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Cultura

Esta bióloga evolutiva cuestiona por qué nos empeñamos en discriminar la diversidad

En ‘El arcoíris de la evolución’, Joan Roughgarden expone la diversidad sexual y de género en los animales, incluidos los humanos, para así aceptarla

Esta bióloga evolutiva cuestiona por qué nos empeñamos en discriminar la diversidad
Alex Jackman (Unsplash)

«En algunos momentos he disfrutado mucho escribiendo este libro; en otros, he tenido miedo de lo que tenía que decir. La visión que muestro aquí sobre nuestros cuerpos, sobre el género y sobre la sexualidad es radicalmente nueva. He seguido adelante porque creo que el mensaje es positivo y liberador».

Esto escribe Joan Roughgarden en su libro El arcoíris de la evolución: diversidad, género y sexualidad en la naturaleza y en las personas, publicado en 2004 y editado ahora en España por Capitán Swing. Roughgarden es bióloga evolutiva, doctora por la Universidad de Harvard y profesora en Stanford. Declaró públicamente su transexualidad a los 52 años. 

«Mi enfoque es el que adoptaría un marciano biólogo que viniera de expedición a la Tierra. Observaría a su alrededor y se percataría de la diversidad que existe entre los animales, incluidos los humanos. El objetivo es desentrañar qué hay en esta diversidad; no explicarla, sino aceptarla y ponerla sobre la mesa para futuras discusiones». El libro critica la versión de los roles de género universales de machos y hembras sobre los que Darwin escribió en torno a 1871 y se llamó selección sexual. Los machos siempre promiscuos y las hembras como quisquillosas y tímidas, apunta Roughgarden.

Imagen vía Editorial Capitán Swing.

«El objetivo es desentrañar qué hay en esta diversidad; no explicarla, sino aceptarla y ponerla sobre la mesa para futuras discusiones»

La autora defiende que la naturaleza ofrece una asombrosa cornucopia de diversidad sexual y de género. Con este libro descubrió una diversidad mayor de lo que había imaginado y su conclusión es que cada disciplina académica tiene su propia manera de discriminar la diversidad: ecología, biología, antropología, sociología, teología. «Lo que no apoyo es que, porque exista variación sexual y de género en los animales, esta variación tenga que ser también buena para los humanos. La gente podría pensar que voy a decir algo como ‘lo natural es bueno’. Creo que la bondad de cualquier rasgo pertenece al campo de la ética, no al de la ciencia. El infanticidio es algo natural en muchos animales, pero no está bien en los humanos». Defiende que reafirmar la diversidad en las personas está bien no porque los animales sean homosexuales o transexuales, sino porque nos convierte en una sociedad más justa y productiva. 

Diversidad en el reino animal: adiós, Darwin

En el libro de Roughgarden aparece tal cantidad de animales que muchos de ellos son desconocidos por el grueso de la población. Pone decenas de ejemplos para demostrar que la diversidad existe en la naturaleza; como el pez payaso, conocido gracias a la película Buscando a Nemo. Como sabemos gracias al cine, una familia de peces payaso vive en una anémona marina. Si la hembra desaparece, el macho se convierte en hembra y uno de los peces jóvenes pasa a convertirse en macho. Por otra parte, una especie de pez luna tiene un total de cuatro géneros: tres machos y una hembra, mientras que el gorrión de garganta blanca de Ontario (Canadá) tiene cuatro géneros: dos de machos y dos de hembras. Así que, «la noción de un modelo universal de macho o hembra es falsa», escribe. 

Según la autora, la puntilla que termina por llevar a la tumba la teoría de la selección sexual de Darwin es el descubrimiento en la naturaleza de numerosos casos de sexualidad entre individuos del mismo sexo. Las afirmaciones de que la homosexualidad es antinatural han causado importantes sufrimientos y persecuciones a las personas homosexuales, además de una baja autoestima y una devaluación de su dignidad personal, denuncia. «Un sondeo sobre apareamientos entre individuos del mismo sexo descubrió noventa y cuatro descripciones en aves. Los gansos comunes son bien conocidos por ser el ejemplo del ideal social humano de una unión para toda la vida. Las uniones entre ocas gais también son estables y pueden permanecer juntas hasta 15 años –suelen vivir 20–». En 1999 se presentaron descripciones detalladas de conductas homosexuales en machos y hembras de más de 100 especies de mamíferos: el ciervo común, el reno, la jirafa, el antílope, el bisonte americano, la cebra común, el elefante africano, etc. 

«No soy ni mucho menos la primera en pedir la revisión profunda de la teoría de la selección sexual»

«Me doy perfecta cuenta de la gravedad que implica desacreditar el texto maestro de una disciplina. Creo que esta teoría ha fomentado la injusticia social y que nos iría mejor, tanto científica como éticamente, si nos deshiciéramos de ella. No soy ni mucho menos la primera en pedir la revisión profunda de la teoría de la selección sexual». El propio Darwin admitió que muchos animales no encajan en un binario sexual, trabajó con percebes, que son hermafroditas simultáneamente, pero no intentó encajarlos en su teoría, escribe la autora. Tampoco prestó atención a que existiera la sexualidad entre individuos del mismo género en la naturaleza ni consideró que el apareamiento pueda tener otra función que no esté ligada a la reproducción. Así, Roughgarden habla de cómo el sexo puede ayudar a establecer coaliciones con otros individuos o a la integración de un nuevo miembro en el grupo, por ejemplo. 

«He sido clara sobre mi punto de vista. Soy una mujer transexual; estoy legitimada, como dicen los abogados, para demandar por daños y prejuicios a esta teoría –la selección sexual–: me niega mi lugar en la naturaleza, me encasilla en un estereotipo con el que no puedo vivir; lo he intentado». 

Joan Roughgarden. | Imagen vía Editorial Capitán Swing.

¿Iguales? ¿Distintos? ¿Enfermedad?

«La biología del desarrollo ha caído en la misma trampa que la teoría de la selección sexual: asumir que existe un modelo maestro que es la norma y que cualquier variedad que surja es una desviación defectuosa de esa norma ideal. Aunque los primeros científicos podrían haberse acercado a la biología del desarrollo dispuestos a aceptar la diversidad de mecanismos moleculares que producen la diversidad de cuerpos y comportamientos, la tónica ha sido dar la alarma ante cualquier atisbo de diversidad etiquetándola como enfermedad y ‘curándola’. Es cierto que a veces aparece la enfermedad y que se necesitan soluciones para algunas dolencias, pero el modelo lo que hace es tergiversar la naturaleza humana, infligiendo tratamientos innecesarios e incluso dañinos a las personas con la intención de ‘curarlos’».

En opinión de Roughgarden, las personas «normales» no son un mar homogéneo de genotipos, cuerpos y cerebros. Son tan diversas genéticamente como los copos de nieve. Para ella, las diferencias entre gais y heterosexuales o entre dos grupos cualesquiera deben evaluarse en relación con las diferencias dentro de los propios grupos. Es decir, si los hombres heterosexuales muestran una gran variación biológica entre sí, la diferencia entre un hombre heterosexual y uno gay no tiene que ser más relevante que la que existe entre dos varones heterosexuales. 

La autora cita precedentes biológicos que apoyan la hipótesis de que hay distintas características conductuales de los humanos, incluida la expresión de género, que podrían deberse a diferencias en la organización del cerebro. Así, hay estudios que refieren que los cerebros de las mujeres lesbianas parecen diferir de los de las mujeres heterosexuales. En cualquier caso, «hay pruebas sustanciales que apuntan a componentes tanto genéticos como ambientales en el desarrollo de la sexualidad entre personas del mismo sexo. Nadie que insista en un factor excluyendo el otro puede tener razón».

« El valor y el carácter natural de la homosexualidad deben quedar tan científicamente claros como el hecho de que la tierra es redonda»

Clasificar la diversidad humana como enfermedad supone una de las principales amenazas para el arcoíris humano, denuncia. Llegas a creer que te pasa algo malo, ¿cómo pueden producirse estos abusos en el mundo actual?, se pregunta. «Seamos claros: no se puede curar la homosexualidad porque no hay ninguna enfermedad que curar. El valor y el carácter natural de la homosexualidad deben quedar tan científicamente claros como el hecho de que la tierra es redonda. Solo así la aceptación de la homosexualidad no se desmoronará en cuanto el péndulo político vuelva a oscilar». 

Los tiempos han cambiado y mientras la homosexualidad se elimina de la lista de enfermedades, parece que el fantasma de la cura ha desaparecido pero la autora tiene sus dudas y miedos: «Su último disfraz puede ser la promesa del aborto selectivo: los padres pueden utilizar el diagnóstico genético de preimplantación para evitar tener hijos con trastorno de déficit de atención, por ejemplo, o hijos destinados a ser bajitos o torpes, o predispuestos a la homosexualidad».

Mientras tanto, tras renunciar a la homosexualidad como patología los esfuerzos se centraron en la transexualidad como la nueva enfermedad que curar. «Ser transgénero en la sociedad actual requiere tecnología médica. Una analogía cercana es estar embarazada. Una mujer embarazada no tiene una enfermedad, pero necesita un servicio médico. Creo que ser trans, al igual que el embarazo, es una condición humana normal cuya expresión debe verse favorecida por los servicios médicos. Los procedimientos transgénero deben considerarse un servicio médico necesario para el crecimiento personal, no una terapia para curar una enfermedad. No estoy a favor de las hormonas a demanda, creo que hay que sopesar los peligros y la importancia de las hormonas y los procedimientos quirúrgicos, pero descubrir la identidad transgénero debería ser un motivo de alegría y felicidad para todos». 

Joan Roughgarden. | Imagen vía Editorial Capitán Swing.

«No estoy a favor de las hormonas a demanda, creo que hay que sopesar los peligros y la importancia de las hormonas y los procedimientos quirúrgicos, pero descubrir la identidad transgénero debería ser un motivo de alegría y felicidad para todos»

El ser humano no está dividido en dos clases normales y diferentes, defiende. «Nuestra especie es un arcoíris de normalidades en todos los detalles corporales. Sin embargo, al igual que las ciencias naturales, las ciencias sociales desechan esa misma diversidad que sus minuciosas investigaciones y sus textos primarios documentan con tanta claridad. Muchos se sorprenden al conocer lo extendidas que están la expresión transgénero y la homosexualidad entre los pueblos del mundo y a lo largo de la historia. Nunca nos lo han contado». 

Pueblos y culturas diversas

Roughgarden termina su libro haciendo un repaso de la diversidad a lo largo de la historia. Las naciones nativas de América ofrecían un rico entorno social para las personas que hoy llamamos transexuales, gais y lesbianas. La Polinesia sigue mostrando a día de hoy a los mahu: que significa mitad hombre y mitad mujer– incluyen a mujeres masculinas y a hombres femeninos–. En India existen las hijras: personas trans de hombre a mujer. 

«La variación de género fue generalmente reconocida por los escritores antiguos en sus descripciones de los eunucos. Podemos encontrar descripciones de eunucos en los escritos del imperio romano tardío, así como en la Biblia y en los textos islámicos. A los eunucos que guardan mis sabbats, que escogen aquello que me agrada y mantienen mi pacto, les daré en mi casa y dentro de mis muros un monumento y un nombre mejor que hijos e hijas; les daré un nombre eterno que no será borrado, Isaías 56, 3-5, RSV», cita la autora. Además habla de que en el cristianismo la categoría eunuco estaba poblada de mujeres masculinas. En el libro se refiere también a las mujeres santas que se vestían y vivían como hombres, los llamados «santos travestidos», como el caso de Tecla, que escuchó la predicación de Pablo, se convirtió al cristianismo y juró permanecer virgen; se vistió como un hombre, viajó con Pablo y fue bautizada por él. 

Durante la Edad Media y hasta la actualidad aparecieron personas como Juana de Arco, «asesinada precisamente por su expresión de identidad de género». Roughgarden incluye parte de la sentencia del tribunal que la condenó a morir en la hoguera. Sentencia que incluye estas palabras: «Te condenas a ti misma al no querer llevar la ropa que corresponde a tu sexo».

«Muchos se sorprenden al conocer lo extendidas que están la expresión transgénero y la homosexualidad entre los pueblos del mundo y a lo largo de la historia. Nunca nos lo han contado». 

«A cada uno de nosotros se nos dice que somos algo imposible. Y, sin embargo, existimos. Y somos buena gente». Joan Roughgarden. | Imagen vía Editorial Capitán Swing.

Las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo eran corrientes en la Antigüedad, aunque no como una categoría de identidad personal, matiza, y cita a Platón y El banquete y Fedro. En cuanto a la Biblia, solo unos pasajes hacen referencia a la homosexualidad y ninguno la condena de manera clara e inequívoca, dice. «Contiene dos extensos pasajes que retratan el amor entre parejas del mismo sexo: Noemí y Rut, y Jonatán y David. Luego, en las historias de Sodoma y Gabaa, lo que se condena es la violación y la falta de hospitalidad con los visitantes. En el Levítico, la sexualidad masculina entre personas del mismo sexo con penetración se exige que sea socialmente limpia. Y en la carta de Pablo a los romanos se condenan los excesos sexuales fuera de lugar, se equiparan los actos homosexuales femeninos con los masculinos y se advierte a todos de las consecuencias negativas de la promiscuidad. Los pasajes instan a un enfoque responsable de la expresión sexual tanto para las personas homosexuales como para las heterosexuales. Algo rígido, sin duda, pero totalmente coherente con la ratificación de una plena participación de gais y lesbianas en todos los aspectos de la vida religiosa cristiana. La comprensión de que los pasajes bíblicos no pueden justificar la exclusión de gais y lesbianas no es nueva». 

Por otro lado, hay jóvenes que están explorando nuevas combinaciones de lo masculino y lo femenino, lo que sugiere que un tercer género puede convertirse en una opción real en los próximos años –no hay que olvidar que este libro se publicó originalmente en 2004–, dice la autora. 

«Probablemente nunca sabremos por qué se produce un color concreto en el arcoíris del género y la sexualidad humanos. Sin embargo, es evidente que nuestra especie, al igual que otras, tiene arcoíris naturales de expresión de género y sexualidad que emanan de nuestra reserva genética, de nuestra humanidad compartida. A cada uno de nosotros se nos dice que somos algo imposible, que se supone que no existimos, que la ciencia, la religión y la costumbre niegan nuestra realidad. En teoría, representamos un problema. Y, sin embargo, existimos. Y somos buena gente». 

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