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Motor

Lepas L8, la tercera bala china que Chery dispara con el silenciador de un coche premium

La tercera marca del grupo chino ofrece un producto diferenciador de sus muy bien recibidas hermanas Omoda y Jaecoo

Lepas L8, la tercera bala china que Chery dispara con el silenciador de un coche premium

Lepas L8.

No hay quien los pare. La capacidad industrial es de tal calibre que están empezando a competir entre sí, pero no entre marcas ajenas, sino entre las propias de un mismo grupo. Por eso, diferenciarse es complicado. Sin embargo, hay una marca, neonata en nuestro mercado, que lo ha conseguido con su más reciente importación: el Lepas L8.

La recién llegada, tras la incursión de las exitosas Omoda y Jaecoo, no es un experimento ni un relleno de catálogo. Es más bien una apuesta con todo su aparato industrial detrás, y conviene tomarla en serio. Hablamos de Chery y de Lepas, que estrena gama con un SUV híbrido enchufable de casi cuatro metros y setenta centímetros.

Comparte mecánica con sus marcas hermanas, pero persigue un hueco propio con una imagen más serena, menos efectista, y más europea. Porque el diseño es, seguramente, su carta de presentación más persuasiva. La mirada frontal, con unas ópticas afiladas que recuerdan a cierta firma alemana con cuatro aros en el morro, le otorga buena parte de su carácter.

Detrás, los pilotos vuelven a conferirle ese aire de SUV germanoparlante de prestigio que resulta inspirador para tantos. Sobre una carrocería de proporciones equilibradas y acabado elegante, el conjunto respira una sobriedad que muchos rivales del momento persiguen y casi ninguno acaba de alcanzar.

Por dentro, Lepas quería distinguirse de Omoda y Jaecoo con un habitáculo de más nivel, y lo consigue sin recurrir a pirotecnias innecesarias. No es un salto abismal, pero sí un cuidado mayor en el diseño. Resulta perceptible sobre todo en una pantalla vertical que cae en cascada y transmite una sensación más cara de la que el precio promete.

Menos tocar el piano

Las unidades que lleguen a España sustituirán el negro piano tan frecuente de un tiempo a esta parte por un aluminio cepillado mucho más agradecido. Lo del negro piano acaba siendo un imán para huellas y manoseos, que parece un caso de estudio para los becarios del CSI de Las Vegas.

Hay un detalle que merece un aplauso; alguien dentro de la marca ha escuchado. Bajo la pantalla aparecen botones físicos de verdad para el climatizador: temperatura, ventilación, aire acondicionado, desempañado. Parece una menudencia, pero en un coche de esta procedencia, donde casi todo suele esconderse en menús y submenús táctiles, recuperar mandos que se accionan sin apartar la vista de la carretera es casi revolucionario. En el volante, la idea es la misma: pulsar, no tocar.

Pero si algo sorprende al subir a bordo, es la segunda fila. El suelo es completamente plano y el espacio para las piernas resulta fuera de lo común para un coche de este tamaño: dos adultos de buena estatura viajan detrás sin rozar siquiera al que va delante. La batería, colocada con astucia hacia un costado, no roba ni un centímetro.

El resto del habitáculo confirma una obsesión muy china por el almacenamiento. Hay huecos por todas partes, una guantera central refrigerada que mantiene fresca una botella en pleno agosto y una base de carga inalámbrica rápida que se agradece a diario. Un techo acristalado inunda de luz el interior y refuerza esa amplitud impropia de la categoría.

El maletero, sin ser descomunal, cumple con holgura para un híbrido enchufable y esconde un as bajo la manga: el V2L. Es la función que permite enchufar aparatos a la propia batería del coche. Una cafetera, una nevera portátil o una bicicleta eléctrica encuentran corriente donde antes solo había un hueco vacío. Esto convierte al L8 en una herramienta más que en un simple medio de transporte cuando uno huye del asfalto y se planta en mitad del campo.

Adaptación al gusto europeo

Al volante, lo primero que se aprende es a tener paciencia con un detalle heredado de la familia: para pasar de marcha adelante a marcha atrás, hay que detenerse del todo. Salvado ese pequeño peaje, el L8 se desliza por ciudad en silencio, en modo eléctrico y luciendo la etiqueta Cero, con suavidad.

La suspensión está calibrada para el confort, para tragarse los resaltos y los baches con una compresión inicial blanda que agradece quien va dentro. Aparece algo de balanceo, pero también un control de la carrocería ligeramente superior al de sus hermanas de grupo. No es un coche para buscar curvas con avidez, sino para devorar kilómetros de autovía sin que nadie a bordo tenga que levantar la voz.

Y es ahí, en la autovía, donde el L8 despliega su mejor virtud. El aislamiento acústico raya lo sobresaliente: un mutismo que no tiene nada que envidiar a berlinas premium de precio muy superior. Cristales laminados y un sistema que cancela el ruido en contrafase trabajan para que la conversación entre las plazas delanteras fluya como en una habitación cerrada. Para quien valora el silencio por encima de casi todo lo demás, esto es oro puro.

Un motor muy conocido

El motor, un 1.5 turbo de gasolina apoyado por la parte eléctrica, no busca emocionar y rara vez se hace notar. Pero el turbo marca la diferencia justo donde otros enchufables flaquean: en esas autovías españolas de subidas largas, con el coche cargado de gente y maletas, hay empuje de sobra. En modo Sport sobra potencia para cualquier adelantamiento. No es un deportivo, pero nunca se queda corto.

Quien se siente al volante esperando sensaciones se llevará una ligera decepción. Ni la dirección ni el freno están afinados para transmitir lo que ocurre bajo las ruedas; ambos priorizan la suavidad sobre la información. No es un defecto, sino una definición de su personalidad. El L8 no quiere que le conduzcan con los nervios a flor de piel, sino que se llegue descansado a destino. Es un coche concebido para el viajero sereno, jamás para el piloto de fin de semana.

Llama la atención que un coche con semejante potencial estético no ofrezca todavía una versión más afilada, más deportiva. Es una asignatura pendiente de casi toda la industria china, demasiado volcada en la tecnología de a bordo y poco en las variantes de carácter. Cabe esperar que, a medida que conquisten mercados, aprendan también a construir gamas más deseables y menos funcionales.

Precio ajustado y rebajas en camino

Se ofrece en dos acabados, Essence y Elegance, con una cifra de partida que ronda los cuarenta y dos mil euros, aunque ese número cuenta solo media verdad. El precio final se cocina en el concesionario, entre promociones, descuentos y financiaciones. Y aquí los chinos están por agradar, así que será fácil encontrar fuertes rebajas.

El Lepas L8 no ha venido a hacer ruido. Es un coche para quien quiere viajar lejos, en silencio y bien acompañado, sin que el desembolso le quite el sueño. No busca emocionar al volante, porque persigue otra cosa muy distinta: el sosiego.

En un segmento saturado de pretendientes casi idénticos, este recién llegado no grita más alto, sino que susurra. De momento, el L8 seduce con lo que es: un objeto sereno, bien resuelto y sorprendentemente refinado para lo que cuesta.

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