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Woodstock 69 tuvo la culpa de todo

«Woodstock 99 se saldó con incendios, heridos, agresiones sexuales y la muerte definitiva de un cuento («paz y amor») que, por otro lado, sólo fingían creerse los organizadores»

Woodstock 69 tuvo la culpa de todo

Fotograma del documental. | Netflix

Hay sólo dos buenos motivos para juntar a 250.000 personas a las afueras de una ciudad. Uno es lavarles el cerebro; otro, sacarles el dinero. Lo primero puede conseguirlo el Papa, un partido político o una secta. Lo segundo es privativo de los festivales de música. Por supuesto, lavarle el cerebro a la gente sólo tiene como objetivo último llevarse su dinero. Y luego está Woodstock 69, que hizo las dos cosas al mismo tiempo.

En estos días de festivales de verano calamitosos, de desgracias y cancelaciones, es obligado ponerse en casa Fiasco total: Woodstock 99 (Netflix), que bien visto sólo habla mal de Woodstock 69, aunque su propósito sea exactamente el que sugiere el título. La tesis de sus creadores apunta a que el festival promovido por ese sujeto viscoso y ladino llamado Michael Lang fue puro como un cielo con clarines a finales de los años 60, y consiguió poner amor y paz en el corazón de la juventud; mientras, el festival del 99 fue demoníaco, y la juventud se echó a perder para siempre. Además, ese año ponían El club de la lucha en los cines.

Woodstock 99 fue la cuarta edición de un mito de la música en directo que sus creadores iban exprimiendo con pautada avaricia: a los diez años, a los veinticinco años, ahora a los treinta años de su edición original. Ya en 1994 la organización perdió dinero, porque mucha gente se coló, simplemente tirando una valla y accediendo en masa sin pagar. El cálculo cinco años después fue recuperar todo ese dinero, y amasar mucho más, y tratar de que la paz y el amor resucitados en cartelería de colores hicieran a todo el mundo pensar que era paz y amor lo que circulaba por las cajas registradoras, las cuentas corrientes y las venas de la organización. Pero sucedió algo inesperado: la violencia de la música.

Fiasco total repasa minuto a minuto el programa del festival, haciendo un alto prologando en aquellos conciertos que contribuyeron al caos. Las actuaciones, en días consecutivos, de Korn, Rage Against the Machine y Limp Bizkit exacerbaron las frustraciones de -hay que decirlo- los hombres allí presentes, que sólo tuvieron que seguir los compases de la música para acabar quemando el lugar. Basta haber escuchado alguna canción de estos tres grupos para saber que no son aptas para dormir bebés, limpiar la casa u ordenar las ideas. Son canciones desencajadas, viscerales, de romper la guitarra al final, de romper tú la pared a puñetazos. Yo me las pongo mucho cuando quiero ahorrarles un artículo agresivo. La música que escuchas es la música que te suena por dentro. Lo sabe todo el mundo.

A ello hay que añadir que un festival es un dispensador monumental de drogas, y que en los 90 ya había muchas, y que curiosamente la organización era capaz de arrebatarle a la gente la botellita de agua que llevaba en la mochila al acceder al recinto, pero no toneladas de éxtasis. Si metes a cientos de miles de personas jóvenes en un espacio cerrado con toda la droga del mundo, alcohol a mansalva, menos guardias de seguridad que en una tienda de alimentación de barrio y un calor que hace que la gente (amor y paz al margen) se pasee desnuda, ¿qué esperas? La vuelta al animal que sangra dulcemente dentro de mí, que dijo el poeta.

El documental no ahorra subrayar la avaricia de los organizadores (la botella de agua que costaba un dólar se vendía primero por cuatro y el último por día por 12), pero también establece angelicales comparaciones con el Woodstock original, cuando Woodstock 99 fue sobre todo una enmienda a Woodstock 69. Ahora no vais a engañarnos tan fácilmente, fue lo que dijeron miles de personas.

«Contemplamos, durante numerosos tramos de Fiasco total, momentos catárticos, bellísimos de violencia, sobrecogedoramente primitivos»

Contemplamos, durante numerosos tramos de Fiasco total, momentos catárticos, bellísimos de violencia, sobrecogedoramente primitivos. O sea, mucho más auténticos que el festín de flores de treinta años antes. Cualquiera que empezara a ir a festivales en los años 90, y haya analizado su evolución, habrá notado la edulcoración de estas macrocitas, su conversión en misas musicadas y manuales de comportamiento. Es tal su afán de corrección política, su empeño en domesticar y regular, y su necesidad de que acudan personas de todo tipo, no sólo jóvenes, que lo único que los diferencia de un centro comercial es que siguen abiertos pasadas las doce de la noche. A los festivales no se va a estar en un centro comercial a cielo abierto, sino a escapar del centro comercial que es ya la vida toda.

Woodstock 99 se saldó con incendios, heridos, agresiones sexuales y la muerte definitiva de un cuento («paz y amor») que, por otro lado, sólo fingían creerse los organizadores. Después de dos horas y media escuchando «fue horrible», «¿qué va a pasar aquí?», «nunca había visto nada igual», «anarquía» y «caos», le preguntan a los tres o cuatro asistentes al festival que han compartido su experiencia con nosotros si volverían a ir. Si volverían a ir a un sitio donde sintieron pavor, vieron cosas muy feas, se deshidrataron, les tocaron sin permiso, pasearon y durmieron entre basura y heces y del que salieron a instancias nada amables de la Policía del estado de Nueva York. Y todos -las chicas también- dicen que sí. «Fue la experiencia de mi vida».

Esta respuesta unánime, que cierra el documental, me parece lo más interesante, y moralmente ambiguo, del asunto. Entre otras cosas, porque uno como espectador ya ha sentido que estar en medio de aquella corriente salvaje debió de ser fascinante. ¿Qué pasa cuando no hay normas? ¿Qué pasa si me dejo ir? «¡Esto es El señor de las moscas, tío!», grita un joven, admirablemente ilustrado, a una cámara de televisión, según vemos en la película. ¿Y por qué vivir en El señor de las moscas es peor que vivir en una cuadriculada novela de Sally Rooney?

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