El cuello de botella del rearme europeo no es el dinero: lo que falta es personal en las fábricas
La regeneración de una industria aletargada requiere de manos que carecen de la formación adecuada

Línea de producción de la alemana Rheinmetall.
A tres turnos diarios, así están. Es en un taller en el sur de Alemania que lleva funcionando desde el siglo XIX y que nunca había trabajado tanto y tan deprisa como ahora. Las máquinas que fabrican las cajas de cambios de los carros de combate de la OTAN no se detienen de noche a un ritmo nunca visto. El libro de pedidos está lleno, y el siguiente también.
La escena transcurre en estos días en la factoría de Renk, el fabricante de transmisiones de Augsburgo, y lo frenético de su actividad es solo un síntoma. Y no se trata de una historia bélica, sino de una historia industrial. Es el reflejo de un continente que reaprende un oficio que había decidido olvidar.
El gasto en defensa de los Estados miembros de la Unión Europea alcanzó los 381.000 millones de euros en 2025, un 62% más que al inicio de la década, aunque se espera que la cifra se eleve. Pero los números son solo el punto de partida. Lo interesante es qué se construye con ese dinero, dónde y por quién. Porque lo que está ocurriendo no es una compra masiva de armas, sino la reconstrucción de una industria casi desaparecida.
El emblema de todo ello es Rheinmetall. La compañía de Düsseldorf cerró 2025 con 9.935 millones de euros en ventas, un 29% más, y una cartera de pedidos récord de 63.800 millones, más de seis veces su facturación anual. Sus acciones también han hecho ricos a muchos inversores: pasaron de los 267 euros en noviembre de 2023 a tocar los 2.008 euros en octubre de 2025.
Para 2026 prevé crecer entre un 40 y un 45%. Ha triplicado su capacidad de fabricar proyectiles de 155 milímetros desde 2022 y apunta a una producción de 1,1 millones de obuses anuales en 2027. Esa cola de pedidos, imposible de despachar con rapidez, convierte sus ingresos futuros en algo más previsible que en casi cualquier otro sector de la economía. Pero hay un problema.
En Alemania, los pedidos de defensa se duplicaron entre 2025 y principios de 2026, pero la producción industrial apenas se movió. Un contrato firmado hoy no produce un misil el trimestre siguiente: una fábrica tarda años en levantarse y las máquinas de precisión necesarias llegan con meses de demora. La munición, además, es un sistema y no una pieza. Si fallan los propulsores, los proyectiles se amontonan; si se retrasan las espoletas, no sale nada por la puerta de la factoría. Los de los coches saben muy bien lo que es esto.
Por eso Rheinmetall ha armado una red de plantas que reparte el riesgo, con una distribución internacional: ampliaciones en España y Sudáfrica, fábricas nuevas en Lituania y Ucrania o acuerdos en Rumanía y Bulgaria. La lógica es industrial antes que patriótica. Un país que solo compra armas depende de sus proveedores; uno que las fabrica se convierte en un activo y en socio estratégico.
Polonia lo ha entendido mejor que nadie: con un 4,7% del PIB en defensa, la mayor proporción del Viejo Continente, levanta junto a BAE Systems una planta capaz de producir 180.000 proyectiles al año. Cada nación aporta lo que conoce y maneja.
Noruega fabrica misiles que comparten tecnología con sus motores de cohete espacial. Suecia construye cazas, submarinos y munición guiada. Finlandia, con 1.340 kilómetros de frontera rusa, ha transformado esa vecindad en urgencia compradora y foco industrial.
Francia, que nunca desmanteló nada, mantiene el ecosistema más autopropulsado del continente: fabrica sus aviones, sus submarinos, sus satélites y sus ojivas nucleares sin necesidad de ayuda externa. El caza Rafale lleva años con la cartera de pedidos saturada. El que quiera uno, que se ponga a la cola.
El mar y sus necesidades
El escenario más vigilado es el mar. Desde el sabotaje del gasoducto Nord Stream en 2022, se han registrado al menos 16 incidentes de daños a cables y tuberías submarinas en el Báltico. No uno: 16.
En diciembre de 2024, un petrolero de la flota fantasma rusa cortó cuatro cables de datos y el interconector eléctrico Estlink 2. La OTAN respondió con la operación Baltic Sentry, pero el dilema jurídico es exasperante: la Declaración de Washington admite el sabotaje submarino como motivo de artículo 5 solo «si se considera un ataque armado». Una respuesta exige el consenso de treinta y dos países mientras los barcos siguen navegando.
Sin embargo, la gran novedad no son los gigantes industriales centenarios, sino una reata de empresas que hace cinco años no existían. La inversión privada en startups europeas de defensa tecnológica superó los 5.000 millones de euros en 2024, cinco veces más que en 2019.
Startups que valen más que empresas seculares
El caso paradigmático es Helsing. Fundada en Múnich en 2021, cerró 2025 valorada en 12.000 millones de euros y negocia ahora una ronda de financiación que la situaría cerca de los 18.000 millones, más que muchos fabricantes de cañones con un siglo de historia. Fabrica el dron kamikaze HX-2, de 12 kilos y 100 kilómetros de alcance, capaz de operar sin señal de satélite.
El Bundestag aprobó en febrero de 2026 un contrato inicial de 269 millones para las municiones merodeadoras de Helsing, ampliable a 1.460 millones en siete años. Lo revelador es quién perdió: Rheinmetall quedó fuera tras no entregar a tiempo un demostrador que funcionase como se requería.
La frontera entre lo militar y lo civil casi se ha disuelto. Los radares de la española Indra vigilan el espacio aéreo civil y el militar con el mismo equipo. Los vehículos submarinos autónomos suecos inspeccionan oleoductos o cazan submarinos. En 2025, piratas informáticos rusos atacaron infraestructuras polacas, una presa noruega y servicios daneses.
Ciberseguridad, en crecimiento exponencial
Toda gran empresa de defensa tiene ya su división de ciberseguridad, y construir un ejército y blindar un país se han vuelto tareas difíciles de distinguir. Para alambicarlo, el armazón financiero promete durar al menos dos décadas. El plan ReArm Europe abre la puerta a 800.000 millones adicionales hasta 2030, el instrumento SAFE aporta 150.000 millones en préstamos y la cumbre de La Haya de 2025 fijó el objetivo del 5% del PIB para 2035. Hay dinero, mucho dinero.
Alemania sola se ha comprometido a aflojar la cartera por valor de 162.000 millones anuales en 2029. Esos compromisos generan contratos, que generan fábricas, que generan empleos.
Pero tras ese crecimiento de orden casi exponencial aparece el obstáculo que ninguna cifra refleja. Faltan entre 150.000 y 200.000 trabajadores cualificados en la base industrial europea de defensa, cerca del 70% de su plantilla actual.
Muchas más manos
Los químicos de propelentes, los torneros de precisión, los especialistas en electrónica y los ingenieros de inteligencia artificial necesarios para llenar las fábricas no existen en número suficiente. Los que había se jubilaron durante los años de la paz, se fueron a la automoción o nunca se acabaron de formar del todo. Los salarios del sector suben ya entre un 15 y un 20% anual mientras todos compiten por el mismo puñado de manos, que siguen siendo pocas. Hijo, no te alistes en el ejército, alístate en la industria que fabrica su arsenal.
La respuesta de Bruselas es un programa para formar a 600.000 trabajadores antes de 2030. Es la población de una ciudad mediana, que tendrá que adquirir destrezas de las que tardan años en madurar. De modo que la restricción que decidirá el éxito de este rearme no es el dinero, ni los contratos, ni la voluntad política. Es la gente. Europa ha recordado, treinta años tarde, cómo se firma un cheque de defensa. Le falta recordar quién aprieta los tornillos.
