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Cultura

El mañana que nunca llegó, de Víctor Steinberg

La de Steinberg es una mirada diferente, una palabra un tanto apátrida lanzada en un siglo XXI bien avanzado

El mañana que nunca llegó, de Víctor Steinberg

Libro 'El mañana que nunca llegó'.

Tengo que hacer no un ejercicio de empatía, sino varios (sucesivos o simultáneos, no sé bien) para ponerme en la piel de Víctor Steinberg (Buenos Aires, 1951) y, sin embargo, su primer libro, testimonial de un modo que trasciende con mucho lo autobiográfico, ha llegado hasta mi aturullada cabezota y hasta mi descompensado corazón de un modo directo, casi diría que natural.

Nací en 1980, y pertenezco a una generación que ha tenido que escuchar o leer cientos de «antibatallitas», esto es, relatos en los que nuestros padres (es un decir: mi padre tiene más de culé que de comunista) han contado esa especie de caída del caballo invertida que tuvieron que vivir, y que implicó no una conversión, sino un grandísimo chasco. Yo los entiendo: tras lo que habían hecho los distintos fascismos en el mundo, y tras los abusos militares, etcétera, Stalin y su legado eran lo que más a mano tenían, y se agarraron a ello por reacción, instintivamente, segurísimos de que lo bueno tenía que estar ahí, tan en principio opuesto a lo que había sido tan dañino. Y sin embargo, claro, les faltaba información, una información que ya estaba escrita, pero que desde luego no había sido circulada.

Cuando nació Víctor Steinberg, faltaban dos años para que Stalin muriera, pero ya muchísimas de sus víctimas habían escrito libros, novelas, cuadernos, poemas, fragmentos o hasta partituras que avisaban de la crueldad extrema de su personalidad, de la arbitrariedad cósmica de sus decisiones y de su más que posible récord en cuanto a la responsabilidad directa en asesinatos en este mundo. Pero, por un lado, todo aquello estaba inédito (por no calcular cuántos de esos textos se destruirían o perderían para siempre) y, por otro, tampoco era algo agradable de creer o siquiera de atender entre jóvenes que vivían su propia historia, sus propias circunstancias, y que andaban comprensiblemente convencidas de que lo prioritario era que todo el mundo diese un decidido volantazo hacia una izquierda decidida, firme y activa que rectificase el desastre ocurrido en el segundo cuarto del siglo XX.

En el caso argentino, no puede haber dudas. Que a los jóvenes les viniesen con escrúpulos y con crónicas de purgas al otro lado del mundo cuando veían cómo la peor y más sanguinaria reacción militar iba a aplicar contra ellos algunas de las formas de tortura, de represión y de coacción más salvajes que se hayan conocido. Claro que se hicieron comunistas, si no lo eran ya, y claro que probablemente volverían o volveríamos a hacer lo mismo si volviésemos atrás, a pesar de que el paso del tiempo y la lenta conquista de la normalidad les haya hecho conocer detalles bastante traumáticos de aquella ideología a la que entregaron lo mejor de sus mejores años.

¿Mereció la pena? Esa es la pregunta que, como un estribillo, atraviesa El mañana que nunca llegó, la ópera prima del periodista, fotógrafo, profesor y promotor Víctor Steinberg, un hombre lleno de energía y de curiosidades, pero también de coherencia, de integridad, y que en estas páginas sufre (quizá de más) al comprender que lucharon contra algo terrible, desde luego, pero bajo el nombre de algo también infame.

Hijo de emigrantes moldavos y judíos, comunista desde los 15 años, Steinberg se implicó y se la jugó antes de exiliarse en España en 1976, donde desarrolló una notable carrera como reportero gráfico y jefe de fotografía en la revista Cambio 16, trabajo que le llevó a presenciar acontecimientos importantes que aquí cuenta con solvencia, buen juicio y, cuando toca, hasta gracia. Se trata de un balance, una reflexión muy personal y hasta privada que se hace en público, con valentía y ganas de encontrar o de acordar una verdad, sin escaparse de una posible responsabilidad, atormentado de una forma tal vez excesiva: ¿cómo no iban a rebelarse y pelear contra aquello?, ¿cómo iban a ceder sin más? Que entre sus mandos o camaradas hubiera idiotas y personas envilecidas o que todo se hiciera con un horizonte político ya marcado como criminal no desmiente la necesidad imperiosa de enfrentarse al puro mal. Si la historia de la humanidad se puede entender como una pugna entre los malnacidos y los malnacidos, tratemos de estar al menos entonces entre los malnacidos más o menos idealistas, ingenuos o engañados, no entre los inequívocamente sádicos.

La foto de la cubierta, obra del propio Steinberg, es de un simbolismo transparente: la ideología, sea cual sea, anula la identidad. Las convicciones políticas ajenas a nuestra propia moral, nuestro soberano raciocinio, nuestra elemental libertad… acaban aplastándonos, humillándonos, sometiéndonos. Y vuelvo al principio: hemos leído numerosos testimonios de comunistas arrepentidos, de hombres y mujeres horrorizados por las ideas en las que creyeron fanáticamente, de gentes que acabaron comprendiendo o comprobando que gritaron consignas equivocadas o directamente falsas y culpables. Pero El mañana que nunca llegó es un libro nuevo y distinto, y no llega en absoluto tarde, ya que en absoluto dice cosas consabidas. La de Steinberg es una mirada diferente, una palabra un tanto apátrida lanzada en un siglo XXI bien avanzado, el resultado de un creciente «escamamiento» que ha durado lustros, que ha llevado a cientos de lecturas (aquí se consignan y se glosan muchas), que tiene algo de investigación personal, pero también de afán de documentación real, entre la memoria íntima y el archivo público. Al final sí hemos llegado al mañana, y es por un lado amargo y por otro luminoso, aleccionador pero esperanzador: la Historia es una especie de cementerio sobre el que no dejará de llover y de amanecer hasta el final de los tiempos. Con libros como este, algo iremos aprendiendo.

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