David Sánchez y el badajo de la campana
«No puede evitar la torpeza y elegir una forma de vida caótica, extraña y surrealista, propia de un artista de su naturaleza»

David Sánchez a su salida del juzgado número 3 de Badajoz el pasado mes de abril. | Andrés Rodríguez (EP)
Al final un servidor le va a coger simpatía al hermanísimo. Y es que David Sánchez, con ese aspecto tan despistado como atolondrado, parece un elefante entrando en una cacharrería. Él no quiere hacer ruido y destrozarlo todo, sino todo lo contrario, pero es que lo lleva implícito en su naturaleza. No puede evitar la torpeza y elegir una forma de vida caótica, extraña y surrealista, propia de un artista de su naturaleza. Parece un ser despistado, alguien que vive en su propio mundo y por eso no sabe a qué se dedica exactamente ni dónde está el lugar donde debe llevarlo a cabo. No sabe si vive en España o Portugal, si en Madrid o en Badajoz, si debe pagar los impuestos a nuestros hermanos portugueses o a las arcas españolas para que su hermano los gestione a su peculiar manera. Él fluye dentro de su realidad y se deja llevar por lo que ocurre y por sus ocurrencias, que no son lo mismo.
Que los hermanos Sánchez tienen una forma muy particular de ver la vida es algo ya conocido. Uno destroza el país sin alterarse, y el otro es un artista bohemio casado con una japonesa con la que convive de vez en cuando, y cuya composición musical más conocida está dedicada a una chirimoya. Siempre se ha dicho que los artistas viven abstraídos de la realidad. Su mundo es el de las ideas, el de la búsqueda de la inspiración que dé con la gran obra maestra, ese sueño que por fin lo despertaría al mundo de los demás. Eso explicaría su apariencia despistada durante todo el juicio por el que puede acabar en la cárcel por, entre otras cosas, beneficiarse de un tráfico de influencias. No parece sentir ni padecer, ni que le fuera a cambiar mucho su mundo interior si sale culpable y tiene que pasar seis años a la sombra.
Pero si un servidor ha querido dedicarle este humilde artículo al hermanísimo es por la última noticia que se ha sabido de ese gran director musical que es David Azagra, su nombre artístico cuando quiere separar su apellido del de su hermano. Aunque para artista, Pedro, el mejor dramaturgo y actor para la España inculta, que casualmente coincide con sus votantes. La noticia es que se ha sabido que David Sánchez realizó parte de su formación para ser ese gran músico que es en Rusia, para especializarse en el estudio de los repiques de campanas y en la utilización musical de estos instrumentos, algo tradicional en ese país. El hermanísimo dedicó años a profundizar en esta disciplina, según el artículo firmado por ese gran periodista de investigación que es Alejandro Entrambasaguas. Aunque parece que, para ser director de orquesta sinfónica, tocar las campanitas no es muy necesario, todo sumaba para conseguir la plaza en Badajoz.
Un servidor tiene que reconocer que hay que ser muy artista para dedicarle varios años a las campanas. Ese objeto de apariencia tan simple como David Sánchez, con el que el hermanísimo quiso mimetizarse. Uno no cree que como instrumento sea tan sustancioso como para dedicarle tanto tiempo, ni que ser un virtuoso del mismo te ponga a la altura de un gran violinista o pianista. O David es un cachondo o le daba igual perder el tiempo de una u otra manera, sabiendo que el verdadero director de orquesta era su hermano y que ya le diría él lo que tenía que tocar o componer para poder beneficiarse de ello. Un servidor pensaba que, cuando se decía que el hermano del presidente se había dedicado a tocarse el badajo, se refería a otra cosa, y no al de la campana.
A partir de ahora, los juegos de palabras con ese objeto asociados al hermanísimo estarán a la orden del día. Se podrá decir que dio la campanada al conseguir esa plaza en Badajo(z). Que oía campanas y no sabía dónde cuando el juez le preguntaba dónde y en qué trabajaba, y él contestaba manifestando un estado de desorientación evidente. Si tiene suerte y el juez lo declara inocente, podrá celebrar en familia las próximas fiestas navideñas y cantar el villancico Campana sobre campana. Si, por el contrario, es declarado culpable y debe ir a prisión, a nuestra mente vendrá el título de ese famoso libro de Hemingway, Por quién doblan las campanas, pues supondrá la muerte del artista, no del hombre, y, como humanos que somos, nos afecta a todos perder ese don suyo. Echar las campanas al vuelo y celebrar una segunda parte de La danza de las chirimoyas pensando que quedará libre, y que sea la campana su única compañera en la celda. Que dé la campanada en un futuro y se le entregue el Premio von Karajan a toda su trayectoria y, en especial, por ser un virtuoso de la campana con su obra magna Tolón, tolón. Que, si sigue su hermano como presidente del Gobierno, un año sea elegido para dar las 12 campanadas en Televisión Española. Nadie más experto que él para conocer su sonido y su cadencia. Que, aunque ahora parezca un boxeador a punto de tirar la toalla ante los golpes de la realidad, en el último momento pase algo por lo que consiga estar salvado por la campana.
