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Cercanías de Francesco Petrarca

«Hoy que dudamos de todo (del hombre más) es lógico que volvamos a pensar en Petrarca»

Cercanías de Francesco Petrarca

Francesco Petrarca. | Wikimedia Commons

De muchas maneras, no es casual la aparición, casi conjunta, de dos libros no estrictamente académicos, sobre el gran Petrarca, poeta y humanista. Se trata de Amor y dolor en el Cancionero de Petrarca (Renacimiento) de Francisco Martínez Cuadrado y Los lugares de Petrarca. Sobre naturaleza y soledad (Acantilado) de Eduardo Prieto. Anticipado al Renacimiento y al humanismo que surge en esa época, hay rasgos de la vida de Petrarca que parecen de inmediato superados por la total modernidad del personaje. De familia florentina, Francesco Petrarca —apellido latinizado del Petracco paterno— nació en Arezzo en 1304. Hombre de la Edad Media, de la época del papado en Aviñón —soñó con el retorno a Roma—, se trata de alguien que, por su ardiente vinculación con la Antigüedad clásica, raramente puede ser sentido como medieval. Aunque, en general, Petrarca es el padre de la lírica moderna europea —está en Garcilaso de la Vega y está en Shakespeare—, suele olvidarse que la mayoría de su obra, enormemente moderna, se escribió en latín, lo que no solo permitía superar fronteras, sino entrar en una cultura mucho más moderna que el Medioevo. La poesía moderna europea no puede entenderse sin el Canzoniere petrarquesco, las Rime in vita e in morte di Madonna Laura, expresión y culminación de esa donna angelicata («mujer angélica») que nació con el stil novo florentino. Se dice que esa Laura, a la que un rendido Petrarca cantó en vida y en muerte y a la que vio pocas veces, sería Laura de Noves (pariente del marqués de Sade) con la que el florentino de Provenza se encontró, por primera vez, el 6 de abril de 1327. Pero no faltan los estudiosos que creen que Laura pudo no existir y ser solo la «señal» de un amor que cumple la vida. Lo dirá Antonio Machado en sus «Otras canciones a Guiomar»: «No prueba nada/ contra el amor que la amada/ no haya existido jamás». Pero Petrarca culminó realidad o invención al decir que Laura murió víctima de la peste negra en 1348. Da igual si el resultado —El Cancionero— es un corpus poético extraordinario.

El poeta se llamó a sí mismo «peregrinus ubique», peregrino o extraño en todas partes, cualidad fundamental del hombre moderno. Esa búsqueda de un mundo del hombre, de un mundo que se cumple en la soledad compartida, le llevó a vivir en Vaucluse, en el campo cerca de Aviñón, donde quien amaba a la angelical Laura tuvo hijos con una o varias mujeres (sabemos que tampoco Dante fue ajeno al amor venal) y emprendió viajes por toda Europa —pasó también por España—, buscando códices antiguos en los monasterios, códices latinos que le abrían al humanismo moderno. Petrarca encontró discursos de Cicerón —uno de sus favoritos—, poemas de Propercio y textos del rétor Quintiliano o del célebre arquitecto Vitruvio. Coronado en Roma por un poema latino hecho en hexámetros, Africa, Petrarca tuvo ahí la primera ocasión de clamar por la unificación de Italia, no por patriotismo corto, sino pensando que Europa solo tendría sentido volviendo a hallar la unidad del Imperio Romano, sueño que, con la correspondiente modernización, pervive en la Unión Europea. Considerado —es curioso— inventor del alpinismo, es decir, subir a una alta montaña no por necesidad, sino por el placer o el reto de hacerlo. El 26 de abril de 1336, con dos amigos, Petrarca subió a la cima del monte Ventoso (Mont Ventoux), lo que relató en una carta a Francesco Dionigi, contando el viaje interior de quien escala. El enorme Epistolario de Petrarca, la mayoría en latín —cuatro tomos amplios en la reciente edición española de Acantilado—, resulta de una modernidad sorprendente, porque la carta, la epístola, es el libre paso a la intimidad. Algo que, según adelanté, aparece en la gran obra latina del autor, sobre todo en De vita solitaria, De remediis utriusque fortunae, celebérrimo libro traducido de antiguo al español como Remedios contra la buena y la mala suerte, donde dialogan Gozo y Razón. Aunque acaso su libro más íntimo, de sorprendente modernidad, sea el Secretum (Sobre el conflicto secreto de mis preocupaciones), diálogo entre el poeta y su admirado san Agustín, autor también de unas Confesiones. Estos libros en latín, llenos de hondura y escudriñamiento de la psique, han estado mucho tiempo ocultos para quien no supiera las lenguas sabias, pero ya al alcance del público, nos muestran al hombre culto y meditador que, dentro de su tiempo, supo trascenderlo desde la búsqueda de la mismidad humana.

Cierto —volvamos— que es el Petrarca de la poesía en vulgar (sonetos y canciones, sobre todo) lo que pareció encumbrarlo más para la mayoría. Desde el canto amoroso a la dama hasta las reflexiones sobre fin y muerte: «cómo no hablar del rostro y los cabellos/ y los ojos, que siempre estoy cantando, / no fallaron la lengua y el sonido/ noche y día diciendo vuestro nombre; / de ello viene la tinta, y los papeles/ que de vos lleno…» Retirado en Arquà y ya delicado de salud, Petrarca murió con 69 años en 1374. Su calidad es enorme e indudable y, si ello lo sabe todo cabal lector de poesía, no puede olvidarse que fue además un gran pensador del humanismo. Quien quiso ver al hombre como centro y vector de lo malo y lo bueno, quien no dejó de aspirar a lo mejor en lo visible y deseó ir más allá, centrado en la reflexión y la soledad, sin olvidar su tributo a la carne y al mejor idealismo, es probablemente el primer hombre moderno. Hoy que dudamos de todo (del hombre más) es lógico que volvamos a pensar en Petrarca. «La vida solitaria busqué siempre/ (lo saben las orillas y los bosques)/ para huir de la gente torpe y necia,/ que el camino del cielo ha equivocado».  

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