Ante un nuevo 27: un centenario alegre
«Somos pesadísimos al repetir que el 27 volvió los ojos hacia Góngora»

Generación del 27.
Creo que el artículo de hoy va a ser breve, por fin una columna de verdad, porque contiene una idea muy sencilla que se puede plantear en un par de líneas: dado que se avecinan de forma amenazante centenarios realmente controvertidos y venenosos, como el de 1931, el de 1933 (fundación de Falange), el de 1936 (confío de corazón poder pasar ese año en Brasil o en Egipto y desconectar internet) o el de 1939… haríamos bien en procurar que el inminente centenario de una fecha tan icónica para la literatura española como 1927 sea un centenario alegre, ya que, si se conocen bien las cosas, todo lo permite, todo invitaría a ello.
Si se reflexiona al respecto, la historia de la poesía española es maravillosa, de nota altísima, llena de prodigios…, pero no es precisamente una poesía feliz, sino más bien lo opuesto, o poco menos. Aparte de la poesía carnavalesca y juglaresca, o las risotadas de los trovadores que nos llegan desde la noche medieval, o la notable poesía pornográfica del XVIII…, hay que llegar precisamente al 27 y su entorno, con las jinojepas de Gerardo Diego, las carambas de Moreno Villa o el espíritu de las greguerías de Ramón, intentando aportar color a un contexto general en el que ya, de forma más bien explícita, querían recuperar ese tono vitalista, aunque secretamente trágico, de las cancioncillas populares, la dicha vulgar, la celebración elemental de la vida, de la belleza y del misterio.
Somos pesadísimos al repetir que el 27 volvió los ojos hacia Góngora, cuando lo exacto es que los volvió hacia cien cosas más, y lo fundamental es que lo hicieron —que pudieron hacerlo— no solo contentos, sino juntos, muy cerca. No lo digo pensando en casos tan llamativos como la supuesta amistad entre Federico García Lorca y José Antonio Primo de Rivera (algo en lo que hay muchísimo de leyenda, por no decir de wishful thinking retrospectivo), y tampoco me refiero únicamente a la nómina habitual del 27 (tanto los poetas de la antología del 32 como todos esos prosistas, tan distintos, del arte nuevo, a los que, forzando un poco las cosas, se les ha arrimado), sino a los maestros (Rubén Darío, Huidobro, Juan Ramón), los investigadores (Menéndez Pidal) o, en general, al clima, esa burbuja cultural que tuvo focos tan activos en Málaga, en Santander o en la Residencia de Estudiantes.
Los poetas del 27 comenzaron de verdad a leer por fin a poetas coetáneos extranjeros al tiempo que se esforzaban por estudiar la tradición, y se reunían para compartir sus cosas, se escribían incansablemente; había una sensación de tarea colectiva, no pensando obsesivamente en España, como los padres del 98, sino específicamente entregados a la cultura (lo cual implicaba preocuparse por la justicia social y por la educación de todos y de todas). Y hasta la primavera de 1936 hicieron todo eso sin fanatismos de ningún signo, sin enrarecimientos ideológicos, sin broncas; algo que, de hecho, continuó incluso mucho después de 1939, con amistades que superaron todos los recelos, agravios y rencores y se mantuvieron epistolarmente activas hasta los años setenta.
Porque esa es otra: todo el mundo sabe que la literatura, y mucho más la poesía, es algo suburbial y anecdótico en cualquier sociedad, y más en la mayoritariamente analfabeta España de los años veinte; y, sin embargo, según qué libros se lean, cualquiera diría que la guerra la hicieron los poetas, que la culpa fue de los novelistas, que si Azaña no hubiese sido tan escritor y tan intelectual o si Ortega no hubiera estado en todos los ajos, no hubiera ocurrido nada tan grave.
Cada cual ve las cosas desde sus obsesiones, y los que estamos siempre entre libros o atentos a las cosas literarias sobredimensionamos algo que, bien pensado, bien mirado, bien comprobado, tiene mucho menos impacto en la vida social que, por ejemplo, el balonmano. Nos creemos muy importantes, pero en una hipotética guerra futura los goles, el humor que se estile en la tele o el color de moda en las pasarelas serán más significativos y tendrán más que decir que las métricas de los poemas o los libros del año.
He mirado muy por encima las ideas que se están desarrollando al respecto de este centenario que se nos viene, pero no estoy seguro de que los tiros, nunca mejor dicho, vayan por ese lado de la felicidad. Varias de las personas convocadas a esa gran comisión o conjura que va a articular el asunto son más bien conocidas por no haber propuesto ni por casualidad ninguna idea original, estimulante o valiosa sobre esos nombres o ese tiempo por el que se les pregunta (y paga) de forma oficial, pero eso sería lo de menos si por lo menos entendieran que 1927 fue un año feliz, no conflictivo, colorista, juvenil, ilusionado.
Se va a hablar, por ejemplo, de exilio, algo pertinente siempre, pero probablemente inadecuado ahora. Pero se va a evitar el tema de la tauromaquia, un asunto que yo deploro con toda mi alma, pero cuya relevancia en cierto tiempo y cuya presencia en las artes y las letras no hay por qué no reconocer.
A los responsables de esos grupos de trabajo o, en general, a las personas implicadas en las decisiones de los asuntos culturales, yo les suplicaría simplemente eso: que no fanaticen ahora lo que ni de casualidad estaba fanatizado en 1927. Que no carguen de ideología lo que estaba gloriosamente libre de ella. Que no se caiga en el anacronismo de ver trincheras donde aún no las había, y que no se cometa el error, tan habitual entre estudiosos, de juzgar lo que ocurrió en determinado tiempo desde la engañosa ventaja que da saber lo que ocurrió después, y que tantas veces es un false friend.
Ciñámonos a los poemas, las novelas, las melodías, los cuadros, las cartas, los homenajes y las juergas de 1927. Prefiramos por una vez lo bueno, sobre todo porque sabemos que pronto llegarán, inevitablemente, los años de discutir.
