The Objective
Opinión

¿Qué debemos exigir a la universidad que forme a Leonor de Borbón?

Un jefe de Estado necesita comprender la complejidad humana, la historia y los peligros de los fanatismos

¿Qué debemos exigir a la universidad que forme a Leonor de Borbón?

La princesa Leonor. | Gtres

La noticia de que la princesa de Asturias cursará Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Carlos III de Madrid me hizo pensar inmediatamente en algo mucho más profundo que el simple nombre de una universidad o el prestigio de un campus. Me llevó a preguntarme qué debe exigirse hoy a una institución académica que vaya a contribuir a formar a una futura jefa del Estado. Qué significa realmente «formar» a alguien en una época marcada por la polarización, el presentismo, la velocidad de las redes sociales y la creciente tentación de convertir las universidades en meros centros de capacitación técnica o, peor aún, en espacios de militancia ideológica.

La casualidad quiso que, apenas unos días después de conocerse la noticia, asistiera en la Universidad de Navarra a unas jornadas doctorales tituladas «La investigación en la universidad: interdisciplinariedad, ética y sociedad». Y, escuchando a algunos de sus catedráticos, comprendí que, quizá sin pretenderlo, habían trazado una radiografía bastante precisa de lo que debería ser una universidad digna de ese nombre.

Porque una universidad no es solo un lugar donde se obtiene un título. Ni siquiera un sitio donde únicamente se adquieren competencias profesionales. Una universidad es, o debería ser, un espacio de búsqueda de la verdad. Y esa frase, que hoy puede sonar incluso antigua, encierra una enorme carga revolucionaria.

La rectora de la Universidad de Navarra, María Iraburu, insistió en algo esencial: «Una buena universidad debe formar e investigar». Parece una obviedad, pero quizá ya no lo sea tanto en un tiempo donde la investigación se mide muchas veces únicamente por su rentabilidad económica inmediata y donde determinadas facultades parecen más preocupadas por producir ideología que conocimiento.

Iraburu defendió que toda universidad debe tener una clara vocación investigadora y de formación, no de negocio. «Tú metes dinero y no obtienes dinero a cambio; obtienes conocimiento», explicó. Y probablemente ahí esté una de las claves del problema contemporáneo: hemos asumido que el saber debe justificarse exclusivamente por su utilidad económica inmediata. Como si el conocimiento solo tuviera valor cuando produce beneficios tangibles y rápidos.

Precisamente sobre eso reflexionó también el historiador Pablo Pérez López, catedrático y director científico del Instituto Cultura y Sociedad, quien comenzó su intervención alertando sobre la deriva ideológica que atraviesa parte del modelo universitario estadounidense. Un fenómeno que algunos intelectuales, como el historiador Niall Ferguson, llevan años denunciando: universidades extraordinariamente ricas, poderosas y sofisticadas desde el punto de vista técnico, pero cada vez más incapaces de tolerar el disenso intelectual o de fomentar un verdadero pensamiento crítico.

En ese contexto citó una frase demoledora del historiador Felipe Fernández-Armesto: «Las universidades nunca han estado más y mejor financiadas que ahora y nunca han sido más irrelevantes». La afirmación resulta tremenda, sí, pero obliga a plantearse una cuestión de fondo: ¿qué ocurre cuando la universidad pierde el sentido de su misión intelectual y moral?

Tal vez una parte de la respuesta esté en otro de los autores mencionados durante aquellas jornadas: Nuccio Ordine y su célebre obra La utilidad de lo inútil. Ordine, premio Princesa de Asturias de las Humanidades, defendía que existen saberes aparentemente «inútiles» que son, precisamente, los que sostienen la civilización. La literatura, la filosofía, la historia o el arte no sirven para fabricar riqueza inmediata, pero sí para formar ciudadanos capaces de pensar con profundidad, discernir y resistir la manipulación. «Si solo enseñas a las personas a hacer cosas de las que sacarán provecho económico, no estarás formando personas», vino a resumir Pablo Pérez. Y probablemente ahí resida una de las grandes diferencias entre instruir y educar.

Porque una universidad no puede limitarse a fabricar profesionales eficientes. También debe formar individuos libres. Personas capaces de comprender la complejidad del mundo, de argumentar, de debatir y de convivir con quien piensa distinto. Y eso exige tiempo, lectura, conversación y presencialidad.

De hecho, uno de los aspectos más interesantes de las jornadas fue precisamente la reivindicación de la presencialidad en una época obsesionada con lo digital. María Iraburu llegó a definirla como «el lujo del futuro frente a lo online del presente». La frase merece detenerse en ella. Hemos normalizado la idea de que todo puede hacerse a distancia: trabajar, estudiar, relacionarse o incluso investigar. Sin embargo, la universidad nació justamente como comunidad humana, como encuentro intelectual.

«El acto académico por antonomasia es sentarse a hablar», señaló la rectora. Y tiene razón: la conversación sigue siendo insustituible para el pensamiento crítico. No es casualidad que las universidades más prestigiosas del mundo, como la Universidad de Cambridge o la Universidad de Oxford, mantengan sistemas tutoriales y modelos de acompañamiento personalizado profundamente personalizados. La propia Iraburu reivindicó esa figura del mentor como una herramienta esencial en la formación universitaria.

También lanzó otra idea que debería hacernos reflexionar: una facultad cuyos alumnos no van a clase es sinónimo de que algo falla. En una sociedad donde el absentismo universitario se ha disparado y donde muchos estudiantes reducen el paso por la universidad a la obtención mecánica de créditos, la afirmación adquiere un enorme peso simbólico. El problema es que hemos empezado a entender la educación superior como un mero trámite burocrático hacia el mercado laboral. Y quizá por eso las humanidades atraviesan una crisis tan profunda. Lo paradójico es que, cuanto más tecnológico se vuelve el mundo, más necesario resulta el pensamiento humanista.

El profesor Ricardo Piñero, catedrático de Estética, abordó precisamente esa cuestión desde una perspectiva filosófica. «El fin de la universidad es la búsqueda de la verdad», afirmó. Y añadió algo aún más importante: «La universidad te tiene que cambiar la vida porque el paso por ella te compromete a buscar siempre la verdad». Puede parecer una frase grandilocuente, pero encierra una enorme verdad. La universidad no debería ser un simple lugar de paso. Debería transformar la manera de mirar el mundo.

Piñero recordó además una idea fundamental de Baruch Spinoza: «No se puede pensar sin libertad». Y esa libertad intelectual exige algo que hoy parece cada vez más difícil: tolerar la discrepancia. Una universidad donde existe miedo a opinar, donde determinadas posiciones ideológicas son automáticamente canceladas o donde el debate se sustituye por consignas, deja de ser universidad para convertirse en otra cosa.

En ese sentido, resulta especialmente interesante que Piñero defendiera incluso que las universidades deberían plantearse qué tipo de alumnos quieren tener: personas comprometidas con la búsqueda de la verdad. Porque no todo consiste en acumular expedientes brillantes. También importa la actitud intelectual y moral.

Quizá ahí entra en juego otra idea muy presente durante aquellas jornadas: el sentido de servicio. María Iraburu insistió varias veces en ello. «Todo lo que hacemos, lo hacemos para dar sentido al mundo y dar un servicio a la sociedad». La frase conecta con una tradición universitaria europea que entendía el conocimiento no como un privilegio elitista, sino como una responsabilidad pública.

Y eso enlaza inevitablemente con la formación de una futura jefa del Estado. Porque, más allá de la universidad concreta elegida por la princesa de Asturias, lo verdaderamente importante es qué visión del mundo adquirirá allí. Si aprenderá únicamente técnicas de gestión política o si, además, desarrollará profundidad histórica, capacidad crítica, cultura humanística y verdadera independencia intelectual.

Un jefe de Estado no puede ser solo un tecnócrata bien preparado. Necesita comprender la complejidad humana, la historia, las contradicciones de las sociedades y también los peligros de los fanatismos. Necesita saber escuchar. De hecho, Pablo Pérez recordó una preciosa reflexión de Plutarco: «La mente no necesita ser rellenada como si fuera un recipiente, sino encendida como la leña por una chispa que impulse la búsqueda de la verdad».

Esa quizá sea la gran misión de la universidad: encender intelectualmente a las personas. Y hacerlo, además, en libertad. Sin dogmatismos. Sin sectarismos. Sin reducir la complejidad de la realidad a eslóganes políticos o trincheras ideológicas.

El exrector Alfonso Sánchez-Tabernero insistió también en la importancia de la identidad universitaria. En el caso de Navarra, explicó, esa identidad es cristiana y de ella deriva buena parte de su ideario. Se podrá compartir o no, naturalmente, pero al menos existe un proyecto intelectual reconocible. Y quizá ese sea otro de los grandes males contemporáneos: universidades que han perdido cualquier identidad propia más allá de rankings, indicadores y estrategias de marketing.

Al final, uno sale de unas jornadas así con la sensación de que seguimos necesitando universidades que aspiren a algo más alto que producir empleados eficientes. Universidades capaces de formar ciudadanos cultos, libres y moralmente responsables.

Tal vez porque, como recordó Ricardo Piñero, «la verdad antes que la paz» —veritas ante pacem— sigue siendo una idea profundamente vigente. Incluso aunque obligue a pensar, que nos recuerde que educar nunca consistió simplemente en enseñar a ganar dinero.

Y precisamente por eso resulta preocupante que algunas universidades hayan terminado confundiendo pensamiento crítico con activismo político. Basta entrar en determinadas facultades para encontrar murales gigantescos alabando figuras y símbolos vinculados al comunismo, como si la universidad debiera funcionar como un espacio de adhesión ideológica y no de reflexión intelectual.

La pregunta es inevitable: ¿alguien imaginaría con naturalidad esos mismos muros exaltando el fascismo? Probablemente no. Y ahí aparece una evidente doble vara moral que revela hasta qué punto ciertas ideologías han logrado instalarse en el ámbito universitario bajo una aparente superioridad ética.

El comunismo, como el fascismo, tiene pleno sentido dentro de la universidad, pero como objeto de estudio, análisis y debate crítico; no como catecismo político ni como estética militante incrustada en aulas y pasillos. Porque una universidad deja de cumplir su función cuando sustituye la búsqueda de la verdad por la reafirmación emocional de una determinada tribu ideológica.

También por eso resulta tan dañino para el prestigio académico que proliferen estructuras universitarias percibidas más como plataformas de influencia política o redes de intereses que como verdaderos espacios de conocimiento. El caso de la cátedra codirigida por Begoña Gómez ha generado precisamente ese debate: el de hasta qué punto determinadas iniciativas responden realmente a criterios de excelencia académica, investigación y saber o, por el contrario, proyectan la sensación de que la universidad puede convertirse en un instrumento al servicio del poder político y las relaciones de influencia. Y pocas cosas erosionan más una institución universitaria que la sospecha de que el mérito intelectual deja de ser el criterio fundamental.

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