La unión de Norman Foster con Yale que va más allá de la Arquitectura: «Sigue siendo curioso, aprende a escuchar y siéntete libre»
En los últimos días, el reconocido arquitecto ha celebrado la graduación del Máster de su hija Paola

Norman Foster, en una imagen de archivo. | EP
Norman Foster ha conseguido convertirse en uno de los arquitectos de referencia en todo el mundo. Aunque siempre ha intentado mantener sus actos públicos vinculados a su vida profesional, en los últimos tiempos, hemos podido ver a un Norman más personal. Y es que el arquitecto ha celebrado, en estos últimos días, la graduación de su hija en la Universidad de Yale, lo que le ha unido aún más con la institución. Aunque eso sí, su relación viene de mucho más atrás.
Norman Foster nació en una familia de clase obrera en Mánchester y, tras graduarse allí en arquitectura, ganó la prestigiosa beca Henry Fellowship para cursar un Máster en Arquitectura en Yale en 1961. Para Foster, llegar a Estados Unidos fue un impacto absoluto. Pasó de la escala baja e industrial de Mánchester a verse inmerso en la cultura del rascacielos y en una ebullición académica inigualable. En Yale coincidió y entabló una profunda amistad con otro estudiante británico que haría historia: Richard Rogers —coautor del Centro Pompidou—. Juntos viajaron por EEUU analizando la arquitectura americana.
La unión de Norman Foster con Yale
En los pasillos de Yale, Foster fue moldeado por gigantes de la arquitectura moderna que cambiaron su forma de pensar. El propio arquitecto ha rememorado que una vez le encargaron diseñar un rascacielos y, al sentirse abrumado, le pidió a Rudolph, su profesor, trabajar codo con codo con un ingeniero. En aquella época, los arquitectos veían a los ingenieros como meros subordinados, pero Rudolph rompió las normas y le buscó uno. Foster cita este momento como el momento que le enseñó que la arquitectura es un trabajo multidisciplinar, una filosofía que aplicó décadas después en su megaestudio Foster + Partners.
Aunque no era su profesor directo, Kahn estaba construyendo la Yale University Art Gallery justo enfrente. Foster pasaba horas observando el edificio, fascinado por cómo Kahn combinaba la belleza de la geometría con el dejar a la vista las estructuras y los conductos técnicos, la semilla de lo que más tarde sería el estilo High-Tech de Foster. Con los años, el alumno aventajado regresó a Yale como el arquitecto consagrado. Foster diseñó uno de los edificios modernos más importantes del campus: el Edward P. Evans Hall —inaugurado en 2014—, que es la sede de la Yale School of Management (Escuela de Negocios).
El edificio refleja su sello icónico: una enorme fachada de vidrio, pilares de acero azulados, un patio interior abierto que fomenta que los estudiantes de diferentes disciplinas se crucen y colaboren, y aulas contenidas en grandes tambores ovalados que parecen flotar en el espacio. La unión con la universidad se selló de forma permanente a través de la filantropía. Instaurada gracias a la generosidad de Norman y su esposa Elena Foster, existe la Cátedra Visiting Professor Norman Foster en la Yale School of Architecture.
Ha celebrado la graduación de su hija Paola
A través de esta cátedra, la fundación de Foster financia que reputados arquitectos internacionales en activo acudan cada semestre a Yale a impartir estudios avanzados, asegurando que los alumnos de hoy tengan el mismo contacto con la vanguardia práctica que él tuvo en los años 60. Foster siempre se refiere a su época en la universidad con enorme gratitud y suele dar un consejo idéntico a los estudiantes cuando vuelve allí a dar conferencias: «Manteneos siempre como estudiantes. Sed humildes, escuchad, id a las fábricas, pisad las obras y nunca dejéis de hacer preguntas».

Como decíamos, en estos últimos días, ha sido su hija quien le ha unido más a esta institución. Acaba de graduarse del prestigioso Máster en Arquitectura de la Yale School of Architecture. Además, no ha sido una graduación cualquiera: la universidad la ha galardonado con el premio Memorial David Taylor, un reconocimiento que se otorga a los estudiantes que más sobresalen por la calidad de sus proyectos de vivienda residencial y su aportación al pensamiento arquitectónico. Antes de recalar en Yale, Paola ya se había graduado en la Universidad de Harvard en las especialidades de Historia del Arte y Teoría Arquitectónica.
Aunque lleva un apellido de peso gigante en la profesión, ella ha explicado en entrevistas que no lo vive como una presión negativa, sino como un entorno muy estimulante. De hecho, durante su primer año en Yale participó activamente manchándose las manos a pie de obra en el proyecto Jim Vlock, construyendo ella misma y junto a su equipo una vivienda real y asequible para familias vulnerables, lo que según explica le dio una perspectiva real del esfuerzo y un respeto inmenso por los trabajadores de la construcción. Detrás del arquitecto incansable y perfeccionista hay una vida personal intensa, cosmopolita y marcada por grandes historias de amor, superación de problemas de salud y una profunda devoción por su familia.
Él también estudió en la universidad
Su primera esposa fue Wendy Cheesman, compañera de estudios y cofundadora de su primer estudio de arquitectura —Team 4 y luego Foster Associates— Trágicamente, Wendy falleció de cáncer en 1989, un golpe durísimo para el arquitecto. En 1996 se casó con la célebre psicóloga, profesora y editora de arte española Elena Ochoa —muy conocida en España por haber presentado en los 90 el revolucionario programa de televisión Hablemos de sexo—. Juntos forman una de las parejas más influyentes y respetadas del mundo del arte y el diseño internacional. Tienen dos hijos en común: Paola —la arquitecta de la que hablábamos antes— y Eduardo —de 23 años, enfocado en el sector inmobiliario y financiero—.
La familia Foster-Ochoa vive a caballo entre varias residencias icónicas que reflejan su amor por el diseño. Su campamento base principal suele estar en Londres, pero pasan largas temporadas en su piso de Madrid —donde tiene la sede la Norman Foster Foundation—, en la Costa Azul francesa y en una espectacular propiedad en St. Moritz (Suiza), un lugar de montaña donde el arquitecto suele refugiarse para diseñar. Tanto él como Elena son apasionados coleccionistas de arte contemporáneo, mecenas culturales y amantes de los viajes.Su casa es, literalmente, un hervidero de intelectuales, artistas y diseñadores de todo el mundo.

Uno de los aspectos más fascinantes de la vida personal de Norman Foster es su energía vital. A principios de los años 2000 se enfrentó a un cáncer de colon severo y a un infarto que requirió un doble bypass.
