'Backrooms': de fenómeno viral en internet a estimulante taquillazo
La película de Kane Parsons, de 20 años, surgida de un vídeo en YouTube, se convierte en un éxito del cine de terror

Escena de ‘Backrooms’, de Kane Parsons.
Backrooms se estrenó la semana pasada en Estados Unidos y se convirtió en fenómeno: con un coste de diez millones de dólares, recaudó 81 en el primer fin de semana. Se colocó en el primer puesto de recaudación y batió un récord: el director más joven en conseguirlo. Kane Parsons tiene solo 20 años y hasta ahora era un simple youtuber. La historia de la producción de esta película merece contarse en detalle, porque explica cómo está cambiando el cine.
Todo empieza en 2019. Alguien cuelga en el foro de internet 4chan una foto de lo que parece una oficina vacía, con paredes amarillas iluminadas por neones. Una imagen de apariencia banal que, observada con atención, puede resultar algo inquietante. Es lo que se llama un espacio liminal. Escenarios anodinos —oficinas, pasillos, habitaciones…—, pero desnudos, abandonados, sin mobiliario ni presencia humana, despojados de su función cotidiana. Lo trivial adquiere entonces un matiz extraño, incluso perturbador.
Pasado algún tiempo, otro usuario de internet toma esa imagen y la reutiliza en un hilo dedicado a lo paranormal, añadiéndole una nota que arranca así: «Si no tienes cuidado y te desconectas de la realidad en zonas equivocadas, acabarás en los backrooms [cuartos traseros]». El post se viraliza y nace lo que se denomina un creepypasta. El término sale de sumar «creepy» («perturbador») y «copypaste» («copiapega»), y designa las leyendas tenebrosas que se originan en internet y circulan por la red. Los usuarios les van sumando detalles o variaciones, que acaban forjando una mitología. En ocasiones pueden acabar convertidas en película.
Hay ejemplos previos al de Backrooms: en 2009 un usuario de un foro empezó a mandar mensajes sobre un personaje sobrenatural llamado Slender Man (lit.: «el hombre delgado»). Se viralizó como leyenda urbana y acabó dando pie a una película con ese título dirigida por Sylvain White en 2018. El caso de Backrooms es mucho más interesante, porque no parte de un monstruo tipo el hombre del saco, sino de un simple espacio vacío iluminado con neón. Los usuarios entraron en el juego y empezaron a aportar historias que iban cincelando una mitología: un mundo oculto de laberínticas y acaso infinitas habitaciones, con una configuración arquitectónica absurda, desconcertante.
Este imaginario saltó a algún videojuego e impregna una muy comentada serie de Apple TV: Severance (lit.: «separación»). Sus protagonistas son unos empleados que trabajan en unas extrañas oficinas y a los que, mediante un procedimiento quirúrgico, se les ha deslindado la vida laboral de la personal. Uno de los secretos de su éxito (lleva dos temporadas) es que mostraba un mundo a un tiempo reconocible y extraño. Y además, no todo tenía una explicación racional, lo cual mantenía vivos el interés y el desasosiego del espectador.
73 millones de visitas
Volviendo a los backrooms, uno de los internautas que se sumó a la fiesta fue un adolescente llamado Kane Parsons, que, con ayuda de unos colegas, rodó en 2022 un vídeo con estética de found footage (un formato del terror que presenta una presunta grabación real recuperada por alguien). El vídeo se viralizó, Parsons grabó más y los convirtió en una webserie colgada en YouTube. En ella iba ampliado el universo de los backrooms: se intuía a lo lejos, en algún pasillo, una presencia siniestra; se incorporaban historias de personas desaparecidas sin dejar rastro; entraba en escena una empresa llamada ASync que investigaba el misterio de estos espacios como portal a otra dimensión…
El éxito fue tal —llegó a los 73 millones de visitas— que el jovencito recibió la llamada de la productora independiente de moda, A24, proponiéndole convertir la webserie en película. No es el primer veinteañero que salta directamente de crear contenidos en YouTube a dirigir un largometraje de terror de éxito. De hecho, es cada vez más frecuente. Algunos ejemplos: los hermanos australianos Danny y Michael Philippou (autores de Háblame y de la muy aterradora Bring Her Back) o Curry Barker, cuyo aplaudido debut, Obsession, llegará a los cines españoles el 26 de junio.
De hecho, históricamente, el género de horror ha sido cantera de chavales entusiastas que reúnen algo de dinero, engatusan a unos cuantos amigos y se lanzan a rodar. Así nacieron dos hitos del terror moderno, rodados muy lejos de Hollywood con presupuestos ridículos. En 1968, La noche de los muertos vivientes de George A. Romero, filmada en Pensilvania por un grupo de jóvenes publicistas. Y en 1974, La matanza de Texas de Tobe Hooper, obra de un grupo de amigos vinculados con la Universidad de Austin. Décadas más tarde, en 1999, El proyecto de la bruja de Blair fue dirigida sin apenas dinero por dos jóvenes licenciados de la Universidad de Florida, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez. Se presentaba como un supuesto documental rodado por unos chicos desaparecidos en los bosques y puso de moda la estética del found footage.
Para entender el fenómeno Backrooms, que se estrena hoy en España, hay que colocar en la ecuación a la productora independiente A24. Creada en 2012 por tres socios, se ha especializado en cine indie arriesgado y en lo que se ha denominado «terror elevado» (es decir, películas que van más allá del susto por el susto y utilizan el género para desarrollar planteamientos ambiciosos). A base de talento, olfato y escaso miedo al riesgo, han logrado éxitos como Diamantes en bruto, Lady Bird, Todo a la vez en todas partes, Civil War, Marty Supreme, y joyas del terror contemporáneo como Hereditary y Midsommar de Ari Aster, La bruja y El faro de Robert Eggers, o Pearl y X de Ty West.
Atmósfera inquietante
Saben lo que se traen entre manos y saben promocionarlo muy bien. En el caso de Kane Parson, le han puesto como productores ejecutivos a consagrados expertos del género como James Wan (el creador de la saga Saw) y Osgood Perkins (hijo de Anthony Perkins y director de Longlegs y Keeper).
Hasta aquí la historia de cómo se ha originado Blackorooms. Ahora bien, ¿estamos ante una simple curiosidad, una mera anécdota que se olvidará en cuatro días? ¿O se trata de una producción verdaderamente relevante, que va a dejar huella? Sin ser perfecta, es una cinta magnética, con virtudes muy destacables. Logra, con muy pocos elementos, crear un clima desasosegante.
La película no es una adaptación de la webserie, sino que construye una historia nueva a partir del universo de los backrooms: un hombre divorciado en malos términos (Chiwetel Ejiofor) duerme en su tienda de muebles porque la ex se ha quedado con la casa. Una noche descubre que detrás de una pared del sótano hay un universo de habitaciones vacías. Está en tratamiento con una psicóloga autora de libros de autoayuda (la noruega Renate Reinsve, la actriz de moda), que carga con algunos traumas del pasado. Y aunque al principio ella se muestra escéptica sobre lo que le cuenta su paciente, acabará acudiendo en su rescate cuando este desaparece.
El gran mérito de la película es que, prescindiendo del típico monstruo (aunque al final aparece uno, o algo parecido) y evitando el recurso de los sustos más manidos, consigue crear un clima pesadillesco jugando con el espacio. Es una suerte de variación contemporánea de la casa encantada que manipula las mentes de quienes penetran en ella. Hay precedentes notabilísimos en el cine: las habitaciones imposibles de la escuela de danza de Suspiria de Dario Argento o el Hotel Overlook de El resplandor de Kubrick.
¿Lo que sucede en los backrooms es real o es la proyección de los miedos y traumas de los personajes? La explicación que se da al final es razonablemente convincente, aunque no resuelve todos los misterios y deja preguntas abiertas. Lo cual no es necesariamente un defecto; acaso sea una virtud, porque de este modo la inquietud persiste al salir de la sala de cine…
