Defensa de la belleza femenina normativa
«La estética, la inteligencia y la bondad a partes iguales son lo que hace que la belleza exterior e interior mariden»

Marilyn Monroe, para muchos la personificación del ideal de la belleza femenina. | EFE
Un servidor se está divirtiendo mucho con el debate sociológico de esta semana. No tiene que ver, por suerte, con nada político. Con si amparar o mirar para otro lado cuando los que roban, son corruptos o gestionan mal la cosa pública está bien o mal según lo hagan los de tu cuerda ideológica o los de la otra. Que la sociedad está podrida en ese aspecto es algo más que evidente. Pero el tema que tiene al personal revolucionado es el de la belleza femenina normativa, que no es lo mismo que lo de «la casita de Bad Bunny». Lo de ese cantante famoso y sus conciertos en España de estos días es solo la excusa para ir al otro tema, por cierto, tan viejo como la historia de la humanidad.
Que a los hombres heterosexuales les gustan las «tías buenas» o de belleza femenina normativa ha sido así desde siempre. La estética es algo que embriaga los sentidos, que provoca guerra y paz, latido y suspiro a lo Tolstói. O, cambiando el orden de los factores, a lo Calamaro en Los Rodríguez: «Dame paz y dame guerra, y un dulce colocón, y yo te entregaré lo mejor». Baudelaire dijo que la belleza es inexplicable. Algo que se siente, que se ve y que no necesita de unas vulgares palabras habladas o escritas para ser explicado. La belleza pura, superlativa, ni tiene ni busca justificación.
Está claro que la belleza es subjetiva. Que hay quien puede verla en un vómito en la acera de una calle o en una bolsa vacía mecida por el viento. La belleza es algo que te encuentras y que funciona como un cuidado paliativo de esta vida mayoritariamente mediocre, convencional y gris. La belleza no se puede imponer, es algo de libre elección, pero puede ser mayoritaria, como una democracia auténtica. Y esa sería la belleza femenina normativa, la que pone más de acuerdo a los hombres, pero también a las mujeres a la hora de intentar definirla. Un rostro y unos atributos físicos que ponen a casi todos de acuerdo. A los primeros a los que no cumplen esa belleza superlativa, que somos casi todos y todas.
A los hombres lo tengo claro, pero si se preguntase a una mujer normal, vulgar o directamente fea cuál es su prototipo de belleza masculina, diría Paul Newman, Robert Redford, Brad Pitt, Jacob Elordi, Mario Casas o Maxi Iglesias. Ninguna diría un bajito, un calvo, una persona con sobrepeso o alguien a quien doliera mirarle la cara. Y eso los hombres no solo lo aceptamos de buen grado, sino que lo entendemos perfectamente. Y si esos hombres nombrados no son la belleza masculina normativa, que venga Dios y lo vea. Si se han dado cuenta, entre esos hombres no he citado a Bad Bunny, pues no cumple los patrones estéticos de la mayoría de las mujeres, tanto de las guapas como de las feas. Pero ambos tipos se vuelven locos porque él les haga caso y las elija. Un hombre puede ser del montón mientras su cuenta corriente no lo sea. Por lo menos, a la «vista» de este tipo de mujeres.
Si a la mayoría de los hombres nos hubieran obligado a elegir entre las mujeres de la casita de Bad Bunny, lo primero es que no hubiéramos aceptado esa parte del espectáculo, precisamente por ser de todo menos algo estético y bello. Una casa bajita donde un grupo de mujeres que parecen gogós de discoteca cutre o modelos de imagen del cumpleaños de Lamine Yamal compiten para que les haga caso, aunque sea por un segundo, el macho alfa, y fantasean con ser la elegida para llevar una vida de lujo. Pero si hubiéramos tenido que hacerlo bajo amenaza de muerte, habríamos elegido al mismo tipo de mujeres. Se trataba de bailar y contonearse al son de las «feministas» canciones del puertorriqueño. Si hubiera sido para hablar sobre filosofía, literatura o termodinámica, para empezar, habría que haber hablado con ellas.
Ya hemos dicho que la belleza habla por sí sola, y muchas nos habrían sorprendido para bien y otras tantas para mal. Algunas preferirían hablar, además, de sus valores, de lo que les mueve por dentro. Y es que la estética, la inteligencia y la bondad mezcladas a partes iguales son lo que hace que la belleza exterior e interior mariden de manera perfecta. Mientras tanto, no nos engañemos y entendamos que nuestros ojos, nuestros pensamientos y, a veces, también nuestro corazón se vayan detrás de las tías buenas.
