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Internacional

Trump, aclárate de una vez con Irán y corta ya las atrocidades de Putin en Ucrania

Triste celebración de los 250 años de EEUU: la Casa Blanca se mete sin necesidad en una guerra y se niega a parar otra

Trump, aclárate de una vez con Irán y corta ya las atrocidades de Putin en Ucrania

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. | Annabelle Gordon (EP)

El presidente del país más poderoso del mundo no acaba de encontrar la tecla que ponga fin a este absurdo conflicto de Irán que desencadenó el 28 de febrero: 16 días de guerra y casi tres meses de tensión, bloqueo del estrecho de Ormuz y una factura económica descomunal que pagan norteamericanos, europeos y todo el mundo.

Al mismo tiempo, Donald Trump da la espalda a Ucrania, que está ganando la guerra a Rusia con la ayuda de Europa —y sobre todo con su propio esfuerzo— y no tiene nada que decir sobre los salvajes ataques que su amigo Vladímir Putin desencadena contra los ucranianos. Los 250 años de EEUU, con el 4 de julio como día clave, no podían tener un prólogo más decepcionante.

Pobres ayatolás. A ellos se les da bien asesinar a manifestantes que piden libertad, machacar a las mujeres que no quieren ir tapadas y financiar a grupos terroristas. Pero para lidiar con Donald Trump no estaban preparados. Casi tres meses después del comienzo de la guerra, Teherán no sabe muy bien si el acuerdo para finalizarla está aquí al lado o no. El sábado pasado sí: el acuerdo era inminente. El domingo, no tanto: «Las negociaciones avanzan de forma ordenada y constructiva y he indicado a mis representantes que no se precipiten a la hora de cerrar un acuerdo, ya que el tiempo juega a nuestro favor», dijo el presidente.

La música fue bien acogida por los mercados, que subieron, y por el precio del petróleo, que bajó. El acuerdo que se negocia en Doha con intermediarios cataríes contempla el fin de las hostilidades, la reapertura gradual del estrecho de Ormuz y la apertura de un plazo de dos meses para abordar el resto de los asuntos, sobre todo los relacionados con el programa nuclear iraní. Pequeños detalles que ya se irán viendo, cree el presidente. Quedan también las escaramuzas de última hora —esperemos—, como el intercambio de hostilidades en el sur de Irán de este pasado lunes.

¿Misión cumplida? No está muy claro, o está claro que no. Habrá que esperar y ver si el régimen iraní anterior al 28 de febrero estaba en mejor posición que el régimen iraní que salga del acuerdo de paz. Los costes causados por las turbulencias económicas del conflicto para EEUU son difíciles de calcular, aunque se habla de 29.000 millones de dólares.

Los más de 500 proyectiles Tomahawk disparados en los primeros 16 días del conflicto no podrán ser repuestos antes de varios años, y el resto de munición empleada —y lo que ha sufrido el bolsillo del consumidor— engorda la factura de la guerra. Los europeos aseguran que el conflicto les cuesta 500 millones diarios de euros. Los chinos y los rusos, encantados con el gasto y con la distracción.

Israel sí ha cubierto objetivos en estos tres meses. La guerra de Netanyahu ha sido provechosa para los intereses defensivos y de supervivencia del país, al que Irán quiere «borrar del mapa», como repiten constantemente los clérigos. La capacidad bélica iraní está disminuida, igual que la de sus grupos de representación en el Líbano —Hezbolá— y en la Franja de Gaza —Hamás—. Y aunque no está claro el perjuicio económico que ha supuesto para Irán este trimestre, fuentes israelíes creen que la situación es muy grave.

Tiene todo el sentido que el régimen iraní —al borde de la quiebra por la imposibilidad de vender y almacenar crudo, además de los efectos de la guerra— tenga paciencia con el tira y afloja de la Casa Blanca. Trump maneja estas negociaciones sin diplomáticos expertos en la región, que fueron despedidos y sustituidos por esas lumbreras que son su yerno, Jared Kushner, y el inversor inmobiliario Steve Witkoff. Su capacidad podría llegar a que las cosas queden más o menos como estaban y dejar que los expertos negocien la cuestión nuclear en los próximos meses. Por lo pronto, hay que esperar a ver si suena la flauta de las negociaciones en Doha con intermediarios cataríes.

Tiene también todo el sentido que Trump, después de marear la perdiz, concluya rápidamente el conflicto. Los precios de la gasolina —y la inflación en general— son pésimos argumentos para los republicanos en las importantes elecciones legislativas de noviembre. Los demócratas aspiran a recuperar el control de la Cámara de Representantes y mejorar sus posiciones en el Senado. La guerra no es popular, y si no termina, ya afectará de lleno a la campaña electoral.

Mientras tanto, y aprovechando que estábamos distraídos con las idas y venidas de Irán, Rusia machacó el pasado domingo la capital de Ucrania y sus alrededores con cientos de drones y misiles hipersónicos Oreshnik, capaces de llevar cargas nucleares. Docenas de viviendas de apartamentos y escuelas, además de infraestructuras, edificios oficiales, salas de conciertos y museos, sufrieron este ataque, uno de los peores bombardeos desde la invasión, hace más de cuatro años, aquella invasión que iba a triunfar en unas cuantas semanas. Humillado, Putin anuncia que bombardeará sistemáticamente Kiev, incluidas las delegaciones diplomáticas.

«Son tácticas políticas intimidatorias y una política de riesgo calculado en materia nuclear», denunció Kaja Kallas, la responsable europea de Exteriores, mientras que los dirigentes de Reino Unido y Alemania —el presidente del Gobierno de España estaba todavía en estado de shock después del zapaterazo y del resto de terremotos— condenaban la escalada de Moscú.

Y en Washington, Trump no se inmuta. No une sus protestas a las de los líderes europeos. Su verborrea no alcanza para comentar las imágenes de los edificios residenciales atacados por misiles. De nuevo, la voz de la valiente Kallas recuerda la vileza de este comportamiento: «No hay una zona gris. O estás con la libertad o estás con la agresión. Si dejamos de apoyar a Ucrania, estamos, en efecto, apoyando a Rusia».

Ucrania está ganando la guerra. Sus drones son más eficaces que los rusos. Sus ataques llegan hasta Moscú, aunque no se dirigen, como los rusos, contra objetivos civiles. Trump lo sabe. Xi Jinping lo sabe. Putin también lo sabe. Por eso el desfile del 9 de mayo de este año no fue de la Victoria, sino de la aceptación del fracaso: más de un millón de bajas, la economía en ruinas, cuatro años y medio de una «operación especial» que iba a durar tres días. Pero su capacidad de daño sigue ahí, y continuará los destrozos humanos y materiales si Donald Trump no le para los pies de una vez. Ucrania tiene las bazas. Rusia es vulnerable. EEUU se arrepentirá si no aprovecha este momento para facilitar un acuerdo aceptable para todos.

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