Norman Foster cumple 91 años, pero el tiempo no pasa en él: «Piloto mis propios aviones y solo tomo café; es mi combustible diario»
El icónico arquitecto vive muy ligado a su mujer, Elena Ochoa, y a su fundación, cuya sede se encuentra en Madrid

Norman Foster, en una imagen de archivo. | EP
Norman Foster cumple, este 1 de junio, 91 años. El icónico arquitecto puede presumir de llevar una vida en la que todavía está muy volcado en su trabajo, con distintos proyectos entre Estados Unidos, Londres y Madrid, donde tiene establecida su residencia. Y es que, a pesar de su edad, el artista no ha dejado de hacer aquellas que más le apasionan; entre las que se encuentran diseñar. Es por eso que, en su vida, con los años, han cambiado muy pocas cosas. Probablemente, las más importantes tienen que ver con el reconocimiento que ha vivido en los últimos tiempos, que le han llevado a consagrarse como uno de los arquitectos más importantes del mundo.
A diferencia de muchos arquitectos de su generación, Foster no nació en una familia de élite. Nació en 1935 en Reddish, un suburbio obrero de Mánchester. Su padre trabajaba en una fábrica de pintura y su madre era camarera. Dejó la escuela a los 16 años y empezó a trabajar como conserje y administrativo en el ayuntamiento de su ciudad, el camino seguro que sus padres querían para él. Sin embargo, a Foster ese entorno gris lo deprimía.
Norman Foster cumple 91 años en su mejor momento

Se alistó en la Royal Air Force (RAF), donde cumplió el servicio militar. Fue allí donde nació su pasión enfermiza por la aviación, los aviones y la ingeniería aerodinámica, algo que marcaría su arquitectura para siempre. A los 21 años logró entrar en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Mánchester. Como sus padres no podían costeárselo, pagó sus estudios encadenando trabajos precarios: trabajó como panadero, vendedor de helados e incluso como portero de discoteca en zonas conflictivas de la ciudad.
Su talento bruto era tan evidente que ganó la prestigiosa beca Henry Fellowship para estudiar un máster en la Universidad de Yale (EE. UU.). Allí conoció a Richard Rogers —otro futuro gigante de la arquitectura— y descubrió los rascacielos americanos y la obsesión por la tecnología que definirían el estilo high-tech. Al volver al Reino Unido en los años 60, fundó junto a Rogers y sus respectivas parejas el estudio Team 4, y más tarde su propia firma, Foster Associates —hoy Foster + Partners—.
«El café, el deporte y pilotar mis aviones es mi combustible»
Foster revolucionó el mundo demostrando que las estructuras de los edificios no tenían por qué esconderse. Sus diseños celebraban el uso del acero, el vidrio, la ingeniería de precisión y la eficiencia industrial. El banco HSBC de Hong Kong (1985) fue el edificio más caro del mundo en su momento; se diseñó para poder ser desmontado y movido si era necesario, un hito absoluto de flexibilidad espacial. Y aquel que lo cambió todo en su vida. El rediseño del Reichstag en Berlín —con su famosa cúpula de cristal transitable—, el rascacielos «The Gherkin» —el «Pepinillo»— en Londres, el impresionante viaducto de Millau en Francia o la sede central de Apple en California —el famoso anillo Apple Park—. La vida de Foster no ha sido solo éxito; ha tenido que esquivar golpes durísimos que forjaron su carácter inquebrantable.
La pérdida de su primera esposa, Wendy Cheesman, cofundadora de su estudio, quien falleció de cáncer en 1989, fue especialmente dura. A las puertas del nuevo milenio, el arquitecto sufrió un infarto fulminante que requirió una operación de urgencia. Poco después, le diagnosticaron un cáncer intestinal agresivo. Los médicos llegaron a pronosticarle apenas tres meses de vida. Fiel a su filosofía, Foster se negó a parar, siguió dibujando desde la cama del hospital y, contra todo pronóstico médico, seis meses después estaba recuperado y corriendo una maratón de esquí de fondo en Suiza.

En 1996, la vida de Foster dio un vuelco personal al casarse con la psicóloga, periodista y profesora española Elena Ochoa. Desde entonces, el arquitecto mantiene un vínculo estrechísimo con España. En 2017 inauguró en Madrid la sede de su fundación internacional, un palacete reformado que funciona como centro de investigación y archivo de su obra para las nuevas generaciones. Hoy, asentado en la cumbre del reconocimiento internacional, con el título de Barón Foster de Thames Bank otorgado por la Corona Británica, sigue siendo ese hombre hiperactivo que, rozando el siglo de vida, prefiere pilotar un helicóptero o dibujar un plano antes que sentarse a descansar.
Sobre su vida, él mismo ha confesado que el café es su «combustible» diario y que, además, pilota sus propios aviones y helicópteros, hace esquí de fondo y ciclismo de montaña. Una serie de rutinas y ejercicios que han cambiado su forma de ver la vida. El día de Foster comienza mucho antes de que se abran las oficinas. Es un madrugador empedernido. Se levanta rigurosamente a las 6:00 de la mañana. Fiel a su filosofía de mantener el cuerpo ligero para no restar energía a la mente, toma un desayuno extremadamente liviano, com ya contamos en THE OBJECTIVE, acompañado de grandes cantidades de agua para hidratarse bien. Lejos de ejercer un rol puramente honorífico, Foster sigue estando en el centro de las decisiones de su estudio y de su fundación en Madrid.
Cómo es su día a día entre Madrid y Londres
Su actividad principal diaria es dibujar. El arquitecto pasa horas con el cuaderno y el lápiz, defendiendo que el dibujo a mano es la herramienta definitiva para procesar los pensamientos y resolver problemas urbanísticos complejos. A sus 91 años, sigue liderando comités de diseño, revisando planos y coordinando megaproyectos internacionales. Su día a día laboral consiste en escuchar a las nuevas generaciones y anticipar cómo el cambio tecnológico afectará a las ciudades del futuro. Para Foster, el bienestar físico no es un pasatiempo, sino una necesidad arquitectónica para mantener su cuerpo operativo. Divide su tiempo libre en actividades que exigen máxima concentración y esfuerzo.
Es habitual verle entrenar en bicicleta de carretera durante kilómetros o, si el clima lo permite en sus estancias en Suiza, practicando esquí de fondo. Ambas disciplinas le sirven para limpiar la mente tras las intensas jornadas de diseño. En su día a día, cuando tiene que desplazarse entre sus residencias o asistir a reuniones en diferentes países, prefiere evitar los vuelos comerciales convencionales. Foster sigue pilotando sus propios aviones y helicópteros, una actividad que le exige una agudeza visual y mental absoluta y que, según él, le otorga una perspectiva espacial única del mundo.

El cierre de su jornada está muy ligado a su vida familiar junto a su esposa, la española Elena Ochoa, y su entorno en Madrid, Suiza o Londres. Su día a día fluye entre la vanguardia del diseño, la adrenalina del deporte y la tranquilidad de una rutina diseñada al milímetro para que el tiempo cronológico no sea un impedimento.
