudiar arquitectura de manera directa, inclinándose en su lugar por el mundo corporativo, los negocios y la gestión de proyectos. Estudió en Londres y actualmente encauza su trayectoria profesional hacia el sector inmobiliario y financiero —trabajando en la gestión de proyectos de desarrollo urbano de gran escala, como el proyecto CityLife en Milán—. Eduardo ha dejado claro en sus contadas apariciones públicas que, aunque no dibuje planos, la influencia de sus padres está intacta en él. Afirma que su madre, Elena Ochoa, le transmitió desde muy pequeño la sensibilidad, la pasión por el arte contemporáneo y, por encima de todo, un profundo respeto por las raíces y la cultura local.
De los dos hermanos, Eduardo mantiene un perfil todavía más alejado del foco mediático, aunque es habitual verle en Madrid apoyando los eventos de la editorial Ivorypress de su madre o acompañando a su padre en hitos significativos de la fundación. Ambos hermanos demuestran una excelente relación con su padre. El propio Norman Foster suele dejarse ver en las redes sociales de sus hijos compartiendo momentos cotidianos —como viajes a St. Moritz o jornadas de estudio—, evidenciando que el relevo generacional de la familia Foster-Ochoa se mueve con absoluta naturalidad entre el éxito profesional y la discreción.
