Norman Foster, sobre sus padres: «Vivíamos en una casa pequeña, nunca tuvimos coche; crecí en un vacío, no había libros ni arte»
El archiconocido arquitecto creció en un ambiente marcado por la posguerra y el aire industrial de Mánchester

Norman Foster, en una imagen de archivo. | Gtres
Norman Foster, hasta que alcanzó la fama gracias a los grandes edificios que ha diseñado, tuvo una vida muy sencilla. Su infancia fue lo más alejada posible a todo lo que se puede pensar sobre el entorno de un erudito. Sus padres no tenían en casa ni libros ni arte. «Crecí en un entorno de vacío arquitectónico y cultural», contó en una entrevista para la Academy of Achievement. Es más, con el paso del tiempo, la biblioteca pública de su barrio se convirtió en su mejor vía de escape y gracias a la cual conoció algunos libros de Frank Lloyd Wright o Le Corbusier.
En el documental que se emitió en 2010 sobre su vida, Foster contó que vivieron en una casa «pequeña» en la localidad inglesa de Levenshulme, en Mánchester, junto a sus padres, quienes dedicaron la mayor parte de su vida a trabajar. Allí describe textualmente ese ambiente de la clase obrera británica de la posguerra, donde el afecto no se verbalizaba, pero se demostraba con el sacrificio diario. También, el arquitecto ha contado, en varias entrevistas, como en el periódico The Guardian, que sus padres se decepcionaron con él cuando decidió abandonar la estabilidad de un empleo como funcionario que tenía en el Ayuntamiento de Mánchester para dejarse llevar por el camino de la Arquitectura.
La infancia de Norman Foster en Mánchester

La infancia de Norman Foster estuvo profundamente marcada por la austeridad de la Inglaterra de la posguerra y el paisaje industrial de Mánchester. Nació en 1935 en Reddish, un suburbio obrero, y creció como hijo único en una modesta casa adosada en Levenshulme. Como hijo único en un barrio donde las familias luchaban por salir adelante tras la Gran Depresión y durante la Segunda Guerra Mundial, Foster pasó mucho tiempo solo. Sus padres, Robert y Lilian, trabajaban jornadas larguísimas para pagar las facturas; su padre en una fábrica de montaje de maquinaria pesada y su madre encadenando trabajos en tiendas y comedores. La vivienda carecía de comodidades modernas o de cualquier tipo de lujo; no tenían coche y el espacio era muy reducido.
La infancia de Foster coincidió de pleno con el conflicto bélico. Mánchester, al ser un núcleo industrial clave, fue un objetivo principal de los bombardeos alemanes —el famoso Manchester Blitz—. El arquitecto ha recordado en sus biografías el miedo y la fascinación que sentía al tener que resguardarse en los refugios antiaéreos construidos en el patio trasero de su casa. El sonido de las sirenas y la vista de los edificios destruidos a su alrededor se quedaron grabados en su memoria visual.
«Crecí en un entorno de vacío arquitectónico y cultural»
Para escapar de la monotonía de las calles de ladrillo gris de su barrio, la bicicleta se convirtió en su posesión más valiosa. Foster pasaba los fines de semana pedaleando kilómetros y kilómetros hacia el campo y hacia el centro de la ciudad. Estas excursiones despertaron su curiosidad por las grandes infraestructuras: se quedaba fascinado observando el diseño de las estaciones de tren, los viaductos victorianos, las fábricas textiles y los primeros aviones que despegaban en los aeródromos cercanos. Como en su casa no había acceso a libros de arte, música o arquitectura, la biblioteca pública de Levenshulme se convirtió en su santuario. Allí pasaba horas devorando libros de geografía, ingeniería y cómics. Fue en esas estanterías donde descubrió de manera fortuita los trabajos de arquitectos como Frank Lloyd Wright y los bocetos futuristas de naves y ciudades utópicas, lo que encendió una chispa creativa en un niño que, hasta entonces, ni siquiera sabía que la profesión de arquitecto existía.
Desde muy pequeño demostró una habilidad manual innata y una mente muy técnica. Coleccionaba revistas de mecánica y pasaba horas construyendo maquetas de aviones de madera balsa y montando circuitos de trenes de juguete. Diseñar esos pequeños mundos en miniatura y entender cómo encajaban las piezas mecánicas fue el primer contacto real de Norman Foster con la escala, la precisión y el dibujo técnico. A los 16 años, tras dejar la escuela secundaria con buenas notas pero sin recursos económicos para continuar estudiando, su padre le consiguió un empleo estable como administrativo en la Tesorería del Ayuntamiento de Mánchester. Para su familia, aquello era un gran logro y una garantía de futuro. Sin embargo, Foster se aburría profundamente entre papeles de contabilidad y sentía que ese no era su lugar.

A los 18 años, el servicio militar obligatorio interrumpió su rutina. Foster eligió ingresar en la Royal Air Force (RAF). Esta experiencia relanzó su pasión por las estructuras técnicas, ya que pasó dos años rodeado de radares, aviones de combate y sistemas mecánicos complejos. Su obsesión por la tecnología y la eficiencia —dos de las grandes marcas de su futura arquitectura de alta tecnología— se consolidó durante este periodo. Al regresar de la RAF, Foster se negó a volver a su antiguo puesto de funcionario y comenzó a buscar empleo en cualquier sector que le resultara estimulante. Consiguió trabajo como asistente de contratos en el departamento comercial de un estudio de arquitectura local: John E. Beardshaw & Partners.
Aunque su trabajo seguía siendo puramente administrativo, estar en ese entorno lo cambió todo. Durante los descansos y tras terminar su jornada, se quedaba fascinado observando los planos de los dibujantes. Un día, al ver los bocetos que Foster hacía en sus cuadernos de manera privada, el propio Beardshaw quedó impresionado por su talento innato para el dibujo técnico y decidió ascenderlo al departamento de diseño. Alentado por sus compañeros de estudio, que vieron en él un talento excepcional, Foster decidió que quería ser arquitecto. Sin embargo, no tenía derecho a una beca de estudios porque no cumplía con los requisitos académicos estándar de la época debido a su salida temprana de la escuela.

A los 21 años, fue aceptado en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Mánchester. Para poder costearse los estudios y la manutención, tuvo que encadenar todo tipo de empleos nocturnos y de fin de semana durante los cinco años que duró la carrera: trabajó como panadero, vendedor de helados, conductor de camiones, portero de discoteca y barrendero. Dormía apenas unas pocas horas al día, pero su determinación era inquebrantable. Su esfuerzo extremo dio sus frutos: se graduó con las máximas calificaciones y ganó la prestigiosa beca Henry para realizar un máster en la Universidad de Yale (Estados Unidos).
Allí, a principios de los años 60, su mente se expandió por completo. En las aulas de Yale conoció a profesores míticos como Vincent Scully y a otro joven estudiante británico que se convertiría en su gran aliado: Richard Rogers. Al regresar al Reino Unido en 1963, Foster, Rogers y sus respectivas parejas de entonces —Wendy Cheesman y Su Brumwell— fundaron el estudio Team 4, el mítico e innovador laboratorio arquitectónico con el que Norman Foster firmaría sus primeros proyectos y comenzaría a cambiar la historia de la arquitectura moderna.
