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Cultura

Depeche Mode: cantos de cisne y unicornios negros

El anuncio de su próxima gira, en marzo de 2024, y un nuevo álbum, ‘Memento Mori’, entusiasman a los fans de la banda

Depeche Mode: cantos de cisne y unicornios negros

Depeche Mode. | Elena Di Vincenzo (Zuma Press)

Que el canto del cisne represente ese último y majestuoso graznido que entona el elegante ánade poco antes de morir no es algo que pareciera arredrar a cierta banda de techno-pop para presentarse ante el mundo con la imagen de un cisne envuelto en celofán sobre un diorama en tono rojo crepuscular, como así lucía la cubierta de su álbum de debut, Speak and Spell (1981). Acababa de salir del cascarón un gracioso y tierno pollito llamado Depeche Mode, que a punto estuvo de agostarse en el mismo nido tras la marcha del introvertido Vince Clarke (autor del llena-pistas «Just can’t get enough» y de casi la totalidad de los temas de aquella ópera prima). Clarke fue víctima del vértigo ante una fama tan instantánea como desmesurada. Asumió el relevo Martin Gore como el niño que se sube a la bicicleta que acaba de abandonar el otro, en una maniobra inexplicada y mágica del destino, o acaso del productor Daniel Miller.

Y no fue este «cisne cantor frente a un flamígero atardecer» el presagio de algo que naciera para morir, sino muy al contrario: para crecer, engrandecerse hasta lo superlativo, endiosarse, implosionar, e ir declinando en un autoinfligido ocaso para acabar embarcándose en un crucero de placer oscuro por las remansadas aguas de la mismísima laguna Estigia.

Y es que la espantada de Clarke -como ese joven que no está preparado para ser padre y se alista en la marina- fue la primera de un rosario de deserciones que convertirían a aquel grupo de teenagers sin hornear, en una banda de culto entregada al malditismo estético de postal y al insensato juego de la ruleta rusa.

Tras los años doradísimos de aquellos fugaces ochenta y primera mitad de los noventa (en los que brilla con luz propia el álbum Violator, de 1990, con sus soberbios éxitos «Personal Jesus» y «Enjoy the Silence»), sería el teclista Alan Wilder el siguiente en saltar de aquel desenfrenado tren. Músico visionario, arquitecto del sonido que confirió a Depeche Mode la impronta estilística que les destacó del resto de grupos (amén de poseer una impecable y efébica belleza que instaba a coleccionar posters y revistas musicales), Wilder no soportó por más tiempo la desconsideración y la irresponsabilidad de las otras «estrellas» de la banda, quienes a su vez estaban protagonizando otro discreto abandono si cabe mil veces más deplorable, el de Martin Gore y Dave Gahan en brazos del alcohol, la droga, y de ese indigesto exceso llamado «fama», que no transforma en alimento sino en vómito los más deliciosos manjares que la vida sirve al exitoso.

De izquierda a derecha: Alan WilderMartin GoreDave Gahan, y Andrew (Andy) Fletcher (1985). | Wikimedia Commons

La última y más luctuosa deserción la protagonizó, muy a su pesar, el bueno de Andy Fletcher, fallecido en 2022, miembro fundador del grupo -el conductor sobrio-, amigo de (casi) todos, y pilar emocional y organizativo del trío en que Depeche Mode había devenido desde 1995 tras la marcha de Wilder.

La ausencia inesperada de Fletcher parecía dejar en la orfandad a la pareja divina, quienes debieron mirarse cariacontecidos preguntándose: «¿Y ahora quién nos arropará en las frías noches de invierno?». No parecía claro el futuro de Depeche Mode tras la desaparición de Fletcher, y más teniendo en cuenta el rosario de decepciones que supuso su azarosa discografía durante todo lo que llevamos de siglo XXI.

Y es que la historia de Depeche Mode se asemeja a la de una mal planificada vuelta ciclista, donde tras las gestas heroicas de la montaña en las que queda claro quién será el vencedor, empiezan a sucederse monótonas etapas llanas plagadas de pinchazos, caídas, abandonos, y algún memorable sprint, en las que se rueda con desidia y con más ganas de llegar al hotel que al pódium.

A finales del siglo XX, cerrada su inicial década y media gloriosa, tropas de antiguos leales fueron desertando, contemplando con descreimiento cómo aquellos arquitectos capaces de construir torres de Babel a base de acero y martillo para verse las caras con Dios, abandonaban las nobles herramientas y se entregaban alternativamente a experimentos banales y a grandilocuentes himnos de telepredicador. Depeche Mode emprendió así un reciclaje conceptual y espiritual marcado por el colapso que definitivamente habían sufriendo a tales altitudes.

Fue en este trance donde el fan de a pie dio paso al «devoto», y es que así se dio en llamar a aquellos seguidores cautivados por el mensaje mesiánico que Depeche Mode comenzó a predicar a partir de su gira Devotional Tour, dedicada a la que quizá es su obra cumbre, Songs of Faith and Devotion (1993), y que como toda cumbre es el punto que antecede al abismo. Había caído el diluvio, los unicornios, los faunos y los centauros nunca embarcaron en el arca, y Depeche Mode se adentró en su personal travesía del desierto con más fe que inventiva en busca de una tierra prometida de la que ya habían sido dueños sin entenderlo.

Y en medio de esta agonía sigilosa, de este lento deshilacharse la ilusión de los fans a ojos (y oídos) vista, cuando ya pocos creían en resurrección alguna -por más que este divino grupo se hubiese pasado de la obra a la plegaria-… un buen día de marzo de 2023 rompió de nuevo el silencio el agridulce trotecillo de un extraño animalito llamado «Gosths Again», que se parecía a todo y a nada a la vez, con un desparpajo inusitado y desacomplejado, y que sería el sorprendente y cautivador single de lanzamiento de un nuevo álbum que no esperaban ni los más fervientes devotos. Esta nueva caja de Pandora llevaba por título Memento Mori («Recuerda que morirás»), y parecía, por su recargado simbolismo luctuoso -ahora sí-, el anunciado canto de aquel cisne nacido en el 81, su necesario epílogo con esquela incluida, y la mortaja de hilatura tejida por dos ángeles cuyas alas de flores blancas son la corona fúnebre con que se ofrenda en la cubierta del disco al amigo desaparecido, y que nos insta a aceptar y reconocer que llevábamos todos mucho tiempo muriéndonos sin saberlo.

Dave Gahan durante un concierto en Milán. | Elena Di Vincenzo (Zuma Press)

Pero Memento Mori no recuerda en nada a un cisne blanco y cuellilargo graznando un dulce estertor. Es otro animal, es otro su color y otra muy distinta su voz. Memento Mori supone el inesperado alumbramiento de un unicornio de pelaje azabache, corto y áspero, con un singular cuerno de color nácar y brillos contradictorios torneado como una broca filosa y penetrante; te mira con dos inmensos ojos negros inundados en lágrimas de antiguas amarguras no lloradas a tiempo; sus andares, no siempre garbosos, repiquetean con pezuñas de fino cristal al paso o al trote sobre un pavés de acero tapizado en gasa; y su relincho a dos voces resulta agónico, visceral, dramático, o dulcísimamente desangelado.

Memento Mori es un raro ejemplar de una especie mitológica que creímos extinta en la fauna de nuestras más añoradas fantasías oníricas. Su galope se clava en las costillas, y percute en el corazón y en todos los órganos vitales haciendo del dolor la más impactante experiencia sensitiva. Es el abrazo asfixiante y gélido con el que la soledad te hiela de ausencia el alma en un paradójico vacío atiborrado de caricias astilladas, de esquirlas sonoras, de espasmos electrónicos y agrias melodías.

¿Quién podía estar preparado para que el nuevo proyecto de este Depeche Mode superviviente nos recordara -una vez más-, que vamos a morir, y que lo hiciera esta vez sin artificios, sin poses ni trucos, sino con la más hermosa crueldad poética que pueda aceptar sin quebrarse la fina piel del entregado devoto?

Portada del álbum

Me pregunto si habrá entonado este unicornio negro su personal canto del cisne sin que aún seamos conscientes. Mientras tanto, disfrutemos del arte sin más dramatismo ahora que aún seguimos vivos. Y aproveche la ocasión quien pueda, pues Memento Mori anda suelto y desbocado por Europa, y volverá a trotar por Madrid y Barcelona en marzo de 2024 (Depeche Mode mediante).

Y hablando de cantos del cisne y de animales en vías de extinción, Robert Smith (The Cure), se halla gestando una nueva quimera, otro ser mitológico de nuestro particular jardín zoológico de rarezas que temíamos no volver a ver volar. Pero es que con el señor Smith -como con Depeche Mode-, sucede como con la novia definitiva y con la cerveza en buena compañía, y es que la última resulta ser siempre la penúltima.

Fernando Mircala es escritor e ilustrador.

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