The Objective
Internacional

A Trump le sale el tiro por la culata: pierde 35.000 millones con el rearme europeo

Por su parte, la industria militar del viejo continente está creciendo a una velocidad nunca vista

A Trump le sale el tiro por la culata: pierde 35.000 millones con el rearme europeo

El F-35 está siendo el gran damnificado en el cambio de política estadounidense.

Fuego amigo. Así se llama en doctrina militar al daño que una fuerza se inflige a sí misma. Ya sea por exceso de confianza o por error de cálculo, es justo lo que ha conseguido la administración Trump. El mandatario americano lleva años fustigando a los gobiernos europeos para que gasten más en defensa y es justo lo que han hecho. El problema es que el dinero no ha acabado en sus empresas.

El principal inquilino de la Casa Blanca ha tratado a los europeos con desdén, aunque no sin cierto grado de razón. La defensa del viejo continente, ante la ausencia de conflictos y de enemigos visibles, ha decaído en las últimas décadas. Con la confianza de que la OTAN y el músculo yanqui llegarían en caso de necesidad, el dinero se desplazó hacia otros menesteres y empobreció lo militar.

La finalidad última de Trump no estribaba en la defensa. La meta no era otra que la de animar las ventas de una industria con la que su país ingresa unos 300.000 millones de euros al año. Europa escuchó, y el resultado fue algo que nadie en Washington calculó. El viejo continente echó cuentas y aceptó el reto. Gastaría más, mucho más, pero se dejaría el sueldo en casa.

El resultado es que, desde 2025, las transferencias de armamento estadounidense propuestas a Europa y Eurasia cayeron un 50% con respecto al año anterior. De acuerdo con un estudio del Centro Stimson, 38.000 millones de dólares —unos 35.000 millones de euros— dejaron de cruzar el Atlántico en un solo año.

El bocado más grande se lo lleva el caza de combate F-35, donde el daño resulta más visible debido a que es el programa más grande y costoso de forma unitaria. Ese avión representa uno de cada tres dólares ingresados por su fabricante, Lockheed Martin. En 2025, al menos tres países cancelaron pedidos ya firmados, uno los congeló y otro rechazó el avión pese a que se lo ofrecían. En conjunto, Lockheed perdió alrededor de ciento cincuenta ventas potenciales.

A precios de más de 100 millones por aparato, sin contar los contratos de mantenimiento, actualizaciones, formación y piezas de recambio que se extienden durante décadas, la cuenta necesita una de esas calculadoras con más de ocho dígitos. Si solo Canadá y Portugal salen del programa, hasta 19.000 millones en pedidos podrían desaparecer, y eso tiene consecuencias más allá de un par de facturas emitidas menos. Una caída del 10% en ventas del F-35 eliminaría entre 25.000 y 30.000 empleos directos, con más de 50.000 puestos indirectos que quedarían cogidos con pinzas cuando los proveedores cierren líneas de producción especializadas.

España tenía que haber sido uno de los grandes pelotazos europeos del programa, pero el Gobierno de Pedro Sánchez canceló la compra en agosto de 2025 y optó por alternativas europeas. Sus continuos choques con Trump reflejan la falta de entendimiento entre ambas partes. La revista Politico lo describió como uno de los primeros ejemplos de presidente americano que socava un contrato lucrativo de armas. Tampoco parece que acabe siendo el último.

Portugal siguió con un argumento técnico igualmente demoledor. Su ministro de Defensa explicó que un aliado antes predecible ahora podía imponer limitaciones sobre el mantenimiento, el software y el uso operativo de sus aviones de formas que Lisboa no controlaba. Estaba hablando del interruptor de apagado: la posibilidad de que Washington desactive remotamente cazas aliados si la relación se deteriora. La industria americana lo negó, pero resulta innegable que la ausencia de actualizaciones o recambios podría dejar en tierra a aparatos muy sofisticados, presos de su fabricante. Tampoco puede caer en saco roto la propuesta posterior de Trump: vender versiones degradadas a aliados poco leales.

Dinamarca, a la que Trump amenazaba con arrebatarle Groenlandia, respondió comprando defensa aérea por 7.800 millones de euros a proveedores europeos. El presidente de su comité de defensa declaró que lamenta haber comprado F-35, frase notable viniendo de un país fundador de la OTAN. Suiza estuvo a un solo voto de cancelar su contrato de treinta y seis aviones. Un diputado lo resumió con una frase que pide mármol: un país que nos tira piedras en comercio no merece un regalo. Precisión helvética en 12 palabras.

El repliegue no se limita a los cazas. Noruega, con frontera compartida con Rusia, ha comprado al menos cinco fragatas Type-26 a Gran Bretaña por 11.700 millones de euros. De manera añadida, firmó un pacto de defensa con Londres para operar trece fragatas en el Atlántico Norte. Sus barcos serán construidos en los astilleros de Glasgow en perjuicio de los Huntington Ingalls, en Maine. El dinero que antes cruzaba el Atlántico se queda en Escocia.

Desbandada comercial

Hay más ejemplos. Polonia, que gasta más del cuatro y medio por ciento de su PIB en defensa, un porcentaje superior al de los propios Estados Unidos, eligió en noviembre de 2025 los submarinos A26 de Saab para su programa Orka. Los Países Bajos optaron por misiles de crucero del noruego Kongsberg en lugar de los Tomahawk americanos. Dinamarca eligió el sistema de defensa aérea SAMP/T de la franco-italiana MBDA frente al Patriot de Raytheon.

El Patriot, el referente durante cuatro décadas en la OTAN, pierde clientes ante una alternativa europea, y esto acaba teniendo reflejo en la bolsa de valores. Rheinmetall ha subido más del trescientos por ciento entre 2021 y 2025; los suecos de Saab, un doscientos ochenta. Los ingresos medios de las grandes europeas de defensa crecieron un cincuenta y siete por ciento, con carteras de pedidos que se expandieron más del 100 % de media, más del doble.

El plan europeo de rearme de 860.000 millones de euros excluye a los fabricantes americanos de la mayoría de oportunidades. Para 2030 exige que el cincuenta y cinco por ciento de todas las compras proceda de fabricantes europeos o ucranianos, los maestros de la dronería. Alemania tiene planificadas 154 compras militares, de las cuales solo el 8% irá a proveedores americanos. El 92% restante se queda en Europa.

Una respuesta irreverente e indebida

Esto está sentado solo regular en aquel lado del Atlántico y está trayendo consecuencias. Este mismo mes de abril, Washington ha retenido entregas de armas ya pagadas a aliados europeos con la excusa de que las necesitaba para el conflicto en Oriente Medio. Países bálticos y escandinavos, con contratos cumplidos y pagos transferidos, se enteraron de que sus armas no llegarían en los plazos previstos. Hablando en plata: no apoyasteis nuestra guerra en Ormuz, así que no recibís vuestras armas.

Lo que más pesa en los ministerios de defensa europeos no es el precio ni la capacidad técnica del producto americano, que sigue siendo indiscutible. Son las condicionantes que llevan aparejadas. La creencia más extendida y la verdadera pega de esta jugada reside en que Washington conserva las llaves sobre tu propia fuerza y no las cede: solo las presta si le parece oportuno.

Una planificación generacional

Los ciclos de adquisición de defensa se miden en décadas. Las fragatas noruegas estarán en servicio hasta la década de 2050, o los submarinos polacos patrullarán el Báltico hasta que los universitarios de hoy sean pensionistas. Si a esto añadimos los contratos de mantenimiento y actualizaciones, tenemos estructuras que pueden quedar varadas e inservibles si unas piezas tardan años en llegar o el software de última generación tiene un error y sus creadores no lo arreglan. Por otra parte, la decisión de comprar producto europeo no se va a revertir cuando cambie la administración en Washington.

Lo que se ha construido, y se está construyendo, no es solo un mercado alternativo: es una industria con capacidad, cadenas de suministro e ingenieros propios. Rheinmetall prevé crecer entre un cuarenta y un cuarenta y cinco por ciento este 2026. Leonardo planea doblar beneficios para 2030. Saab cerró 2025 con un libro de pedidos con una lista de espera que sería la envidia de cualquier fabricante de coches alemán. El cliente no solo se ha ido: ha abierto una fábrica enfrente. A Trump el tiro le está saliendo por la culata.

Publicidad