La imaginación se queda corta para Yasmina Reza
«Los personajes dudan, son débiles y vulnerables, pero feroces. Yasmina los muestra como son, con cierta distancia»

Yasmina Reza. | Wikimedia
La muy renombrada —y representada— Yasmina Reza, cuya exitosa Arte ha levantado miles de noches el telón de teatros de todo el mundo, ha dejado de lado su portentosa imaginación para darse un paseo por la realidad. Y nos ha vuelto a sorprender como lo hizo con Babilonia —definida como tragicomedia con toques de novela policíaca— o con Felices los felices, en la que se atreve a interconectar a dieciocho personajes que nos van descubriendo sus virtudes y sus vicios, sus fobias y sus filias.
Hay algo de Hammerklavier en Casos reales. Ciertamente, el primero de los libros, que tiene por título el famoso adagio de Beethoven, es un conjunto de postales autobiográficas, en el que aparecen desde el padre de Reza hasta sus hijos y, por supuesto, sus amores y desdichas. En este de Casos reales nos encontramos con referencias autobiográficas en los breves capítulos que se intercalan entre sus observaciones personalísimas de los juicios a los que asiste a lo largo de quince años, en distintos tribunales franceses, desde el marítimo de El Havre, los penales de París, Alto Sena, Hérault, Côte-d’Or, Alpes-Marítimos y Val-d’Oise o los correccionales de París y Pas-de-Calais, entre otros.
Estos juicios en los que se sienta con ojos de notaria/psicóloga/periodista/ciudadana curiosa son probablemente para Yasmina Reza lo más parecido a una obra de teatro: planteamiento, nudo y desenlace. No le preocupa, naturalmente, lo jurídico. Se centra en las personas: el magistrado, el acusado, la víctima, el acusador y el defensor; el público asistente a la vista. Y en el entorno: el decorado.
Reza no ha estudiado previamente el caso. No conoce la instrucción, el sumario, ni ha entrevistado a los que se sientan en estrados o en el banquillo. Está libre de cualquier condicionamiento. Mira todos los detalles de personas de carne y hueso que están en una sala de justicia: unas en la acusación, otras en la defensa, otras en la decisión, otras en el sufrimiento, otras, en fin, camino de la prisión o de la libertad. Hay pasiones, venganzas, rencores, desamores (muchos más que amores), engaños, miedos…
El primero de los casos que nos cuenta quizás es el que más nos atrapa. Una mujer, enfermera de profesión, asesina a su marido de un tiro en la sien y esconde su cadáver en el emparrado de la terraza para, al cabo de unos días, enterrarlo en el jardín. Logra ocultar a su familia y a sus hijos la desaparición, alegando simplemente que «se fue por un negocio». La novelista saca a pasear su teleobjetivo y reflexiona: «La vida de una pareja es impenetrable. Se trata de una formación social que se afana en callar o deformar la realidad». La asesina se construyó la certeza de que nadie podría ayudarla, en nadie podría confiar: «Es difícil contarle a otro algo que no puedes confesarte a ti mismo».
En otro juicio que titula Desesperación, aparece Dalila, que en el metro de París apuñala en el tórax a un joven repartidor negro mientras le cubría de insultos racistas. La agresora aseguró en la vista que: «Me miró un poco raro desde mi punto de vista. Me pareció que se estaba burlando de mí». En otro nos encontramos con que una enamorada se deja subyugar hasta el punto de ayudar a su amante a conducir a un tercero (examante) a una cueva de la que nunca saldrá. Los malditos datos de teléfonos son prueba irrefutable. A veces, por más que quienes, como Oliver, nieguen en redondo los hechos recriminados, no hay lugar para la duda razonable.
De los relatos de Yasmina Reza aprendemos que no hay espacio para la confianza. Ni siquiera en los vecinos que, como el de la octogenaria viuda Jacqueline, parecen convertirse en ángel de la guarda y «ahijado del alma». El sujeto —prefiero olvidar su nombre— la acaba envenenando tras conseguir que testara a su favor. El refrán castellano es plenamente aplicable: «Cuando algo no entiendes, o es peseta o es brageta».
También concluimos que la maldad humana —como en un caso de corrupción de menores— es inimaginable hasta dónde puede llegar; que el arrepentimiento solo aparece cuando está cerca el final; que la autenticidad está ausente incluso en familias estructuradas como la de Mario Giafferi. Algunos de los casos reales han trasvasado las fronteras francesas, como el affaire de la presunta financiación libia de la campaña de Nicolas Sarkozy en 2007 o como el asunto Sylvie W., que envenenó a su hijo pequeño de siete años un domingo de noviembre y trató de envenenar a la de nueve, inyectándole insulina, pero logró no solo salvarse ella, sino a su madre, que intentó suicidarse a continuación.
Los personajes dudan, son débiles y vulnerables, pero feroces. Yasmina Reza los muestra como son, con cierta distancia, quizás para mostrar que merecen justicia. Por supuesto, un juicio justo.
